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La Declaración de Chicago sobre la Inerrancia Bíblica

1978 · Evangelical

The Chicago Statement on Biblical Inerrancy was drafted in October 1978 at a summit convened by the International Council on Biblical Inerrancy. Nearly 300 evangelical scholars signed the statement, including J.I. Packer, R.C. Sproul, Francis Schaeffer, Carl F.H. Henry, and James Montgomery Boice. It remains the most widely cited evangelical statement on the nature and authority of Scripture.

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La Declaración de Chicago sobre la Inerrancia Bíblica

Redactada en el Concilio Internacional sobre la Inerrancia Bíblica, Chicago, Illinois, octubre de 1978

Prefacio

La autoridad de la Escritura es una cuestión clave para la Iglesia cristiana en esta época y en toda época. Quienes profesan fe en Jesucristo como Señor y Salvador están llamados a mostrar la realidad de su discipulado obedeciendo humilde y fielmente la Palabra escrita de Dios. Apartarse de la Escritura en la fe o en la conducta es deslealtad hacia nuestro Maestro. El reconocimiento de la total verdad y fiabilidad de la Sagrada Escritura es esencial para una comprensión plena y una confesión adecuada de su autoridad.

La siguiente Declaración afirma de nuevo esta inerrancia de la Escritura, dejando claro nuestro entendimiento de ella y advirtiendo contra su negación. Estamos persuadidos de que negarla es dejar de lado el testimonio de Jesucristo y del Espíritu Santo y rehusar aquella sumisión a las demandas de la propia Palabra de Dios que caracteriza a la verdadera fe cristiana. Consideramos nuestro deber oportuno hacer esta afirmación frente a los actuales desvíos de la verdad de la inerrancia entre nuestros hermanos cristianos y frente a la incomprensión de esta doctrina en el mundo en general.

Esta Declaración consta de tres partes: una Declaración Resumida, los Artículos de Afirmación y Negación y una Exposición que la acompaña. Ha sido preparada en el curso de una consulta de tres días en Chicago. Quienes han firmado la Declaración Resumida y los Artículos desean afirmar su propia convicción en cuanto a la inerrancia de la Escritura y animarse y desafiarse unos a otros y a todos los cristianos a una creciente apreciación y comprensión de esta doctrina. Reconocemos las limitaciones de un documento preparado en una breve e intensiva conferencia y no proponemos que se dé a esta Declaración el peso de un credo. Sin embargo, nos regocijamos en la profundización de nuestras propias convicciones a través de nuestras discusiones conjuntas, y oramos para que la Declaración que hemos firmado sea usada para la gloria de nuestro Dios hacia una nueva reforma de la Iglesia en su fe, vida y misión.

Ofrecemos esta Declaración con un espíritu, no de contienda, sino de humildad y amor, que nos proponemos mantener por la gracia de Dios en cualquier diálogo futuro que surja de lo que hemos dicho. Reconocemos con gusto que muchos que niegan la inerrancia de la Escritura no manifiestan las consecuencias de esta negación en el resto de su creencia y conducta, y somos conscientes de que quienes confesamos esta doctrina a menudo la negamos en la vida al no someter nuestros pensamientos y obras, nuestras tradiciones y hábitos, a la verdadera sujeción a la Palabra divina.

Invitamos a responder a esta declaración a cualquiera que vea razón para enmendar sus afirmaciones sobre la Escritura a la luz de la Escritura misma, bajo cuya infalible autoridad nos hallamos al hablar. No reclamamos infalibilidad personal alguna para el testimonio que damos, y por cualquier ayuda que nos permita fortalecer este testimonio a la Palabra de Dios estaremos agradecidos.

Una Breve Declaración

  1. Dios, que es en Sí mismo la Verdad y habla solo verdad, ha inspirado la Sagrada Escritura a fin de revelarse por medio de ella a la humanidad perdida a través de Jesucristo como Creador y Señor, Redentor y Juez. La Sagrada Escritura es el testimonio de Dios acerca de Sí mismo.

  2. La Sagrada Escritura, siendo la propia Palabra de Dios, escrita por hombres preparados y superintendidos por Su Espíritu, es de infalible autoridad divina en todos los asuntos que toca: ha de ser creída, como instrucción de Dios, en todo lo que afirma; obedecida, como mandato de Dios, en todo lo que requiere; abrazada, como promesa de Dios, en todo lo que promete.

  3. El Espíritu Santo, Autor divino de la Escritura, tanto nos la autentica por Su testimonio interior como abre nuestras mentes para comprender su significado.

  4. Siendo dada por Dios total y verbalmente, la Escritura está sin error ni falta en toda su enseñanza, no menos en lo que declara acerca de los actos de Dios en la creación, acerca de los acontecimientos de la historia mundial y acerca de sus propios orígenes literarios bajo Dios, que en su testimonio de la gracia salvadora de Dios en vidas individuales.

  5. La autoridad de la Escritura queda ineludiblemente menoscabada si esta total inerrancia divina es de algún modo limitada o desatendida, o hecha relativa a una concepción de la verdad contraria a la de la Biblia misma; y tales desvíos acarrean grave pérdida tanto para el individuo como para la Iglesia.

Artículos de Afirmación y Negación

Artículo I

Afirmamos que las Sagradas Escrituras han de ser recibidas como la autoritativa Palabra de Dios.

Negamos que las Escrituras reciban su autoridad de la Iglesia, la tradición o cualquier otra fuente humana.

Artículo II

Afirmamos que las Escrituras son la suprema norma escrita por la cual Dios liga la conciencia, y que la autoridad de la Iglesia está subordinada a la de la Escritura.

Negamos que los credos, concilios o declaraciones de la Iglesia tengan autoridad mayor o igual a la autoridad de la Biblia.

Artículo III

Afirmamos que la Palabra escrita en su totalidad es revelación dada por Dios.

Negamos que la Biblia sea meramente un testimonio de la revelación, o que solo llegue a ser revelación en el encuentro, o que dependa de las respuestas de los hombres para su validez.

Artículo IV

Afirmamos que Dios, que hizo a la humanidad a Su imagen, ha usado el lenguaje como medio de revelación.

Negamos que el lenguaje humano esté tan limitado por nuestra condición de criaturas que resulte inadecuado como vehículo para la revelación divina. Negamos además que la corrupción de la cultura y el lenguaje humanos por el pecado haya frustrado la obra de inspiración de Dios.

Artículo V

Afirmamos que la revelación de Dios en las Sagradas Escrituras fue progresiva.

Negamos que la revelación posterior, que puede cumplir la revelación anterior, jamás la corrija o contradiga. Negamos además que se haya dado revelación normativa alguna desde la conclusión de los escritos del Nuevo Testamento.

Artículo VI

Afirmamos que la totalidad de la Escritura y todas sus partes, hasta las mismas palabras del original, fueron dadas por inspiración divina.

Negamos que la inspiración de la Escritura pueda afirmarse correctamente del todo sin las partes, o de algunas partes pero no del todo.

Artículo VII

Afirmamos que la inspiración fue la obra en la cual Dios, por Su Espíritu, a través de escritores humanos, nos dio Su Palabra. El origen de la Escritura es divino. El modo de la inspiración divina permanece en gran medida como un misterio para nosotros.

Negamos que la inspiración pueda reducirse a la perspicacia humana, o a estados intensificados de conciencia de cualquier clase.

Artículo VIII

Afirmamos que Dios, en Su obra de inspiración, utilizó las personalidades distintivas y los estilos literarios de los escritores a quienes había escogido y preparado.

Negamos que Dios, al hacer que estos escritores usaran las mismas palabras que Él escogió, anulara sus personalidades.

Artículo IX

Afirmamos que la inspiración, aunque no confirió omnisciencia, garantizó expresión verdadera y fidedigna en todos los asuntos sobre los cuales los autores bíblicos fueron movidos a hablar y escribir.

Negamos que la finitud o la caída de estos escritores, por necesidad o de otro modo, introdujera distorsión o falsedad en la Palabra de Dios.

Artículo X

Afirmamos que la inspiración, estrictamente hablando, se aplica solo al texto autográfico de la Escritura, el cual, en la providencia de Dios, puede determinarse a partir de los manuscritos disponibles con gran exactitud. Afirmamos además que las copias y traducciones de la Escritura son la Palabra de Dios en la medida en que representen fielmente el original.

Negamos que algún elemento esencial de la fe cristiana se vea afectado por la ausencia de los autógrafos. Negamos además que esta ausencia haga inválida o irrelevante la afirmación de la inerrancia bíblica.

Artículo XI

Afirmamos que la Escritura, habiendo sido dada por inspiración divina, es infalible, de modo que, lejos de engañarnos, es verdadera y fidedigna en todos los asuntos que aborda.

Negamos que sea posible que la Biblia sea al mismo tiempo infalible y errante en sus aseveraciones. La infalibilidad y la inerrancia pueden distinguirse, pero no separarse.

Artículo XII

Afirmamos que la Escritura en su totalidad es inerrante, estando libre de toda falsedad, fraude o engaño.

Negamos que la infalibilidad y la inerrancia bíblicas estén limitadas a temas espirituales, religiosos o redentores, con exclusión de las aseveraciones en los campos de la historia y la ciencia. Negamos además que las hipótesis científicas acerca de la historia de la tierra puedan usarse propiamente para derribar la enseñanza de la Escritura sobre la creación y el diluvio.

Artículo XIII

Afirmamos la propiedad de usar la inerrancia como término teológico con referencia a la completa veracidad de la Escritura.

Negamos que sea propio evaluar la Escritura según normas de verdad y error que son ajenas a su uso o propósito. Negamos además que la inerrancia sea negada por fenómenos bíblicos tales como la falta de precisión técnica moderna, irregularidades de gramática u ortografía, descripciones observacionales de la naturaleza, el relato de falsedades, el uso de hipérbole y números redondos, la disposición temática del material, selecciones variantes de material en relatos paralelos o el uso de citas libres.

Artículo XIV

Afirmamos la unidad y la consistencia interna de la Escritura.

Negamos que los presuntos errores y discrepancias que aún no han sido resueltos vicien las afirmaciones de verdad de la Biblia.

Artículo XV

Afirmamos que la doctrina de la inerrancia está fundamentada en la enseñanza de la Biblia acerca de la inspiración.

Negamos que la enseñanza de Jesús acerca de la Escritura pueda descartarse apelando a la acomodación o a cualquier limitación natural de Su humanidad.

Artículo XVI

Afirmamos que la doctrina de la inerrancia ha sido parte integral de la fe de la Iglesia a lo largo de su historia.

Negamos que la inerrancia sea una doctrina inventada por el protestantismo escolástico, o que sea una posición reaccionaria postulada en respuesta a la alta crítica negativa.

Artículo XVII

Afirmamos que el Espíritu Santo da testimonio de las Escrituras, asegurando a los creyentes de la veracidad de la Palabra escrita de Dios.

Negamos que este testimonio del Espíritu Santo opere de manera aislada de la Escritura o contra ella.

Artículo XVIII

Afirmamos que el texto de la Escritura ha de ser interpretado mediante la exégesis gramático-histórica, teniendo en cuenta sus formas y recursos literarios, y que la Escritura ha de interpretar a la Escritura.

Negamos la legitimidad de cualquier tratamiento del texto o búsqueda de fuentes subyacentes a él que conduzca a relativizar, deshistorizar o menospreciar su enseñanza, o a rechazar sus afirmaciones de autoría.

Artículo XIX

Afirmamos que una confesión de la plena autoridad, infalibilidad e inerrancia de la Escritura es vital para una sana comprensión de la totalidad de la fe cristiana. Afirmamos además que tal confesión debería conducir a una creciente conformidad a la imagen de Cristo.

Negamos que tal confesión sea necesaria para la salvación. Sin embargo, negamos además que la inerrancia pueda rechazarse sin graves consecuencias, tanto para el individuo como para la Iglesia.

Exposición

Nuestra comprensión de la doctrina de la inerrancia debe situarse en el contexto de las enseñanzas más amplias de la Escritura acerca de sí misma. Esta exposición da cuenta del esbozo de doctrina del cual se derivan nuestra declaración resumida y nuestros artículos.

La Creación, la Revelación y la Inspiración

El Dios Trino, que formó todas las cosas por Sus expresiones creadoras y gobierna todas las cosas por Su Palabra de decreto, hizo a la humanidad a Su propia imagen para una vida de comunión con Él mismo, según el modelo de la eterna comunión de amorosa comunicación dentro de la Deidad. Como portador de la imagen de Dios, el hombre había de oír la Palabra de Dios dirigida a él y responder en el gozo de la obediencia adoradora. Por encima y más allá de la automanifestación de Dios en el orden creado y en la secuencia de acontecimientos dentro de él, los seres humanos desde Adán en adelante han recibido mensajes verbales de Él, ya sea directamente, como se declara en la Escritura, o indirectamente en forma de parte o de la totalidad de la Escritura misma.

Cuando Adán cayó, el Creador no abandonó a la humanidad al juicio final, sino que prometió salvación y comenzó a revelarse como Redentor en una secuencia de acontecimientos históricos que se centra en la familia de Abraham y culmina en la vida, muerte, resurrección, presente ministerio celestial y prometido regreso de Jesucristo. Dentro de este marco, Dios ha hablado de tiempo en tiempo palabras específicas de juicio y misericordia, promesa y mandato, a seres humanos pecadores, atrayéndolos así a una relación de pacto de mutuo compromiso entre Él y ellos, en la cual Él los bendice con dones de gracia y ellos lo bendicen en adoración receptiva. Moisés, a quien Dios usó como mediador para llevar Sus palabras a Su pueblo en el tiempo del Éxodo, se sitúa a la cabeza de una larga línea de profetas en cuyas bocas y escritos Dios puso Sus palabras para entregarlas a Israel. El propósito de Dios en esta sucesión de mensajes era mantener Su pacto haciendo que Su pueblo conociera Su Nombre, es decir, Su naturaleza, y Su voluntad tanto de precepto como de propósito en el presente y para el futuro. Esta línea de portavoces proféticos de parte de Dios llegó a su culminación en Jesucristo, la Palabra encarnada de Dios, que era Él mismo un profeta, más que un profeta, pero no menos, y en los apóstoles y profetas de la primera generación cristiana. Cuando el mensaje final y culminante de Dios, Su palabra al mundo acerca de Jesucristo, hubo sido pronunciado y esclarecido por quienes estaban en el círculo apostólico, la secuencia de mensajes revelados cesó. En adelante, la Iglesia había de vivir y conocer a Dios por lo que Él ya había dicho, y dicho para siempre.

En el Sinaí, Dios escribió los términos de Su pacto en tablas de piedra, como Su testimonio perdurable y para su accesibilidad duradera, y a lo largo del período de la revelación profética y apostólica Él movió a los hombres a escribir los mensajes dados a ellos y por medio de ellos, junto con registros celebratorios de Sus tratos con Su pueblo, además de reflexiones morales sobre la vida de pacto y formas de alabanza y oración por la misericordia del pacto. La realidad teológica de la inspiración en la producción de los documentos bíblicos corresponde a la de las profecías habladas: aunque las personalidades de los escritores humanos se expresaron en lo que escribieron, las palabras fueron divinamente constituidas. Así, lo que la Escritura dice, Dios lo dice; su autoridad es Su autoridad, porque Él es su Autor último, habiéndola dado a través de las mentes y palabras de hombres escogidos y preparados que en libertad y fidelidad hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo (2 Pedro 1:21). La Sagrada Escritura debe ser reconocida como la Palabra de Dios en virtud de su origen divino.

La Autoridad: Cristo y la Biblia

Jesucristo, el Hijo de Dios que es la Palabra hecha carne, nuestro Profeta, Sacerdote y Rey, es el Mediador último de la comunicación de Dios al hombre, como lo es de todos los dones de gracia de Dios. La revelación que Él dio fue más que verbal; reveló al Padre también por Su presencia y Sus obras. Sin embargo, Sus palabras fueron de importancia crucial; pues Él era Dios, hablaba de parte del Padre, y Sus palabras juzgarán a todos los hombres en el día final.

Como el Mesías profetizado, Jesucristo es el tema central de la Escritura. El Antiguo Testamento miraba hacia Él; el Nuevo Testamento mira hacia atrás a Su primera venida y adelante a Su segunda. La Escritura canónica es el testimonio divinamente inspirado y por tanto normativo de Cristo. Ninguna hermenéutica, por tanto, de la cual el Cristo histórico no sea el punto focal es aceptable. La Sagrada Escritura debe ser tratada como lo que esencialmente es, el testimonio del Padre acerca del Hijo encarnado.

Parece que el canon del Antiguo Testamento había quedado fijado para el tiempo de Jesús. El canon del Nuevo Testamento está asimismo ahora cerrado, por cuanto ya no puede darse ningún nuevo testimonio apostólico del Cristo histórico. No se dará ninguna nueva revelación (a diferencia de la comprensión dada por el Espíritu de la revelación existente) hasta que Cristo venga otra vez. El canon fue creado en principio por inspiración divina. La parte de la Iglesia fue discernir el canon que Dios había creado, no idear uno propio.

La palabra canon, que significa una regla o norma, es un indicador de autoridad, que significa el derecho a gobernar y controlar. La autoridad en el cristianismo pertenece a Dios en Su revelación, lo cual significa, por un lado, a Jesucristo, la Palabra viva, y, por otro lado, a la Sagrada Escritura, la Palabra escrita. Pero la autoridad de Cristo y la de la Escritura son una. Como nuestro Profeta, Cristo testificó que la Escritura no puede ser quebrantada. Como nuestro Sacerdote y Rey, dedicó Su vida terrenal a cumplir la ley y los profetas, muriendo incluso en obediencia a las palabras de la profecía mesiánica. Así, como Él vio la Escritura dando testimonio de Él y de Su autoridad, así por Su propia sumisión a la Escritura Él atestiguó la autoridad de ella. Como Él se sometió a la instrucción de Su Padre dada en Su Biblia (nuestro Antiguo Testamento), así requiere que hagan Sus discípulos, no, sin embargo, de manera aislada, sino en conjunción con el testimonio apostólico acerca de Él mismo que Él se comprometió a inspirar por Su don del Espíritu Santo. Así los cristianos se muestran siervos fieles de su Señor al someterse a la instrucción divina dada en los escritos proféticos y apostólicos que juntos componen nuestra Biblia.

Al autenticar la autoridad el uno del otro, Cristo y la Escritura se fusionan en una única fuente de autoridad. El Cristo interpretado bíblicamente y la Biblia centrada en Cristo y proclamadora de Cristo son, desde este punto de vista, uno. Así como del hecho de la inspiración inferimos que lo que la Escritura dice, Dios lo dice, así de la relación revelada entre Jesucristo y la Escritura podemos igualmente declarar que lo que la Escritura dice, Cristo lo dice.

La Infalibilidad, la Inerrancia, la Interpretación

La Sagrada Escritura, como la inspirada Palabra de Dios que da testimonio autoritativo de Jesucristo, puede propiamente llamarse infalible e inerrante. Estos términos negativos tienen un valor especial, pues salvaguardan explícitamente verdades positivas cruciales.

Infalible significa la cualidad de ni engañar ni ser engañada, y así salvaguarda en términos categóricos la verdad de que la Sagrada Escritura es una regla y guía segura, fiable y digna de confianza en todos los asuntos.

De igual manera, inerrante significa la cualidad de estar libre de toda falsedad o error, y así salvaguarda la verdad de que la Sagrada Escritura es enteramente verdadera y fidedigna en todas sus aseveraciones.

Afirmamos que la Escritura canónica siempre debería interpretarse sobre la base de que es infalible e inerrante. Sin embargo, al determinar lo que el escritor enseñado por Dios está aseverando en cada pasaje, debemos prestar la más cuidadosa atención a sus afirmaciones y a su carácter como producción humana. En la inspiración, Dios utilizó la cultura y las convenciones del entorno de Su escribiente, un entorno que Dios controla en Su soberana providencia; es una mala interpretación imaginar lo contrario.

Así, la historia debe tratarse como historia, la poesía como poesía, la hipérbole y la metáfora como hipérbole y metáfora, la generalización y la aproximación como lo que son, y así sucesivamente. También deben observarse las diferencias entre las convenciones literarias de los tiempos bíblicos y las nuestras: puesto que, por ejemplo, la narración no cronológica y la citación imprecisa eran convencionales y aceptables y no violaban expectativa alguna en aquellos días, no debemos considerar estas cosas como faltas cuando las encontramos en los escritores bíblicos. Cuando no se esperaba ni se buscaba una precisión total de un tipo particular, no es error no haberla logrado. La Escritura es inerrante, no en el sentido de ser absolutamente precisa según normas modernas, sino en el sentido de cumplir sus afirmaciones y alcanzar aquella medida de verdad enfocada que sus autores se proponían.

La veracidad de la Escritura no queda negada por la aparición en ella de irregularidades de gramática u ortografía, descripciones fenoménicas de la naturaleza, informes de declaraciones falsas (por ejemplo, las mentiras de Satanás) o aparentes discrepancias entre un pasaje y otro. No es correcto contraponer los así llamados "fenómenos" de la Escritura a la enseñanza de la Escritura acerca de sí misma. Las aparentes inconsistencias no deben ignorarse. La solución de ellas, donde esto pueda lograrse de manera convincente, alentará nuestra fe, y donde por el momento no haya a mano una solución convincente, honraremos significativamente a Dios al confiar en Su seguridad de que Su Palabra es verdadera, a pesar de estas apariencias, y al mantener nuestra confianza en que un día se verá que fueron ilusiones.

Por cuanto toda la Escritura es el producto de una única mente divina, la interpretación debe permanecer dentro de los límites de la analogía de la Escritura y evitar las hipótesis que corregirían un pasaje bíblico por otro, ya sea en nombre de la revelación progresiva o de la imperfecta iluminación de la mente del escritor inspirado.

Aunque la Sagrada Escritura en ninguna parte está atada a la cultura en el sentido de que su enseñanza carezca de validez universal, a veces está culturalmente condicionada por las costumbres y las opiniones convencionales de un período particular, de modo que la aplicación de sus principios hoy requiere una clase distinta de acción.

El Escepticismo y la Crítica

Desde el Renacimiento, y más particularmente desde la Ilustración, se han desarrollado cosmovisiones que implican escepticismo acerca de principios cristianos básicos. Tales son el agnosticismo que niega que Dios sea conocible, el racionalismo que niega que Él sea incomprensible, el idealismo que niega que Él sea trascendente y el existencialismo que niega la racionalidad en Sus relaciones con nosotros. Cuando estos principios no bíblicos y antibíblicos se filtran en las teologías de los hombres a nivel presuposicional, como frecuentemente ocurre hoy, la interpretación fiel de la Sagrada Escritura se vuelve imposible.

La Transmisión y la Traducción

Puesto que Dios en ninguna parte ha prometido una transmisión inerrante de la Escritura, es necesario afirmar que solo el texto autográfico de los documentos originales fue inspirado y mantener la necesidad de la crítica textual como medio para detectar cualquier desliz que pueda haberse introducido en el texto en el curso de su transmisión. El veredicto de esta ciencia, sin embargo, es que el texto hebreo y griego parece estar asombrosamente bien preservado, de modo que estamos ampliamente justificados en afirmar, con la Confesión de Westminster, una singular providencia de Dios en este asunto y en declarar que la autoridad de la Escritura no queda en modo alguno comprometida por el hecho de que las copias que poseemos no estén enteramente libres de error.

De igual manera, ninguna traducción es ni puede ser perfecta, y todas las traducciones son un paso adicional alejado de los autógrafos. Sin embargo, el veredicto de la ciencia lingüística es que los cristianos de habla inglesa, al menos, están sumamente bien servidos en estos días con multitud de excelentes traducciones y no tienen razón para vacilar en concluir que la verdadera Palabra de Dios está a su alcance. En efecto, en vista de la frecuente repetición en la Escritura de los asuntos principales de los que trata y también del constante testimonio del Espíritu Santo hacia la Palabra y a través de ella, ninguna traducción seria de la Sagrada Escritura destruirá su significado a tal punto que la haga incapaz de hacer a su lector sabio para la salud por la fe que es en Cristo Jesús (2 Timoteo 3:15).

La Inerrancia y la Autoridad

En nuestra afirmación de la autoridad de la Escritura como algo que involucra su total verdad, nos situamos conscientemente con Cristo y Sus apóstoles, en verdad con toda la Biblia y con la corriente principal de la historia de la Iglesia desde los primeros días hasta hace muy poco. Nos preocupa la manera despreocupada, inadvertida y al parecer irreflexiva en que una creencia de tan trascendental importancia ha sido abandonada por tantos en nuestros días.

Somos conscientes también de que gran y grave confusión resulta de dejar de mantener la total verdad de la Biblia cuya autoridad uno profesa reconocer. El resultado de dar este paso es que la Biblia que Dios dio pierde su autoridad, y lo que tiene autoridad en su lugar es una Biblia reducida en contenido según las demandas de los razonamientos críticos de uno y en principio reducible aún más una vez que uno ha comenzado. Esto significa que, en el fondo, la razón independiente tiene ahora autoridad, en oposición a la enseñanza de la Escritura. Si esto no se percibe y si por el momento todavía se sostienen doctrinas evangélicas básicas, las personas que niegan la plena verdad de la Escritura pueden reclamar una identidad evangélica mientras metodológicamente se han alejado del principio evangélico del conocimiento hacia un subjetivismo inestable, y les resultará difícil no alejarse más.

Afirmamos que lo que la Escritura dice, Dios lo dice. Sea Él glorificado. Amén y amén.