The Belgic Confession was written in 1561 by Guido de Bres, a Reformed pastor in the southern Netherlands, during a period of severe persecution under Spanish Catholic rule. De Bres was martyred for his faith in 1567. The Confession was adopted by the Synod of Dort in 1619 and remains one of the Three Forms of Unity. Its 37 articles cover the full scope of Reformed doctrine, from the knowledge of God through Scripture to the final judgment.
Estudie esto con GraceHavenEscrito por Guido de Bres, 1561
Todos creemos con el corazón y confesamos con la boca que hay un solo Ser, simple y espiritual, al cual llamamos Dios; y que Él es eterno, incomprensible, invisible, inmutable, infinito, todopoderoso, perfectamente sabio, justo, bueno y la fuente desbordante de todo bien.
Lo conocemos por dos medios: primero, por la creación, conservación y gobierno del universo; el cual está ante nuestros ojos como un libro hermosísimo, en el que todas las criaturas, grandes y pequeñas, son como caracteres que nos conducen a contemplar claramente los atributos invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y divinidad, como dice el apóstol Pablo (Romanos 1:20). Todas estas cosas son suficientes para convencer a los hombres y dejarlos sin excusa. Segundo, Él se nos da a conocer más clara y plenamente por su santa y divina Palabra, es decir, en la medida en que nos es necesario conocer en esta vida, para su gloria y nuestra salvación.
Confesamos que esta Palabra de Dios no fue enviada ni entregada por voluntad de hombre alguno, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo movidos por el Espíritu Santo, como dice el apóstol Pedro (2 Pedro 1:21); y que después Dios, por el cuidado especial que tiene de nosotros y de nuestra salvación, mandó a sus siervos, los profetas y apóstoles, que pusieran por escrito su palabra revelada; y Él mismo escribió con su propio dedo las dos tablas de la ley. Por tanto, a tales escritos los llamamos santas y divinas Escrituras.
Creemos que las Sagradas Escrituras están contenidas en dos libros, a saber, el Antiguo y el Nuevo Testamento, los cuales son canónicos, contra los cuales nada puede alegarse. Así son nombrados en la Iglesia de Dios.
Los libros del Antiguo Testamento son los cinco libros de Moisés, a saber: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio; el libro de Josué, Jueces, Rut, los dos libros de Samuel, los dos de los Reyes, dos libros de las Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester; Job, los Salmos, los tres libros de Salomón, a saber, los Proverbios, Eclesiastés y Cantares; los cuatro grandes profetas, Isaías, Jeremías, (Lamentaciones), Ezequiel y Daniel; y los doce profetas menores, a saber, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías.
Los del Nuevo Testamento son los cuatro evangelistas, a saber: Mateo, Marcos, Lucas y Juan; los Hechos de los Apóstoles; las trece epístolas del apóstol Pablo, a saber, una a los Romanos, dos a los Corintios, una a los Gálatas, una a los Efesios, una a los Filipenses, una a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, una a Tito, una a Filemón; Hebreos; las siete epístolas de los otros apóstoles, a saber, una de Santiago, dos de Pedro, tres de Juan, una de Judas; y el Apocalipsis del apóstol Juan.
Recibimos todos estos libros, y solo estos, como santos y canónicos, para la regulación, el fundamento y la confirmación de nuestra fe; creyendo sin duda alguna todas las cosas contenidas en ellos, no tanto porque la Iglesia los recibe y aprueba como tales, sino más especialmente porque el Espíritu Santo testifica en nuestros corazones que son de Dios, y también porque llevan en sí mismos la evidencia de ello. Pues aun los mismos ciegos pueden percibir que las cosas predichas en ellos se están cumpliendo.
Distinguimos aquellos libros sagrados de los apócrifos, a saber: los libros tercero y cuarto de Esdras, los libros de Tobías, Judit, Sabiduría, Jesús Sirac, Baruc, el apéndice del libro de Ester, el Cántico de los tres jóvenes en el horno, la Historia de Susana, la de Bel y el Dragón, la Oración de Manasés y los dos libros de los Macabeos. La Iglesia puede leer todos estos y tomar de ellos instrucción, en cuanto concuerden con los libros canónicos; pero están muy lejos de tener tal poder y eficacia que podamos, a partir de su testimonio, confirmar algún punto de fe o de la religión cristiana; mucho menos pueden usarse para menoscabar la autoridad de los otros, es decir, de los libros sagrados.
Creemos que aquellas Sagradas Escrituras contienen plenamente la voluntad de Dios, y que cuanto el hombre debe creer para ser salvo está suficientemente enseñado en ellas. Pues ya que toda la manera de adoración que Dios requiere de nosotros está escrita en ellas ampliamente, a nadie le es lícito, aunque sea apóstol, enseñar de otra manera que la que ahora se nos enseña en las Sagradas Escrituras: sino que, aunque fuéramos nosotros, o un ángel del cielo, como dice el apóstol Pablo (Gálatas 1:8). Pues ya que está prohibido añadir o quitar algo de la Palabra de Dios (Deuteronomio 12:32), de ello se evidencia claramente que su doctrina es perfectísima y completa en todos los aspectos.
Tampoco podemos considerar escrito alguno de los hombres, por santos que estos hombres hayan sido, de igual valor que aquellas divinas Escrituras, ni debemos considerar la costumbre, o la gran multitud, o la antigüedad, o la sucesión de tiempos y personas, o concilios, decretos o estatutos, de igual valor que la verdad de Dios, pues la verdad está por encima de todo; porque todos los hombres son de por sí mentirosos, y más leves que el vapor (Salmo 62:9). Por tanto, rechazamos de todo corazón cuanto no concuerde con esta regla infalible, como los apóstoles nos han enseñado, diciendo: probad los espíritus si son de Dios (1 Juan 4:1). Asimismo: Si alguno viene á vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa (2 Juan 1:10).
Conforme a esta verdad y a esta Palabra de Dios, creemos en un solo Dios, que es una sola esencia, en la cual hay tres Personas real, verdadera y eternamente distintas según sus propiedades incomunicables; a saber, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre es la causa, el origen y el principio de todas las cosas visibles e invisibles; el Hijo es la palabra, la sabiduría y la imagen del Padre; el Espíritu Santo es el eterno poder y potencia, que procede del Padre y del Hijo. Sin embargo, Dios no queda por esta distinción dividido en tres, puesto que las Sagradas Escrituras nos enseñan que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen cada uno su personalidad, distinguida por sus propiedades; pero de tal manera que estas tres Personas son un solo Dios.
De aquí, pues, es evidente que el Padre no es el Hijo, ni el Hijo el Padre, y asimismo el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo. Sin embargo, estas Personas así distinguidas no están divididas ni mezcladas; porque el Padre no ha asumido la carne, ni tampoco el Espíritu Santo, sino solo el Hijo. El Padre nunca ha estado sin su Hijo, ni sin su Espíritu Santo. Porque los tres son coeternos y coesenciales. No hay ni primero ni último; porque los tres son uno, en verdad, en poder, en bondad y en misericordia.
Todo esto lo conocemos tanto por los testimonios de la Sagrada Escritura como por sus operaciones, y principalmente por las que sentimos en nosotros mismos. Los testimonios de las Sagradas Escrituras que nos enseñan a creer esta santa Trinidad están escritos en muchos lugares del Antiguo Testamento, los cuales no es tan necesario enumerar como escogerlos con discreción y juicio.
En Génesis 1:26-27, Dios dice: 26 Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra. 27 Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió.. Y en Génesis 3:22: el hombre es como uno de Nos sabiendo el bien y el mal. De este dicho, Hagamos al hombre a nuestra imagen, se desprende que hay más de una Persona en la Deidad; y cuando dice, Dios creó, denota la unidad. Es cierto que no dice cuántas Personas hay, pero lo que se nos presenta algo oscuro en el Antiguo Testamento es muy claro en el Nuevo. Pues cuando nuestro Señor fue bautizado en el Jordán, se oyó la voz del Padre, diciendo: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento (Mateo 3:17); el Hijo fue visto en el agua, y el Espíritu Santo apareció en forma de paloma. Esta forma también fue instituida por Cristo en el bautismo de todos los creyentes: doctrinad á todos los Gentiles (Mateo 28:19). En el Evangelio de Lucas el ángel Gabriel se dirigió así a María, la madre de nuestro Señor: El Espíritu Santo vendrá sobre ti (Lucas 1:35). Asimismo: La gracia del Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la participación del Espíritu Santo sea con vosotros todos (2 Corintios 13:14). Y: Porque tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo, y el Espíritu Santo: y estos tres son uno. (1 Juan 5:7).
En todos estos lugares se nos enseña plenamente que hay tres Personas en una sola esencia divina. Y aunque esta doctrina sobrepasa con mucho todo entendimiento humano, no obstante, ahora la creemos por medio de la Palabra de Dios, pero esperamos disfrutar en adelante del conocimiento perfecto y del beneficio de ella en el cielo.
Además, debemos observar los oficios y operaciones particulares de estas tres Personas hacia nosotros. El Padre es llamado nuestro Creador, por su poder; el Hijo es nuestro Salvador y Redentor, por su sangre; el Espíritu Santo es nuestro Santificador, por su morada en nuestros corazones.
Esta doctrina de la santa Trinidad siempre ha sido afirmada y mantenida por la verdadera Iglesia desde el tiempo de los apóstoles hasta el día de hoy, contra los judíos, los mahometanos y algunos falsos cristianos y herejes, como Marción, Manes, Práxeas, Sabelio, Samosateno, Arrio y otros semejantes, que han sido justamente condenados por los padres ortodoxos. Por tanto, en este punto, recibimos de buen grado los tres credos, a saber, el de los Apóstoles, el de Nicea y el de Atanasio; asimismo aquello que, conforme a ellos, fue acordado por los antiguos padres.
Creemos que Jesucristo, según su naturaleza divina, es el Hijo unigénito de Dios, engendrado desde la eternidad, no hecho ni creado (pues entonces sería una criatura), sino coesencial y coeterno con el Padre, el resplandor de su gloria y la imagen misma de su Persona (Hebreos 1:3), igual a Él en todas las cosas. Él es el Hijo de Dios, no solo desde el tiempo en que asumió nuestra naturaleza, sino desde toda la eternidad, como nos lo enseñan estos testimonios cuando se comparan entre sí. Moisés dice que Dios creó el mundo; y el apóstol Juan dice que todas las cosas fueron hechas por aquel Verbo al que llama Dios. El apóstol dice que Dios hizo el mundo por su Hijo; asimismo, que Dios creó todas las cosas por Jesucristo. Por tanto, forzosamente se sigue que Aquel que es llamado Dios, el Verbo, el Hijo y Jesucristo, ya existía en el tiempo en que todas las cosas fueron creadas por Él. Por eso el profeta Miqueas dice: sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo (Miqueas 5:2). Y el apóstol: ni tiene principio de días, ni fin de vida (Hebreos 7:3). Él es, pues, aquel Dios verdadero, eterno y todopoderoso a quien invocamos, adoramos y servimos.
Creemos y confesamos también que el Espíritu Santo procede desde la eternidad del Padre y del Hijo; y por tanto no es hecho, ni creado, ni engendrado, sino que solamente procede de ambos; el cual, en orden, es la tercera Persona de la santa Trinidad; de una misma esencia, majestad y gloria con el Padre y el Hijo; y por tanto es el Dios verdadero y eterno, como nos enseñan las Sagradas Escrituras.
Creemos que el Padre, por la Palabra, es decir, por su Hijo, ha creado de la nada el cielo, la tierra y todas las criaturas, cuando le pareció bien; dando a cada criatura su ser, figura, forma y diversos oficios para servir a su Creador; y que también aún las sostiene y gobierna por su eterna providencia y su infinito poder, para el servicio del género humano, a fin de que el hombre sirva a su Dios.
También creó buenos a los ángeles, para que fuesen sus mensajeros y sirviesen a sus elegidos; algunos de los cuales han caído de aquella excelencia en que Dios los creó, a la perdición eterna, y los otros, por la gracia de Dios, han permanecido firmes y continuado en su primer estado. Los demonios y espíritus malignos están tan depravados que son enemigos de Dios y de todo lo bueno; a todo su poder, como homicidas, acechan para arruinar a la Iglesia y a cada uno de sus miembros, y para destruirlo todo con sus perversas maquinaciones; y por eso están, por su propia maldad, condenados a la condenación eterna, esperando cada día sus horribles tormentos.
Por tanto, rechazamos y aborrecemos el error de los saduceos, que niegan la existencia de los espíritus y de los ángeles; y también el de los maniqueos, que afirman que los demonios tienen su origen de sí mismos, y que son malos por su propia naturaleza, sin haber sido corrompidos.
Creemos que el mismo buen Dios, después de haber creado todas las cosas, no las abandonó ni las entregó a la fortuna o al azar, sino que las rige y gobierna según su santa voluntad, de manera que nada sucede en este mundo sin su ordenación; sin embargo, Dios ni es el autor de los pecados que se cometen ni puede ser acusado de ellos.
Porque su poder y bondad son tan grandes e incomprensibles que ordena y ejecuta su obra de la manera más excelente y justa, aun cuando los demonios y los hombres malvados obran injustamente. Y en cuanto a lo que Él hace que sobrepasa el entendimiento humano, no lo indagaremos con curiosidad más allá de lo que nuestra capacidad admita; sino que, con la mayor humildad y reverencia, adoramos los justos juicios de Dios, que nos están ocultos, contentándonos con ser discípulos de Cristo, para aprender solamente aquellas cosas que Él nos ha revelado en su Palabra, sin traspasar estos límites.
Esta doctrina nos brinda un consuelo inefable, pues por ella se nos enseña que nada puede acontecernos por azar, sino por la dirección de nuestro clementísimo y celestial Padre; que vela sobre nosotros con cuidado paternal, teniendo a todas las criaturas tan bajo su poder que ni un cabello de nuestra cabeza (pues todos están contados), ni un pajarillo puede caer a tierra sin la voluntad de nuestro Padre (Mateo 10:29-30), en quien confiamos enteramente; persuadidos de que Él refrena de tal manera al diablo y a todos nuestros enemigos, que sin su voluntad y permiso no pueden hacernos daño.
Y por tanto rechazamos aquel condenable error de los epicúreos, que dicen que Dios no se ocupa de nada, sino que lo deja todo al azar.
Creemos que Dios creó al hombre del polvo de la tierra, y lo hizo y formó a su propia imagen y semejanza, bueno, justo y santo, capaz en todo de querer conforme a la voluntad de Dios. Pero, estando en honra, no lo entendió, ni conoció su excelencia, sino que voluntariamente se sometió al pecado y, por consiguiente, a la muerte y a la maldición, dando oídos a las palabras del diablo. Pues transgredió el mandamiento de vida que había recibido; y por el pecado se separó de Dios, que era su verdadera vida; habiendo corrompido toda su naturaleza; con lo cual se hizo reo de muerte corporal y espiritual. Y habiéndose vuelto así malvado, perverso y corrupto en todos sus caminos, ha perdido todos los excelentes dones que había recibido de Dios, y solo ha retenido pequeños restos de ellos, los cuales, sin embargo, bastan para dejar al hombre sin excusa; porque toda la luz que hay en nosotros se ha convertido en tinieblas, como nos enseñan las Escrituras, diciendo: la luz en las tinieblas resplandece (Juan 1:5); donde el apóstol Juan llama tinieblas a los hombres.
Por tanto, rechazamos todo lo que se enseña, contrario a esto, acerca del libre albedrío del hombre, puesto que el hombre no es más que un esclavo del pecado, y no puede recibir nada, a menos que le sea dado del cielo (Juan 3:27). Pues ¿quién se atreverá a jactarse de que por sí mismo puede hacer algún bien, cuando Cristo dice: Ninguno puede venir á mí, si el Padre que me envió no le trajere (Juan 6:44)? ¿Quién se gloriará de su propia voluntad, si entiende que la mente carnal es enemistad contra Dios (Romanos 8:7)? ¿Quién podrá hablar de su conocimiento, puesto que el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios (1 Corintios 2:14)? En suma, ¿quién se atreverá a sugerir pensamiento alguno, cuando sabe que no somos suficientes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios (2 Corintios 3:5)? Y por tanto, lo que dice el apóstol debe con justicia tenerse por cierto y firme, que Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:13). Porque no hay entendimiento ni voluntad conforme al entendimiento y voluntad divinos, sino lo que Cristo ha obrado en el hombre; lo cual nos enseña cuando dice: sin mí nada podéis hacer (Juan 15:5).
Creemos que, por la desobediencia de Adán, el pecado original se ha extendido a todo el género humano; el cual es una corrupción de toda la naturaleza y una enfermedad hereditaria, con la que aun los niños son infectados en el vientre de su madre, y que produce en el hombre toda clase de pecado, siendo en él como una raíz de ello, y por tanto es tan vil y abominable a los ojos de Dios que basta para condenar a todo el género humano. Ni siquiera queda del todo abolido o enteramente erradicado por la regeneración; pues el pecado siempre brota de esta fuente lamentable, como el agua de un manantial; no obstante, no se les imputa a los hijos de Dios para condenación, sino que por su gracia y misericordia se les perdona. No para que descansen tranquilamente en el pecado, sino para que el sentido de esta corrupción haga que los creyentes suspiren a menudo, deseando ser librados de este cuerpo de muerte.
Por lo cual rechazamos el error de los pelagianos, que afirman que el pecado procede solamente de la imitación.
Creemos que, habiendo caído toda la posteridad de Adán en perdición y ruina por el pecado de nuestros primeros padres, Dios entonces se manifestó tal cual es; es decir, misericordioso y justo: misericordioso, puesto que libra y preserva de esta perdición a todos aquellos a quienes, en su eterno e inmutable consejo de pura bondad, ha elegido en Cristo Jesús nuestro Señor, sin ninguna consideración a sus obras; justo, al dejar a los demás en la caída y perdición en que ellos mismos se han precipitado.
Creemos que nuestro clementísimo Dios, en su admirable sabiduría y bondad, viendo que el hombre se había precipitado así en la muerte física y espiritual y se había hecho enteramente miserable, tuvo a bien buscarlo y consolarlo, cuando temblando huía de su presencia, prometiéndole que le daría a su Hijo (que nacería de una mujer [Gálatas 4:4]) para quebrantar la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15) y hacerlo bienaventurado.
Confesamos, pues, que Dios ha cumplido la promesa que hizo a los padres por boca de sus santos profetas, cuando envió al mundo, en el tiempo señalado por Él, a su propio Hijo unigénito y eterno, que tomó forma de siervo y vino en semejanza de hombres (Filipenses 2:7), asumiendo realmente la verdadera naturaleza humana con todas sus flaquezas, excepto el pecado; siendo concebido en el vientre de la bienaventurada virgen María por el poder del Espíritu Santo sin intervención de varón; y no solo asumió la naturaleza humana en cuanto al cuerpo, sino también una verdadera alma humana, para que fuese un hombre real. Pues, habiéndose perdido tanto el alma como el cuerpo, era necesario que tomase ambos sobre sí, para salvar a ambos.
Por tanto, confesamos (en oposición a la herejía de los anabaptistas, que niegan que Cristo asumiese la carne humana de su madre) que Cristo participó de la carne y de la sangre de los hijos (Hebreos 2:14); que es fruto del cuerpo de David según la carne (Hechos 2:30); nacido de la simiente de David según la carne (Romanos 1:3); fruto del vientre de María (Lucas 1:42); nacido de una mujer (Gálatas 4:4); renuevo de David (Jeremías 33:15); vara del tronco de Isaí (Isaías 11:1); surgido de la tribu de Judá (Hebreos 7:14); descendiente de los judíos según la carne; de la simiente de Abraham, puesto que tomó sobre sí la simiente de Abraham (Gálatas 3:16), y fue hecho semejante a sus hermanos en todo, excepto el pecado (Hebreos 2:17; 4:15); de modo que en verdad Él es nuestro Emanuel, es decir, Dios con nosotros (Mateo 1:23).
Creemos que por esta concepción la Persona del Hijo está inseparablemente unida y ligada a la naturaleza humana; de modo que no hay dos Hijos de Dios, ni dos Personas, sino dos naturalezas unidas en una sola Persona; pero cada naturaleza conserva sus propias propiedades distintas. Así como, entonces, la naturaleza divina ha permanecido siempre increada, sin principio de días ni fin de vida, llenando el cielo y la tierra, así también la naturaleza humana no ha perdido sus propiedades, sino que ha permanecido criatura, teniendo principio de días, siendo una naturaleza finita, y conservando todas las propiedades de un cuerpo real. Y aunque por su resurrección le ha dado inmortalidad, no obstante, no ha cambiado la realidad de su naturaleza humana; puesto que nuestra salvación y resurrección dependen también de la realidad de su cuerpo.
Pero estas dos naturalezas están tan estrechamente unidas en una sola Persona, que ni siquiera fueron separadas por su muerte. Por tanto, lo que Él, al morir, encomendó en las manos de su Padre, era un verdadero espíritu humano que partía de su cuerpo. Pero, entre tanto, la naturaleza divina permaneció siempre unida a la humana, aun cuando yacía en el sepulcro; y la Deidad no dejó de estar en Él, como tampoco dejó de estarlo cuando era un niño de pecho, aunque por un tiempo no se manifestó tan claramente. Por lo cual confesamos que Él es verdadero Dios y verdadero hombre: verdadero Dios por su poder para vencer la muerte; y verdadero hombre para poder morir por nosotros según la flaqueza de su carne.
Creemos que Dios, que es perfectamente misericordioso y justo, envió a su Hijo a asumir aquella naturaleza en la que se había cometido la desobediencia, para hacer satisfacción en ella, y para llevar el castigo del pecado por su amarguísima pasión y muerte. Dios, por tanto, manifestó su justicia contra su Hijo cuando cargó sobre Él nuestras iniquidades, y derramó su misericordia y bondad sobre nosotros, que éramos culpables y dignos de condenación, por puro y perfecto amor, entregando a su Hijo a la muerte por nosotros, y resucitándole para nuestra justificación, para que por Él obtuviésemos la inmortalidad y la vida eterna.
Creemos que Jesucristo fue constituido con juramento Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec; y que se ha presentado en nuestro favor delante del Padre, para aplacar su ira con su plena satisfacción, ofreciéndose a sí mismo en el madero de la cruz, y derramando su preciosa sangre para purgar nuestros pecados, como lo habían predicho los profetas. Pues está escrito: Mas él herido fué por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados. (Isaías 53:5, 7, 12); y condenado por Poncio Pilato como malhechor, aunque este primero le había declarado inocente. Por tanto, Él restauró lo que no había arrebatado (Salmo 69:4), y padeció, el justo por los injustos (1 Pedro 3:18), tanto en su cuerpo como en su alma, sintiendo el terrible castigo que nuestros pecados habían merecido; hasta tal punto que su sudor se hizo como grandes gotas de sangre que caían a tierra (Lucas 22:44). Clamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27:46), y ha padecido todo esto para la remisión de nuestros pecados.
Por lo cual, con justicia decimos con el apóstol Pablo que no sabemos cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado (1 Corintios 2:2); tenemos por pérdida todas las cosas por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús nuestro Señor (Filipenses 3:8), en cuyas llagas hallamos toda clase de consuelo. Ni es necesario buscar o inventar ningún otro medio de reconciliarnos con Dios que este único sacrificio, ofrecido una vez, por el cual ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados (Hebreos 10:14). Esta es también la razón por la cual fue llamado por el ángel de Dios Jesús, es decir, Salvador, porque salvaría a su pueblo de sus pecados.
Creemos que, para alcanzar el verdadero conocimiento de este gran misterio, el Espíritu Santo enciende en nuestros corazones una fe recta, que abraza a Jesucristo con todos sus méritos, lo hace suyo y no busca nada más fuera de Él. Pues forzosamente se sigue, o bien que no todas las cosas requeridas para nuestra salvación están en Jesucristo, o bien que, si todas las cosas están en Él, entonces quienes poseen a Jesucristo por la fe tienen en Él la salvación completa. Por tanto, afirmar que Cristo no es suficiente, sino que se requiere algo más además de Él, sería una blasfemia demasiado grosera; pues de ahí se seguiría que Cristo fue solo medio Salvador.
Por tanto, con justicia decimos con Pablo que somos justificados por la fe sola, o por la fe aparte de las obras de la ley (Romanos 3:28). Sin embargo, para hablar con mayor claridad, no queremos decir que la fe misma nos justifique, pues es solo un instrumento con el que abrazamos a Cristo, nuestra justicia. Pero Jesucristo, imputándonos todos sus méritos, y tantas santas obras que ha hecho por nosotros y en nuestro lugar, es nuestra justicia. Y la fe es un instrumento que nos mantiene en comunión con Él en todos sus beneficios, los cuales, cuando llegan a ser nuestros, son más que suficientes para absolvernos de nuestros pecados.
Creemos que nuestra salvación consiste en la remisión de nuestros pecados por causa de Jesucristo, y que en ello está implicada nuestra justicia delante de Dios; como nos enseñan David y Pablo, declarando que esta es la bienaventuranza del hombre: que Dios le imputa justicia aparte de las obras (Romanos 4:6; Salmo 32:1). Y el mismo apóstol dice que somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).
Y por tanto siempre nos aferramos a este fundamento, atribuyendo toda la gloria a Dios, humillándonos delante de Él, y reconociéndonos tales como realmente somos, sin presumir de confiar en cosa alguna de nosotros mismos, ni en mérito nuestro alguno, apoyándonos y descansando únicamente en la obediencia de Cristo crucificado, la cual llega a ser nuestra cuando creemos en Él. Esto es suficiente para cubrir todas nuestras iniquidades, y para darnos confianza al acercarnos a Dios; librando la conciencia del miedo, del terror y del espanto, sin seguir el ejemplo de nuestro primer padre, Adán, quien, temblando, intentó cubrirse con hojas de higuera. Y, verdaderamente, si hubiésemos de comparecer ante Dios apoyándonos en nosotros mismos o en cualquier otra criatura, por poco que fuese, seríamos, ¡ay!, consumidos. Y por tanto cada uno debe orar con David: no entres en juicio con tu siervo (Salmo 143:2).
Creemos que esta verdadera fe, siendo obrada en el hombre por el oír de la Palabra de Dios y la operación del Espíritu Santo, lo santifica y lo hace un hombre nuevo, haciéndolo vivir una vida nueva, y librándolo de la esclavitud del pecado. Por tanto, está tan lejos de ser cierto que esta fe justificante haga a los hombres remisos en una vida piadosa y santa, que, por el contrario, sin ella nunca harían nada por amor a Dios, sino solo por amor propio o por temor a la condenación. Por tanto, es imposible que esta santa fe sea infructuosa en el hombre; pues no hablamos de una fe vana, sino de una fe tal que en la Escritura se llama una fe que obra por el amor (Gálatas 5:6), la cual incita al hombre a la práctica de aquellas obras que Dios ha mandado en su Palabra.
Estas obras, como proceden de la buena raíz de la fe, son buenas y aceptables a los ojos de Dios, por cuanto todas son santificadas por su gracia. No obstante, no cuentan para nada en nuestra justificación, pues es por la fe en Cristo que somos justificados, aun antes de que hagamos buenas obras; de otro modo no podrían ser buenas obras, como tampoco el fruto de un árbol puede ser bueno antes de que el árbol mismo sea bueno.
Por tanto, hacemos buenas obras, pero no para merecer por ellas (pues ¿qué podemos merecer?); antes bien, somos deudores a Dios por las buenas obras que hacemos, y no Él a nosotros, puesto que es Él quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:13). Atendamos, pues, a lo que está escrito: Siervos inútiles somos (Lucas 17:10). Entre tanto, no negamos que Dios recompensa las buenas obras, pero es por su gracia que corona sus dones.
Además, aunque hacemos buenas obras, no fundamos en ellas nuestra salvación; pues no podemos hacer ninguna obra que no esté contaminada por nuestra carne, y también sea digna de castigo; y aunque pudiéramos realizar tales obras, el recuerdo de un solo pecado basta para que Dios las rechace. Así, pues, siempre estaríamos en duda, zarandeados de un lado a otro sin certeza alguna, y nuestras pobres conciencias serían continuamente atormentadas si no se apoyasen en los méritos del padecimiento y la muerte de nuestro Salvador.
Creemos que las ceremonias y los símbolos de la ley cesaron con la venida de Cristo, y que todas las sombras se han cumplido; de modo que su uso debe ser abolido entre los cristianos; pero la verdad y la sustancia de ellos permanecen para nosotros en Jesucristo, en quien tienen su cumplimiento. Entre tanto, todavía usamos los testimonios tomados de la ley y de los profetas para confirmarnos en la doctrina del evangelio, y para regular nuestra vida en toda honradez para la gloria de Dios, conforme a su voluntad.
Creemos que no tenemos acceso a Dios sino únicamente por el único Mediador y Abogado, Jesucristo el justo; quien por eso se hizo hombre, uniendo en una sola Persona las naturalezas divina y humana, para que nosotros los hombres tuviésemos acceso a la Majestad divina, acceso que de otro modo nos estaría vedado. Pero este Mediador, a quien el Padre ha designado entre Él y nosotros, de ninguna manera debe atemorizarnos por su majestad, ni hacer que busquemos otro según nuestro capricho. Pues no hay criatura, ni en el cielo ni en la tierra, que nos ame más que Jesucristo; quien, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, y viniendo en semejanza de hombres por nosotros (Filipenses 2:6-7), y en todo hubo de ser hecho semejante a sus hermanos (Hebreos 2:17). Si, entonces, hubiéramos de buscar otro mediador que estuviese favorablemente dispuesto hacia nosotros, ¿a quién podríamos hallar que nos amase más que Aquel que dio su vida por nosotros, aun cuando éramos sus enemigos (Romanos 5:8, 10)? Y si buscamos a uno que tenga poder y majestad, ¿quién hay que tenga tanto de ambos como Aquel que está sentado a la diestra del trono de la Majestad (Hebreos 8:1) y a quien se ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18)? ¿Y quién será oído más pronto que el propio y muy amado Hijo de Dios?
Por tanto, solo por desconfianza se introdujo esta práctica de deshonrar, en lugar de honrar, a los santos, haciendo lo que ellos nunca hicieron ni requirieron, sino que, por el contrario, rechazaron firmemente conforme a su deber, como consta por sus escritos. Tampoco debemos alegar aquí nuestra indignidad; pues no se trata de que ofrezcamos nuestras oraciones a Dios sobre la base de nuestra propia dignidad, sino solo sobre la base de la excelencia y dignidad del Señor Jesucristo, cuya justicia ha llegado a ser nuestra por la fe.
Por tanto, el apóstol, para quitar de nosotros este necio temor, o más bien desconfianza, con razón dice que Jesucristo en todo fue hecho semejante a sus hermanos, para que fuese un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel, para hacer propiciación por los pecados del pueblo. Pues en cuanto Él mismo padeció, siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados (Hebreos 2:17-18). Y, para animarnos aún más a acudir a Él, dice: 14 Por tanto, teniendo un gran Pontífice, que penetró los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. 15 Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. (Hebreos 4:14-15). El mismo apóstol dice: teniendo libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesucristo (Hebreos 10:19, 22). Asimismo: 24 Mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable: 25 Por lo cual puede también salvar eternamente á los que por él se allegan á Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. (Hebreos 7:24-25).
¿Qué más puede requerirse? Puesto que Cristo mismo dice: Jesús le dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14:6). ¿Con qué propósito, entonces, habríamos de buscar otro abogado, ya que a Dios le ha placido darnos a su propio Hijo como Abogado? No lo abandonemos para tomar otro, o más bien para buscar otro, sin poder jamás hallarlo; porque Dios sabía muy bien, cuando nos lo dio, que éramos pecadores.
Por tanto, conforme al mandamiento de Cristo, invocamos al Padre celestial por medio de Jesucristo, nuestro único Mediador, como se nos enseña en el Padrenuestro; teniendo la seguridad de que cuanto pidamos al Padre en su Nombre nos será concedido.
Creemos y profesamos una Iglesia católica o universal, que es una santa congregación de verdaderos creyentes cristianos, que esperan toda su salvación en Jesucristo, lavados por su sangre, santificados y sellados por el Espíritu Santo.
Esta Iglesia ha existido desde el principio del mundo, y existirá hasta el fin del mismo; lo cual es evidente por esto: que Cristo es un Rey eterno, que sin súbditos no puede serlo. Y esta santa Iglesia es preservada o sostenida por Dios contra la furia de todo el mundo; aunque a veces por un tiempo aparezca muy pequeña, y a los ojos de los hombres parezca reducida a nada; como durante el peligroso reinado de Acab el Señor se reservó siete mil hombres que no habían doblado sus rodillas ante Baal.
Además, esta santa Iglesia no está confinada, atada ni limitada a cierto lugar o a ciertas personas, sino que está esparcida y dispersa por todo el mundo; y sin embargo está unida y ligada de corazón y voluntad, por el poder de la fe, en un mismo Espíritu.
Creemos que, siendo esta santa congregación una asamblea de los que son salvos, y fuera de ella no hay salvación, ninguna persona, sea cual fuere su estado o condición, debe apartarse de ella, contenta de estar consigo misma; sino que todos los hombres están en el deber de unirse y juntarse a ella; manteniendo la unidad de la Iglesia; sometiéndose a su doctrina y disciplina; inclinando el cuello bajo el yugo de Jesucristo; y, como miembros mutuos de un mismo cuerpo, sirviendo a la edificación de los hermanos, conforme a los talentos que Dios les ha dado.
Y para que esto se observe con mayor eficacia, es deber de todos los creyentes, conforme a la Palabra de Dios, apartarse de todos aquellos que no pertenecen a la Iglesia, y unirse a esta congregación dondequiera que Dios la haya establecido, aun cuando los magistrados y los edictos de los príncipes estuviesen en contra de ello, sí, aunque hubiesen de sufrir la muerte o cualquier otro castigo corporal. Por tanto, todos aquellos que se apartan de la misma o no se unen a ella obran en contra de la ordenanza de Dios.
Creemos que debemos discernir con diligencia y prudencia, a partir de la Palabra de Dios, cuál es la verdadera Iglesia, puesto que todas las sectas que hay en el mundo se atribuyen a sí mismas el nombre de Iglesia. Pero no hablamos aquí de los hipócritas, que están mezclados en la Iglesia con los buenos, y sin embargo no son de la Iglesia, aunque exteriormente estén en ella; sino que decimos que el cuerpo y la comunión de la verdadera Iglesia debe distinguirse de todas las sectas que se llaman a sí mismas Iglesia.
Las marcas por las cuales se conoce la verdadera Iglesia son estas: si en ella se predica la pura doctrina del evangelio; si mantiene la pura administración de los sacramentos como fueron instituidos por Cristo; si se ejerce la disciplina eclesiástica para castigar el pecado; en suma, si todas las cosas se gobiernan conforme a la pura Palabra de Dios, se rechaza todo lo contrario a ella, y se reconoce a Jesucristo como la única Cabeza de la Iglesia. Por esto puede conocerse con certeza la verdadera Iglesia, de la cual nadie tiene derecho a apartarse.
Respecto a los que son miembros de la Iglesia, pueden conocerse por las marcas de los cristianos; a saber, por la fe, y cuando, habiendo recibido a Jesucristo el único Salvador, evitan el pecado, siguen la justicia, aman al Dios verdadero y a su prójimo, no se desvían ni a la derecha ni a la izquierda, y crucifican la carne con sus obras. Pero esto no ha de entenderse como si no quedasen en ellos grandes flaquezas; sino que luchan contra ellas por el Espíritu todos los días de su vida, refugiándose continuamente en la sangre, muerte, pasión y obediencia de nuestro Señor Jesucristo, en quien tienen la remisión de los pecados, por la fe en Él.
En cuanto a la falsa Iglesia, se atribuye a sí misma y a sus ordenanzas más poder y autoridad que a la Palabra de Dios, y no quiere someterse al yugo de Cristo. Tampoco administra los sacramentos como Cristo los ordenó en su Palabra, sino que les añade y les quita, según le parece conveniente; se apoya más en los hombres que en Cristo; y persigue a los que viven santamente conforme a la Palabra de Dios y la reprenden por sus errores, avaricia e idolatría.
Estas dos Iglesias se conocen y distinguen fácilmente la una de la otra.
Creemos que esta verdadera Iglesia debe ser gobernada por aquel régimen espiritual que nuestro Señor nos ha enseñado en su Palabra; a saber, que debe haber ministros o pastores para predicar la Palabra de Dios y administrar los sacramentos; también ancianos y diáconos, que, junto con los pastores, forman el consejo de la Iglesia; para que por estos medios se preserve la verdadera religión, y la verdadera doctrina se propague por todas partes, asimismo los transgresores sean castigados y refrenados por medios espirituales; también para que los pobres y afligidos sean socorridos y consolados, conforme a sus necesidades. Por estos medios todo se llevará a cabo en la Iglesia con buen orden y decoro, cuando se elijan hombres fieles, conforme a la regla prescrita por el apóstol Pablo en su Epístola a Timoteo.
Creemos que los ministros de la Palabra de Dios, los ancianos y los diáconos deben ser elegidos para sus respectivos oficios por una elección legítima de la Iglesia, con invocación del nombre del Señor, y en aquel orden que la Palabra de Dios enseña. Por tanto, cada uno debe cuidar de no introducirse por medios impropios, sino que está obligado a esperar hasta que plazca a Dios llamarlo; para que tenga testimonio de su llamamiento, y esté cierto y seguro de que es del Señor.
En cuanto a los ministros de la Palabra de Dios, tienen todos igual poder y autoridad dondequiera que estén, pues todos son ministros de Cristo, el único Obispo universal y la única Cabeza de la Iglesia.
Además, para que esta santa ordenanza de Dios no sea violada ni menospreciada, decimos que cada uno debe estimar en muchísimo a los ministros de la Palabra de Dios y a los ancianos de la Iglesia por causa de su obra, y estar en paz con ellos sin murmuración, contienda o discordia, en cuanto sea posible.
Entre tanto, creemos que, aunque es útil y provechoso que quienes gobiernan la Iglesia instituyan y establezcan ciertas ordenanzas entre ellos para el mantenimiento del cuerpo de la Iglesia, sin embargo deben cuidar con esmero de no apartarse de aquellas cosas que Cristo, nuestro único Maestro, ha instituido. Y por tanto rechazamos todas las invenciones humanas, y todas las leyes que el hombre quisiera introducir en la adoración de Dios, para atar y forzar así la conciencia de cualquier manera. Por tanto, solo admitimos aquello que tiende a nutrir y preservar la concordia y la unidad, y a mantener a todos los hombres en obediencia a Dios. Para este fin, es menester la excomunión o disciplina eclesiástica, con todo lo que a ella pertenece, conforme a la Palabra de Dios.
Creemos que nuestro clemente Dios, teniendo en cuenta nuestra debilidad y flaquezas, ha ordenado para nosotros los sacramentos, a fin de sellarnos sus promesas, y de ser prendas de la buena voluntad y gracia de Dios hacia nosotros, y también de nutrir y fortalecer nuestra fe; los cuales ha unido a la Palabra del evangelio, para presentar mejor a nuestros sentidos tanto aquello que nos declara por su Palabra como aquello que obra interiormente en nuestros corazones, confirmando así en nosotros la salvación que nos imparte. Pues son signos y sellos visibles de una cosa interior e invisible, por medio de los cuales Dios obra en nosotros por el poder del Espíritu Santo. Por tanto, los signos no son vacíos ni carentes de sentido, como para engañarnos. Pues Jesucristo es el verdadero objeto presentado por ellos, sin el cual no tendrían valor alguno.
Además, nos contentamos con el número de sacramentos que Cristo nuestro Señor ha instituido, que son solamente dos, a saber, el sacramento del bautismo y la santa cena de nuestro Señor Jesucristo.
Creemos y confesamos que Jesucristo, que es el fin de la ley, puso fin, por el derramamiento de su sangre, a todo otro derramamiento de sangre que los hombres pudieran o quisieran hacer como propiciación o satisfacción por el pecado; y que Él, habiendo abolido la circuncisión, que se hacía con sangre, instituyó en su lugar el sacramento del bautismo; por el cual somos recibidos en la Iglesia de Dios, y separados de todos los demás pueblos y religiones extrañas, para que pertenezcamos enteramente a Aquel cuya marca y enseña llevamos; y que nos sirve de testimonio de que Él será para siempre nuestro clemente Dios y Padre.
Por tanto, Él ha mandado que todos los que son suyos sean bautizados con agua pura, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mateo 28:19), significándonos con ello que, así como el agua lava la suciedad del cuerpo cuando se derrama sobre él, y se ve sobre el cuerpo del bautizado cuando se rocía sobre él, así también la sangre de Cristo, por el poder del Espíritu Santo, rocía interiormente el alma, la limpia de sus pecados, y nos regenera de hijos de ira en hijos de Dios. No que esto se efectúe por el agua externa, sino por el rociamiento de la preciosa sangre del Hijo de Dios; que es nuestro Mar Rojo, a través del cual debemos pasar para escapar de la tiranía de Faraón, es decir, del diablo, y para entrar en la tierra espiritual de Canaán.
Los ministros, pues, por su parte administran el sacramento y lo que es visible, pero nuestro Señor da lo que es significado por el sacramento, a saber, los dones y la gracia invisible; lavando, limpiando y purgando nuestras almas de toda suciedad e injusticia; renovando nuestros corazones y llenándolos de todo consuelo; dándonos una verdadera seguridad de su bondad paternal; revistiéndonos del hombre nuevo, y despojándonos del hombre viejo con todas sus obras.
Creemos, por tanto, que todo hombre que anhela con seriedad obtener la vida eterna debe ser bautizado una sola vez con este único bautismo, sin repetirlo jamás, puesto que no podemos nacer dos veces. Ni este bautismo nos aprovecha solamente en el momento en que el agua se derrama sobre nosotros y la recibimos, sino también durante todo el curso de nuestra vida.
Por tanto, detestamos el error de los anabaptistas, que no se contentan con el único bautismo que una vez recibieron, y además condenan el bautismo de los niños de los creyentes, los cuales creemos que deben ser bautizados y sellados con la señal del pacto, como los niños en Israel antiguamente eran circuncidados sobre las mismas promesas que se hacen a nuestros hijos. Y, en efecto, Cristo derramó su sangre no menos por el lavamiento de los hijos de los creyentes que por las personas adultas; y por tanto deben recibir el signo y sacramento de lo que Cristo ha hecho por ellos; como el Señor mandó en la ley que se les hiciese partícipes del sacramento del padecimiento y muerte de Cristo poco después de nacer, ofreciendo por ellos un cordero, que era un sacramento de Jesucristo. Además, lo que la circuncisión era para los judíos, el bautismo lo es para nuestros hijos. Y por esta razón el apóstol Pablo llama al bautismo la circuncisión de Cristo (Colosenses 2:11).
Creemos y confesamos que nuestro Salvador Jesucristo ordenó e instituyó el sacramento de la santa cena para nutrir y sostener a aquellos a quienes ya ha regenerado e incorporado a su familia, que es su Iglesia.
Ahora bien, los que son regenerados tienen en sí una doble vida: la una corporal y temporal, que tienen desde el primer nacimiento y es común a todos los hombres; la otra, espiritual y celestial, que se les da en su segundo nacimiento, el cual se efectúa por la Palabra del evangelio, en la comunión del cuerpo de Cristo; y esta vida no es común, sino peculiar de los elegidos de Dios. De igual manera, Dios nos ha dado, para el sostén de la vida corporal y terrenal, un pan terrenal y común, que le es subordinado y es común a todos los hombres, como la vida misma. Pero para el sostén de la vida espiritual y celestial que tienen los creyentes, Él ha enviado un pan vivo, que descendió del cielo, a saber, Jesucristo, que nutre y fortalece la vida espiritual de los creyentes cuando lo comen, es decir, cuando lo hacen suyo y lo reciben por la fe en el espíritu.
Para representarnos este pan espiritual y celestial, Cristo ha instituido un pan terrenal y visible como sacramento de su cuerpo, y el vino como sacramento de su sangre, para testificarnos por ellos que, tan ciertamente como recibimos y tenemos este sacramento en nuestras manos y lo comemos y bebemos con nuestra boca, con lo cual después se nutre nuestra vida, así también, tan ciertamente, recibimos por la fe (que es la mano y la boca de nuestra alma) el verdadero cuerpo y sangre de Cristo, nuestro único Salvador, en nuestras almas, para el sostén de nuestra vida espiritual.
Ahora bien, así como es cierto y está fuera de toda duda que Jesucristo no nos ha encomendado en vano el uso de sus sacramentos, así obra en nosotros todo lo que nos representa por estos santos signos, aunque la manera sobrepase nuestro entendimiento y no pueda ser comprendida por nosotros, como las operaciones del Espíritu Santo son ocultas e incomprensibles. Entre tanto, no erramos cuando decimos que lo que es comido y bebido por nosotros es el propio y natural cuerpo y la propia sangre de Cristo. Pero la manera en que participamos de ellos no es por la boca, sino por el espíritu mediante la fe. Así, pues, aunque Cristo siempre está sentado a la diestra de su Padre en los cielos, no por ello deja de hacernos partícipes de sí mismo por la fe. Este banquete es una mesa espiritual, en la cual Cristo se comunica a nosotros con todos sus beneficios, y nos da allí a disfrutar tanto de sí mismo como de los méritos de sus padecimientos y muerte: nutriendo, fortaleciendo y consolando nuestras pobres almas desconsoladas por el comer de su carne, vivificándolas y refrescándolas por el beber de su sangre.
Además, aunque los sacramentos están unidos a la cosa significada, no obstante ambos no son recibidos por todos los hombres. El impío, en verdad, recibe el sacramento para su condenación, pero no recibe la verdad del sacramento, así como Judas y Simón el mago ambos, en verdad, recibieron el sacramento, pero no a Cristo, que era significado por él, del cual solamente los creyentes son hechos partícipes.
Por último, recibimos este santo sacramento en la asamblea del pueblo de Dios, con humildad y reverencia, guardando entre nosotros una santa memoria de la muerte de Cristo nuestro Salvador, con acción de gracias, haciendo allí confesión de nuestra fe y de la religión cristiana. Por tanto, nadie debe acercarse a esta mesa sin haberse antes examinado debidamente a sí mismo, no sea que, por comer de este pan y beber de esta copa, coma y beba juicio para sí. En una palabra, somos movidos por el uso de este santo sacramento a un ferviente amor hacia Dios y hacia nuestro prójimo.
Por tanto, rechazamos todas las mezclas y condenables invenciones que los hombres han añadido y mezclado con los sacramentos, como profanaciones de ellos; y afirmamos que debemos contentarnos con la ordenanza que Cristo y sus apóstoles nos han enseñado, y que debemos hablar de ellos de la misma manera en que ellos han hablado.
Creemos que nuestro clemente Dios, a causa de la depravación del género humano, ha establecido reyes, príncipes y magistrados; queriendo que el mundo sea gobernado por ciertas leyes y políticas; a fin de que la disolución de los hombres sea refrenada, y todas las cosas se lleven a cabo entre ellos con buen orden y decoro. Para este fin ha investido a la magistratura con la espada, para el castigo de quien practica el mal y para la protección de los que hacen el bien (Romanos 13:4).
Su oficio no es solo velar por el bienestar del estado civil y cuidar de él, sino también proteger el sagrado ministerio, para que así se promueva el reino de Cristo. Deben, por tanto, favorecer la predicación de la Palabra del evangelio por todas partes, para que Dios sea honrado y adorado por cada uno, como Él lo manda en su Palabra.
Además, es deber ineludible de cada uno, sea cual fuere su estado, calidad o condición, someterse a los magistrados; pagar tributo, mostrarles el debido honor y respeto y obedecerlos en todas las cosas que no sean contrarias a la Palabra de Dios; suplicar por ellos en nuestras oraciones para que Dios los rija y guíe en todos sus caminos, y para que llevemos una vida quieta y apacible en toda piedad y reverencia (1 Timoteo 2:1-2).
Por lo cual detestamos a los anabaptistas y a otras gentes sediciosas, y en general a todos aquellos que rechazan a las potestades superiores y a los magistrados, y querrían subvertir la justicia, introducir la comunidad de bienes y confundir el decoro y buen orden que Dios ha establecido entre los hombres.
Finalmente, creemos, conforme a la Palabra de Dios, que cuando llegue el tiempo señalado por el Señor (que es desconocido para toda criatura) y sea completo el número de los elegidos, nuestro Señor Jesucristo vendrá del cielo, corporal y visiblemente, como ascendió, con gran gloria y majestad, para declararse Juez de vivos y muertos, incendiando este viejo mundo con fuego y llama para purificarlo.
Entonces todos los hombres comparecerán personalmente ante este gran Juez, tanto hombres como mujeres y niños, que hayan existido desde el principio del mundo hasta el fin del mismo, siendo convocados por la voz de un arcángel, y con la trompeta de Dios (1 Tesalonicenses 4:16). Pues todos los muertos serán resucitados de la tierra, y sus almas juntadas y unidas con sus propios cuerpos en los cuales vivieron antes. En cuanto a los que entonces estén viviendo, no morirán como los otros, sino que serán transformados en un abrir y cerrar de ojos, y de corruptibles vendrán a ser incorruptibles. Entonces se abrirán los libros, y los muertos serán juzgados (Apocalipsis 20:12) conforme a lo que hayan hecho en este mundo, sea bueno o malo. Más aún, de toda palabra ociosa que los hombres hablen, darán cuenta (Mateo 12:36), lo cual el mundo solo tiene por diversión y broma; y entonces los secretos y la hipocresía de los hombres serán descubiertos y expuestos ante todos.
Y por tanto, la consideración de este juicio es con justicia terrible y espantosa para los malvados e impíos, pero muy deseable y consoladora para los justos y elegidos; porque entonces se consumará su plena liberación, y allí recibirán los frutos de su labor y aflicción que han soportado. Su inocencia será conocida por todos, y verán la terrible venganza que Dios ejecutará sobre los malvados, que con la mayor crueldad los persiguieron, oprimieron y atormentaron en este mundo, y que serán convictos por el testimonio de sus propias conciencias, y se harán inmortales, pero solo para ser atormentados en el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:41).
Pero, por el contrario, los fieles y elegidos serán coronados de gloria y honra; y el Hijo de Dios confesará sus nombres delante de Dios su Padre y de sus santos ángeles; toda lágrima será enjugada de sus ojos; y su causa, que ahora es condenada por muchos jueces y magistrados como herética e impía, entonces será conocida como la causa del Hijo de Dios. Y como recompensa llena de gracia, el Señor hará que posean una gloria tal como jamás entró en el corazón del hombre concebir.
Por tanto, esperamos aquel gran día con un deseo ardentísimo, a fin de disfrutar plenamente de las promesas de Dios en Cristo Jesús nuestro Señor. Amén.
Ven, Señor Jesús (Apocalipsis 22:20).