Esta declaración doctrinal abarca toda la doctrina cristiana en 98 artículos, organizados en siete apartados: las Sagradas Escrituras, Dios, el hombre, la salvación, la iglesia, los ángeles y las últimas cosas.
Estudie esto con GraceHaven1) Enseñamos que la Biblia es la revelación escrita de Dios al hombre, y que por tanto los 66 libros de la Biblia que nos ha dado el Espíritu Santo constituyen la Palabra de Dios plenaria (inspirada por igual en todas sus partes) (1 Corintios 2:7-14; 2 Pedro 1:20-21).
2) Enseñamos que la Palabra de Dios es una revelación objetiva y proposicional (1 Tesalonicenses 2:13; 1 Corintios 2:13), verbalmente inspirada en cada palabra (2 Timoteo 3:16), absolutamente inerrante en los documentos originales, infalible y soplada por Dios.
3) Enseñamos que la interpretación de la Escritura es literal y gramático-histórica, lo cual afirma la creencia de que los capítulos iniciales de Génesis presentan la creación en seis días literales (Génesis 1:31; Éxodo 31:17).
4) Enseñamos que la Biblia constituye la única regla infalible de fe y práctica (Mateo 5:18; 24:35; Juan 10:35; 16:12-13; 17:17; 1 Corintios 2:13; 2 Timoteo 3:15-17; Hebreos 4:12; 2 Pedro 1:20-21) y que revela los principios por los cuales Dios nos juzgará; y que por lo tanto es, y seguirá siendo, el verdadero centro de la unión cristiana y la norma suprema por la cual toda conducta, credo y opinión humanos deben ser juzgados hasta el juicio final por nuestro Señor Jesucristo (Apocalipsis 20:15).
5) Enseñamos que Dios habló en Su Palabra escrita mediante un proceso de doble autoría. El Espíritu Santo superintendió de tal manera a los autores humanos que, a través de sus personalidades individuales y sus distintos estilos de escritura, compusieron y registraron la Palabra de Dios al hombre (2 Pedro 1:20-21) sin error en el todo ni en las partes (Mateo 5:18; 2 Timoteo 3:16).
6) Enseñamos que todo el consejo de Dios concerniente a todas las cosas (2 Timoteo 3:15-17; Gálatas 1:8, 9) necesarias para Su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida, está expresamente expuesto o necesariamente contenido en la Santa Escritura, a la cual nada en ningún tiempo debe añadirse, ni por nueva revelación de ángeles ni por tradiciones de hombres. Sin embargo, reconocemos que la (Juan 6:45; 1 Corintios 2:9-12) iluminación interior del Espíritu de Dios es necesaria para el entendimiento salvador de aquellas cosas que son reveladas en la Palabra, y que hay algunas circunstancias concernientes a la adoración de Dios y al gobierno de la iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de ser (1 Corintios 11:13, 14; 1 Corintios 14:26, 40) ordenadas por la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, conforme a las reglas generales de la Palabra, las cuales siempre han de observarse.
7) Enseñamos que, si bien puede haber varias aplicaciones de cualquier pasaje dado de la Escritura, no hay sino una sola interpretación verdadera. El significado de la Escritura se halla cuando uno aplica con diligencia el método literal gramático-histórico de interpretación bajo la guía y la iluminación del Espíritu Santo (Juan 7:17; 16:12-15; 1 Corintios 2:7-15; 1 Juan 2:20). Es responsabilidad de los creyentes determinar cuidadosamente la verdadera intención y el verdadero significado de la Escritura, reconociendo que la aplicación correcta obliga a todas las generaciones. Además, la verdad de la Escritura juzga a los hombres; jamás los hombres la juzgan a ella.
8) Enseñamos que no todas las cosas en la Escritura son igualmente (2 Pedro 3:16) claras en sí mismas, ni igualmente claras para todos; sin embargo, aquellas cosas que es necesario conocer, creer y observar para la salvación están tan claramente propuestas y expuestas en uno u otro lugar de la Escritura, que no solo los instruidos, sino también los no instruidos, con el debido uso de los medios ordinarios, pueden alcanzar un entendimiento suficiente de ellas para ser salvos y vivir en piedad, o rebelarse contra Dios para su propia condenación (Salmos 19:7; 119:130).
9) Enseñamos que no hay sino un solo Dios vivo y verdadero (Deuteronomio 6:4; Isaías 45:5-7; 1 Corintios 8:4), un Espíritu infinito y omnisciente (Juan 4:24), perfecto en todos Sus atributos, uno en esencia, que existe eternamente en tres Personas (la Trinidad), Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14), cada una igualmente digna de adoración y obediencia (Deuteronomio 6:4; Isaías 45:5-7; Juan 4:24; 1 Corintios 8:4). Es propio del Padre engendrar al Hijo, y del Hijo ser engendrado del Padre, y del Espíritu Santo proceder del Padre y del Hijo desde toda la eternidad (Gálatas 4:6). Las Escrituras manifiestan que el Hijo y el Espíritu Santo son Dios, iguales al Padre, atribuyéndoles nombres, atributos, obras y adoración que son propios solo de Dios. Todos son uno en sustancia, poder y eternidad; cada uno posee toda la esencia divina, y sin embargo esta esencia permanece indivisa (Mateo 28:19). Los tres son infinitos, sin principio, no divididos en naturaleza y ser, sino distinguidos por diversas propiedades, funciones y también por sus relaciones personales (Mateo 3:16-17). Esta doctrina de la Trinidad es el fundamento de nuestra comunión con Dios y de nuestra dependencia de Él.
10) Enseñamos que Dios el Padre, la primera Persona de la Trinidad, ordena y dispone todas las cosas conforme a Su propio propósito y gracia (Salmo 145:8-9; 1 Corintios 8:6). Él es el Creador de todas las cosas (Génesis 1:1-31; Efesios 3:9). Como el único Soberano absoluto y omnipotente del universo, es soberano en la creación, la providencia y la redención (Salmo 103:19; Romanos 11:36). Su paternidad comprende tanto Su designación dentro de la Trinidad como Su relación con la humanidad. Como Creador es Padre de todos los hombres (Efesios 4:6), pero es Padre espiritual solo de los creyentes (Romanos 8:14; 2 Corintios 6:18).
11) Enseñamos que el Padre ha decretado para Su propia gloria todas las cosas que acontecen (Efesios 1:11). Él sostiene, dirige y gobierna continuamente a todas las criaturas y todos los acontecimientos (1 Crónicas 29:11). En Su soberanía jamás aprueba el pecado (Habacuc 1:13; Juan 8:38-47), ni tampoco reduce la responsabilidad de las criaturas morales e inteligentes (1 Crónicas 29:11; Isaías 46:9-11; Habacuc 1:13; Juan 8:38-47; Romanos 9; Efesios 1:11; 1 Pedro 1:17), aunque puede usar, y a menudo usa, los pecados de los hombres caídos para Sus propios propósitos y gloria, así como para el bien de Sus hijos (Génesis 50:20; Romanos 8:28).
12) Enseñamos que el Padre ha mostrado Su amor lleno de gracia por el mundo mediante los placeres y las bendiciones que se disfrutan en la vida y especialmente mediante Su ofrecimiento del evangelio a todas las personas (Génesis 1:1-31; Salmo 103:19; 145:8-9; Juan 3:16; Romanos 8:14; 11:36; 1 Corintios 8:6; 2 Corintios 6:18; Efesios 3:9; 4:6; 1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9); ha escogido con gracia desde la eternidad pasada a aquellos que tendría como suyos (Efesios 1:4-6); salva del pecado a todos los que vienen a Él por medio de Jesucristo; adopta como suyos a todos los que vienen a Él; y llega a ser, mediante la adopción, Padre de los suyos. Él encomendó Su amor hacia nosotros, Sus hijos, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Juan 1:12; Romanos 8:15; Gálatas 4:5; Hebreos 12:5-9).
13) Enseñamos que Jesucristo, la segunda Persona de la Trinidad, posee toda la esencia y todos los atributos divinos, y en ellos es coigual, consustancial y coeterno con el Padre (Juan 10:30; 14:9).
14) Enseñamos que Dios el Padre creó "los cielos y la tierra y todo lo que en ellos hay" conforme a Su propia voluntad, por medio de Su Hijo, Jesucristo, por quien todas las cosas continúan existiendo y operando (Juan 1:3; Colosenses 1:15-17; Hebreos 1:2).
15) Enseñamos que en la encarnación (Dios hecho hombre) Cristo renunció solamente a las prerrogativas de la deidad, pero a nada de la esencia divina, ni en grado ni en clase. En Su encarnación, la segunda Persona de la Trinidad, eternamente existente, aceptó todas las características esenciales de la humanidad y así se hizo el Dios-Hombre (Filipenses 2:5-8; Colosenses 2:9).
16) Enseñamos que, como el Dios-hombre, Jesucristo es plenamente Dios y plenamente humano, y reúne en sí la humanidad y la deidad en unidad indivisible (Miqueas 5:2; Juan 5:23; 14:9-10; Colosenses 2:9).
17) Enseñamos que nuestro Señor Jesucristo nació de una virgen (Isaías 7:14; Mateo 1:23, 25; Lucas 1:26-35); que Él fue Dios encarnado (Juan 1:1, 14); y que el propósito de la encarnación fue revelar a Dios, cumplir la Ley en justicia, redimir a los hombres y reinar sobre el reino de Dios (Salmo 2:7-9; Isaías 7:14; 9:6; Mateo 1:21-25; Lucas 1:26-35; Juan 1:1, 14, 29; Filipenses 2:9-11; Hebreos 7:25-26; 1 Pedro 1:18-19).
18) Enseñamos que, en la encarnación, la segunda Persona de la Trinidad puso a un lado Su derecho a las plenas prerrogativas de la coexistencia con Dios y asumió una existencia propia de un siervo, sin despojarse jamás de Sus atributos divinos (Filipenses 2:5-8).
19) Enseñamos que nuestro Señor Jesucristo es absolutamente sin pecado. Fue sin pecado en Su nacimiento, lo cual significa que de ninguna manera está involucrado ni representado en el pecado original de Adán. Fue sin pecado tanto en carácter como en conducta durante Su vida terrenal y fue así el Cordero inmaculado de Dios, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, plenamente calificado para hacer expiación por los pecados de todos los que ponen su fe y su confianza en Él (Lucas 1:35; 2 Corintios 5:21; 1 Pedro 1:18-19; 2:22-23).
20) Enseñamos que nuestro Señor Jesucristo llevó a cabo nuestra redención mediante el derramamiento de Su sangre y Su muerte sacrificial en la cruz, y que Su muerte fue voluntaria, vicaria, sustitutoria, propiciatoria y redentora (Juan 10:15; 17:9-12; Romanos 3:24-25; 5:8; 1 Pedro 2:24).
21) Enseñamos que, sobre la base de la eficacia de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, el pecador creyente es librado del castigo, de la pena, del poder y, un día, de la presencia misma del pecado; y que es declarado justo, recibe la vida eterna y es adoptado en la familia de Dios (Romanos 3:25; 5:8-9; 2 Corintios 5:14-15; 1 Pedro 2:24; 3:18).
22) Enseñamos que nuestra justificación queda asegurada por Su resurrección literal y física de entre los muertos, y que Él ha ascendido ahora a la diestra del Padre, donde media como nuestro Abogado y Sumo Sacerdote (Mateo 28:6; Lucas 24:38-39; Hechos 2:30-31; Romanos 4:25; 8:34; Hebreos 7:25; 9:24; 1 Juan 2:1).
23) Enseñamos que en la resurrección de Jesucristo del sepulcro, Dios confirmó la deidad de Su Hijo y dio prueba de que Dios ha aceptado la obra expiatoria de Cristo en la cruz. La resurrección corporal de Jesús es también la garantía de una futura vida de resurrección para todos los creyentes (Juan 5:26-29; 14:19; Romanos 1:4; 4:25; 6:5-10; 1 Corintios 15:20, 23).
24) Enseñamos que Jesucristo recibirá a la iglesia, que es Su Cuerpo, para sí mismo en el arrebatamiento y que, regresando con Su iglesia en gloria, establecerá Su reino milenario en la tierra (Hechos 1:9-11; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Apocalipsis 20).
25) Enseñamos que el Señor Jesucristo es Aquel por medio de quien Dios juzgará a toda la humanidad (Juan 5:22-23):
Como el único un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5), la Cabeza de Su Cuerpo, la iglesia (Efesios 1:22; 5:23; Colosenses 1:18), y el Rey universal venidero, que reinará en el trono de David para siempre (Isaías 9:6; Lucas 1:31-33), Él es el Juez final de todos los que no le reciben ni le adoran como Señor y Salvador (Mateo 25:14-46; Hechos 17:30-31).
26) Enseñamos que el Espíritu Santo es una Persona divina, eterna, no derivada, que posee todos los atributos de la personalidad y de la deidad, incluyendo intelecto (1 Corintios 2:10-13), emociones (Efesios 4:30), voluntad (1 Corintios 12:11), eternidad (Hebreos 9:14), omnipresencia (Salmo 139:7-10), omnisciencia (Isaías 40:13-14), omnipotencia (Romanos 15:13), inmutabilidad y veracidad (Juan 16:13). En todos los atributos divinos es coigual y consustancial con el Padre y el Hijo (Malaquías 3:6; Mateo 28:19; Hechos 5:3-4; 28:25-26; 1 Corintios 12:4-6; 2 Corintios 13:14; Jeremías 31:31-34 con Hebreos 10:15-17).
27) Enseñamos que es obra del Espíritu Santo ejecutar la voluntad divina con relación a toda la humanidad. Reconocemos Su actividad soberana en la creación (Génesis 1:2), la encarnación (Mateo 1:18), la revelación escrita (2 Pedro 1:20-21) y la obra de la salvación (Juan 3:5-7).
28) Enseñamos que la obra del Espíritu Santo en esta era comenzó en Pentecostés, cuando vino del Padre, según lo prometió Cristo (Juan 14:16-17; 15:26), para iniciar y completar la edificación del Cuerpo de Cristo, que es Su iglesia (1 Corintios 12:13). El amplio alcance de Su actividad divina incluye convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio; glorificar al Señor Jesucristo y transformar a los creyentes a la imagen de Cristo (Juan 16:7-9; Hechos 1:5; 2:4; Romanos 8:29; 2 Corintios 3:18; Efesios 2:22).
29) Enseñamos que el Espíritu Santo es el Agente sobrenatural y soberano en la regeneración, que bautiza a todos los creyentes en el Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). El Espíritu Santo también los habita, los santifica, los instruye, los capacita para el servicio y los sella para el día de la redención (Romanos 8:9; 2 Corintios 3:6; Efesios 1:13).
30) Enseñamos que el Espíritu Santo es el Maestro divino que guió a los apóstoles y profetas a toda la verdad cuando pusieron por escrito la revelación de Dios, la Biblia (2 Pedro 1:19-21). Todo creyente posee la presencia interior del Espíritu Santo desde el momento de la salvación, y es deber de todos los nacidos del Espíritu ser llenos del Espíritu (estar controlados por Él) (Juan 16:13; Romanos 8:9; Efesios 5:18; 1 Juan 2:20, 27).
31) Enseñamos que el Espíritu Santo administra dones espirituales a la iglesia. El Espíritu Santo no se glorifica a sí mismo ni a sus dones con exhibiciones ostentosas, sino que glorifica a Cristo llevando a cabo Su obra de redimir a los perdidos y de edificar a los creyentes en la santísima fe (Juan 16:13-14; Hechos 1:8; 1 Corintios 12:4-11; 2 Corintios 3:18).
32) Enseñamos que, a este respecto, Dios el Espíritu Santo es soberano en el otorgamiento de todos Sus dones para el perfeccionamiento de los santos hoy, y que el hablar en lenguas y la realización de milagros como señales en los primeros días de la iglesia tuvieron el propósito de señalar y autenticar a los apóstoles como reveladores de la verdad divina, y nunca se pretendió que fueran característicos de la vida de todos los creyentes (1 Corintios 12:4-11; 13:8-10; 2 Corintios 12:12; Efesios 4:7-12; Hebreos 2:1-4).
33) Enseñamos que Dios ha decretado en sí mismo, desde toda la eternidad, por el sapientísimo y santísimo consejo de Su propia voluntad, libre e inmutablemente, todas las cosas, cualesquiera que acontezcan; pero de tal manera que no se hace violencia a la voluntad de la criatura, ni se quita la libertad o contingencia de las causas segundas, sino que más bien quedan establecidas; en lo cual se manifiestan su sabiduría al disponer todas las cosas, y su poder y fidelidad al cumplir su decreto (Isaías 46:10; Efesios 1:11; Hebreos 6:17; Romanos 9:15, 18; Santiago 1:13; 1 Juan 1:5; Hechos 4:27, 28; Juan 19:11; Números 23:19; Efesios 1:3-5).
34) Enseñamos que Dios, aunque conoce todo lo que puede o podría acontecer bajo todas las condiciones supuestas, no ha decretado nada porque lo previera como futuro, o como aquello que acontecería bajo tales condiciones (Hechos 15:18; Romanos 9:11, 13, 16, 18).
35) Enseñamos que por el decreto de Dios, para la manifestación de Su gloria, algunos hombres son predestinados, o preordinados, a la vida eterna por medio de Jesucristo, para alabanza de Su gloriosa gracia; otros son dejados para que actúen en su pecado hacia su justa condenación, para alabanza de su gloriosa justicia (1 Timoteo 5:21; Mateo 25:34; Efesios 1:5, 6; Romanos 9:22, 23; Judas 4). Los hombres así predestinados y preordinados están particular e inmutablemente señalados, y su número es tan cierto y definido que no puede ser ni aumentado ni disminuido (2 Timoteo 2:19; Juan 13:18).
36) Enseñamos que a aquellos de la humanidad que están predestinados a la vida, Dios, antes de que fuese puesto el fundamento del mundo, conforme a Su propósito eterno e inmutable y al consejo secreto y beneplácito de Su voluntad, los ha escogido en Cristo para la gloria eterna, por Su pura y libre gracia y amor, sin ninguna otra cosa en la criatura como condición o causa que le moviera a ello (Efesios 1:4, 9, 11; Romanos 8:30; 2 Timoteo 1:9; 1 Tesalonicenses 5:9; Romanos 9:13, 16; Efesios 2:5, 12).
37) Enseñamos que el primer hombre y la primera mujer (Adán y Eva) fueron creados directa e inmediatamente por Dios a Su imagen y semejanza. El hombre fue creado libre de pecado, con una naturaleza racional, inteligencia, volición, autodeterminación y responsabilidad moral ante Dios (Génesis 2:7, 15-25; Santiago 3:9).
38) Enseñamos que la intención de Dios en la creación del hombre era que el hombre glorificara a Dios, disfrutara de la comunión con Dios, viviera su vida en la voluntad de Dios y con ello cumpliera el propósito de Dios para el hombre en el mundo (Isaías 43:7; Colosenses 1:16; Apocalipsis 4:11).
39) Enseñamos que en el pecado de desobediencia de Adán a la voluntad y Palabra reveladas de Dios, el hombre perdió su inocencia, incurrió en la pena de la muerte espiritual y física, quedó sujeto a la ira de Dios y llegó a ser inherentemente corrupto y totalmente incapaz de escoger o hacer lo que es aceptable a Dios aparte de la gracia divina. Aunque los seres humanos no son tan malos como podrían ser y pueden hacer el bien desde una perspectiva humana, toda bondad aparente queda aun así por debajo de la norma de Dios. Sin poderes recuperativos que le permitan recobrarse a sí mismo, el hombre está irremediablemente perdido. La salvación del hombre es, por lo tanto, enteramente por la gracia de Dios mediante la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo y la regeneración del Espíritu Santo (Génesis 2:16-17; 3:1-19; Juan 3:1-8, 36; Romanos 3:23; 6:23; 14:23; 1 Corintios 2:14; Efesios 2:1-3; 1 Timoteo 2:13-14; Tito 3:5; Hebreos 11:6; 1 Juan 1:8).
40) Enseñamos que una naturaleza corrompida por el pecado de Adán ha sido transmitida a todos los hombres de todas las edades, siendo Jesucristo la única excepción. Todos los hombres son, por lo tanto, pecadores por naturaleza, por decisión propia y por declaración divina (Salmo 14:1-3; Jeremías 17:9; Romanos 3:9-18, 23; 5:10-12).
41) Enseñamos que, aunque el pecado distorsionó la imagen de Dios en los seres humanos, la vida humana sigue siendo preciosa y sagrada ante los ojos de Dios, comenzando en la concepción y extendiéndose hasta la muerte. Por lo tanto, enseñamos que el aborto y la eutanasia son pecaminosos (Génesis 9:5-6; Salmo 8; 139; Jeremías 1:5; Santiago 3:9).
42) Enseñamos que la salvación es enteramente de Dios, por gracia, sobre la base de la redención de Jesucristo, el mérito de Su sangre derramada, y no sobre la base del mérito o las obras del hombre (Juan 1:12; Efesios 1:7; 2:8-10; 1 Pedro 1:18-19).
43) Enseñamos que la elección es el acto de Dios por el cual, antes de la fundación del mundo, Él escogió en Cristo a aquellos a quienes en Su gracia regenera, salva y santifica (Romanos 8:28-30; Efesios 1:4-11; 2 Tesalonicenses 2:13; 2 Timoteo 2:10; 1 Pedro 1:1-2).
44) Enseñamos que la elección soberana no contradice ni anula la responsabilidad del hombre de arrepentirse y confiar en Cristo como Salvador y Señor (Ezequiel 18:23, 32; 33:11; Juan 3:18-19, 36; 5:40; Romanos 9:22-23; 2 Tesalonicenses 2:10-12; Apocalipsis 22:17). No obstante, puesto que la gracia soberana incluye los medios para recibir el don de la salvación así como el don mismo, la elección soberana resultará en lo que Dios determina. Todos los que el Padre llama a Sí mismo vendrán en fe, y a todos los que vienen en fe el Padre los recibirá (Juan 6:37-40, 44; Hechos 13:48; Santiago 4:8).
45) Enseñamos que el favor inmerecido que Dios concede a pecadores totalmente depravados no está relacionado con iniciativa alguna de su parte ni con la anticipación de Dios de lo que ellos pudieran hacer por su propia voluntad, sino que procede únicamente de Su soberana gracia y misericordia (Efesios 1:4-7; Tito 3:4-7; 1 Pedro 1:2). Enseñamos que la elección no debe considerarse como basada meramente en una soberanía abstracta. Dios es verdaderamente soberano, pero ejerce esta soberanía en armonía con Sus demás atributos, especialmente Su omnisciencia, justicia, santidad, sabiduría, gracia y amor (Romanos 9:11-16). Esta soberanía siempre exaltará la voluntad de Dios de una manera totalmente coherente con Su carácter tal como se revela en la vida de nuestro Señor Jesucristo (Mateo 11:25-28; 2 Timoteo 1:9).
46) Enseñamos que la expiación de los pecados del hombre es únicamente mediante la obra sacrificial de Jesús en la cruz. Para que el hombre fuera reconciliado con Dios, sus pecados tenían que ser expiados (el acto de expiar un crimen) mediante la obra propiciatoria de Cristo, quien tomó sobre Sí mismo la ira debida a todos los hombres como ofrenda sacrificial (Isaías 53:4-12; Juan 11:50-51; Romanos 5:8-11; 2 Corintios 5:18-19; Gálatas 1:4; Hebreos 9:22; 1 Pedro 1:11, 20; 1 Juan 2:2; 4:10).
47) Enseñamos que la regeneración es una obra sobrenatural del Espíritu Santo por la cual se otorgan la naturaleza divina y la vida divina (Juan 3:3-7; Tito 3:5). Es instantánea y se realiza únicamente por el poder del Espíritu Santo por medio de la Palabra de Dios (Juan 5:24), cuando el pecador arrepentido, capacitado por el Espíritu Santo, responde en fe a la provisión divina de la salvación. La regeneración genuina se manifiesta por frutos dignos de arrepentimiento, demostrados en actitudes y conducta justas. Las buenas obras son la evidencia y el fruto propios de la regeneración (1 Corintios 6:19-20; Efesios 2:10), y se experimentarán en la medida en que el creyente se someta al control del Espíritu Santo en su vida mediante la obediencia fiel a la Palabra de Dios (Efesios 5:17-21; Filipenses 2:12b; Colosenses 3:16; 2 Pedro 1:4-10). Esta obediencia hace que el creyente sea conformado cada vez más a la imagen de nuestro Señor Jesucristo (2 Corintios 3:18). Tal conformidad culmina en la glorificación del creyente en la venida de Cristo (Romanos 8:17; 2 Pedro 1:4; 1 Juan 3:2-3).
48) Enseñamos que, para ser salvos de la ira que justamente les corresponde, los hombres deben tener un cambio de corazón, o de disposición, en el cual la enemistad de su corazón contra Dios y Su ley y la obstinación de su voluntad son sometidas y sucedidas por un amor supremo a Dios y a Su gobierno moral y por la reforma de la vida. En este cambio de corazón es evidente que somos justificados por la fe en Jesús, no convertidos a causa de la absolución de nuestros pecados. El arrepentimiento es apartarse del pecado, la fe es volverse a Cristo. Sin el otro, ninguno de los dos es eficaz en la conversión de un alma de la rebelión contra Dios y la esclavitud al pecado al amor a Dios y la esclavitud a Cristo (Mateo 11:27; Marcos 1:15; Lucas 10:22; Hechos 3:19, 26; 26:20; Romanos 5:1; 12:3; Efesios 2:8; 6:23; Filipenses 1:29; 1 Corintios 12:9).
49) Enseñamos que la justificación delante de Dios es un acto de Dios (Romanos 8:33) por el cual Él declara justos a quienes, mediante la fe en Cristo, se arrepienten de sus pecados (Lucas 13:3; Hechos 2:38; 3:19; 11:18; Romanos 2:4; 2 Corintios 7:10; Isaías 55:6-7) y lo confiesan como Señor soberano (Romanos 10:9-10; 1 Corintios 12:3; 2 Corintios 4:5; Filipenses 2:11). Esta justicia es aparte de toda virtud u obra del hombre (Romanos 3:20; 4:6) e implica la imputación de nuestros pecados a Cristo (Colosenses 2:14; 1 Pedro 2:24) y la imputación de la justicia de Cristo a nosotros (1 Corintios 1:30; 2 Corintios 5:21). Por este medio Dios puede el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26).
50) Enseñamos que Dios toma a los que son justificados en Su favor y protección mediante la adopción como hijos y coherederos con Cristo (Juan 20:17; Romanos 8:15-23; 2 Corintios 6:18; Gálatas 3:7, 26; Efesios 1:10-11; Hebreos 2:11-12; Santiago 2:5). La justificación nos hace aceptables para la adopción, para ser regenerados y conformados a la imagen de Cristo. Entre los resultados buenos y necesarios de esta adopción se incluyen la sujeción a la disciplina de nuestro Padre (Proverbios 3:11-12; Hebreos 12:5-11), la santidad personal (2 Corintios 6:17-18), la semejanza a Cristo (Mateo 5:44-48; Efesios 5:1), la fe como de niño (Mateo 6:25-34), el deseo de la gloria de Dios (Mateo 5:16), un espíritu de oración (Mateo 7:7-11), el amor a la paz (Mateo 5:9), un espíritu perdonador (Mateo 6:14), un espíritu misericordioso (Lucas 6:35-36), un espíritu humilde (Mateo 6:1-6, 6:18), y nos da derecho a una herencia (Mateo 13:43; Gálatas 3:29, 4:7; Efesios 3:6).
51) Enseñamos que todo creyente es santificado (apartado) para Dios por la justificación y, por lo tanto, es declarado santo y por lo tanto es identificado como santo. Esta santificación es posicional e instantánea y no debe confundirse con la santificación progresiva. Esta santificación tiene que ver con la posición del creyente, no con su andar o condición presentes (Hechos 20:32; 1 Corintios 1:2, 30; 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 2:11; 3:1; 10:10, 14; 13:12; 1 Pedro 1:2).
52) Enseñamos que hay también, por la obra del Espíritu Santo, una santificación progresiva por la cual el estado del creyente es acercado a la posición de la que el creyente goza posicionalmente mediante la justificación. Mediante la obediencia a la Palabra de Dios y el poder del Espíritu Santo, el creyente puede vivir una vida de creciente santidad en conformidad con la voluntad de Dios, llegando a ser más y más semejante a nuestro Señor Jesucristo (Juan 17:17, 19; Romanos 6:1-22; 2 Corintios 3:18; 1 Tesalonicenses 4:3-4; 5:23). A este respecto, enseñamos que toda persona salva está envuelta en un conflicto diario: la nueva creación en Cristo batallando contra la carne; pero se ha hecho provisión adecuada para la victoria mediante el poder del Espíritu Santo que mora en el creyente. No obstante, la lucha permanece con el creyente durante toda esta vida terrenal y nunca termina por completo. Todas las pretensiones de erradicación del pecado en esta vida son contrarias a la Escritura. La erradicación del pecado no es posible, pero el Espíritu Santo sí provee lo necesario para la victoria sobre el pecado (Gálatas 5:16-25; Efesios 4:22-24; Filipenses 3:12; Colosenses 3:9-10; 1 Pedro 1:14-16; 1 Juan 3:5-9).
53) Enseñamos que todos los redimidos, una vez salvos, son guardados por el poder de Dios y están, por lo tanto, seguros en Cristo para siempre (Juan 5:24; 6:37-40; 10:27-30; Romanos 5:9-10; 8:1, 31-39; 1 Corintios 1:4-8; Efesios 4:30; Hebreos 7:25; 13:5; 1 Pedro 1:5; Judas 24).
54) Enseñamos que es privilegio de los creyentes regocijarse en la certeza de su salvación mediante el testimonio de la Palabra de Dios, la cual, sin embargo, prohíbe claramente el uso de la libertad cristiana como ocasión para una vida pecaminosa y carnal (Romanos 6:15-22; 13:13-14; Gálatas 5:13, 25-26; Tito 2:11-14).
55) Enseñamos que una vez que una persona verdaderamente llega a ser un cristiano nacido de nuevo, debe vivir para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31) y el bienestar de su prójimo (Mateo 22:39; Filipenses 2:1-8); que su conducta debe ser irreprensible delante del mundo y en la Iglesia (Filipenses 2:14-16; Mateo 5:16; Juan 14:15, 23-24); que debe ser un mayordomo fiel de sus posesiones; y que debe procurar alcanzar para sí mismo y para otros la madurez completa en Cristo Jesús (Colosenses 1:28; Romanos 12:1-2; Hebreos 12:1-2; 1 Juan 2:3-6; 2 Corintios 4:2; Colosenses 1:9-10; Efesios 4:1-2).
56) Enseñamos que la separación del pecado es claramente exigida a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento, y que las Escrituras indican claramente que en los últimos días la apostasía y la mundanalidad aumentarán (2 Corintios 6:14-7:1; 2 Timoteo 3:1-5).
57) Enseñamos que, por profunda gratitud por la gracia inmerecida de Dios que nos ha sido concedida, y porque nuestro glorioso Dios es tan digno de nuestra consagración total, todos los salvos deben vivir de tal manera que demuestren nuestro amor de adoración a Dios y no traigan oprobio sobre nuestro Señor y Salvador. Enseñamos también que Dios nos manda la separación de toda apostasía religiosa y de las prácticas mundanas y pecaminosas (Romanos 12:1-2, 1 Corintios 5:9-13; 2 Corintios 6:14-7:1; 1 Juan 2:15-17; 2 Juan 9-11).
58) Enseñamos que los creyentes deben estar separados para nuestro Señor Jesucristo (2 Tesalonicenses 1:11-12; Hebreos 12:1-2) y afirmamos que la vida cristiana es una vida de justicia obediente que refleja la enseñanza de las Bienaventuranzas (Mateo 5:2-12) y una búsqueda continua de la santidad (Romanos 12:1-2; 2 Corintios 7:1; Hebreos 12:14; Tito 2:11-14; 1 Juan 3:1-10).
59) Enseñamos que los fieles en Cristo serán eternamente exaltados a un lugar de honor y dignidad como herederos de las promesas del reino de los cielos, para adorar y servir a Dios eternamente como lo proclama la Escritura (1 Samuel 2:8; Romanos 8:30; Colosenses 3:4; 1 Pedro 5:10; 2 Tesalonicenses 2:14).
60) Enseñamos que todos los que ponen su fe en Jesucristo son colocados inmediatamente por el Espíritu Santo en un solo Cuerpo espiritual unido, la iglesia (1 Corintios 12:12-13), la esposa de Cristo (2 Corintios 11:2; Efesios 5:23-32; Apocalipsis 19:7-8), de la cual Cristo es la Cabeza (Efesios 1:22; 4:15; Colosenses 1:18).
61) Enseñamos que la formación de la iglesia, el Cuerpo de Cristo, comenzó el día de Pentecostés (Hechos 2:1-21, 38-47) y será completada en la segunda venida de Cristo (1 Corintios 15:51-52; 1 Tesalonicenses 4:13-18).
62) Enseñamos que la iglesia es, por tanto, un organismo espiritual único diseñado por Cristo, compuesto de todos los creyentes nacidos de nuevo en esta era presente (Efesios 2:11-3:6). La iglesia es distinta de Israel (1 Corintios 10:32), un misterio no revelado sino hasta esta era (Efesios 3:1-6; 5:32).
63) Enseñamos que el establecimiento y la continuidad de las iglesias locales están claramente enseñados y definidos en las Escrituras del Nuevo Testamento (Hechos 14:23, 27; 20:17, 28; Gálatas 1:2; Filipenses 1:1; 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:1) y que los miembros del único Cuerpo espiritual se les instruye a congregarse en asambleas locales (1 Corintios 11:18-20; Hebreos 10:25).
64) Enseñamos que la única autoridad suprema para la iglesia es Cristo (1 Corintios 11:3; Efesios 1:22; Colosenses 1:18) y que el liderazgo, los dones, el orden, la disciplina y la adoración de la iglesia son todos designados por medio de Su soberanía según se encuentra en las Escrituras. Los oficiales bíblicamente designados que sirven bajo Cristo y sobre la asamblea son los ancianos (también llamados obispos, pastores y supervisores; Hechos 20:28; Efesios 4:11) y los diáconos, y ambos deben cumplir los requisitos bíblicos (1 Timoteo 3:1-13; Tito 1:5-9; 1 Pedro 5:1-5). En estos requisitos es evidente que el oficio de anciano está, por mandato bíblico, restringido solamente a los hombres, mientras que tanto hombres como mujeres pueden servir como diáconos (Efesios 4:11; 1 Timoteo 2:11-15; 5:17; Hebreos 13:7; Santiago 3:1; 2 Pedro 1:12-13).
65) Enseñamos que estos líderes dirigen o gobiernan como siervos de Cristo (1 Timoteo 5:17-22) y tienen Su autoridad para dirigir la iglesia. La congregación debe someterse a su liderazgo (Hebreos 13:7, 17).
66) Enseñamos la importancia del discipulado (Mateo 28:19-20; 2 Timoteo 2:2), la rendición mutua de cuentas de todos los creyentes entre sí (Mateo 18:5-14), así como la necesidad de la disciplina de los miembros de la congregación que pecan, conforme a las normas de la Escritura (Mateo 18:15-22; Hechos 5:1-11; 1 Corintios 5:1-13; Gálatas 6:1-5; 2 Tesalonicenses 3:6-15; 1 Timoteo 1:19-20; Tito 1:10-16).
67) Enseñamos la autonomía de la iglesia local, libre de toda autoridad o control externo, con el derecho de gobernarse a sí misma y libre de la interferencia de cualquier jerarquía de individuos u organizaciones (Tito 1:5).
68) Enseñamos que es bíblico que las iglesias verdaderas cooperen entre sí para la presentación y propagación de la fe. Sin embargo, cada iglesia local, por medio de sus ancianos y de su interpretación y aplicación de la Escritura, debe ser el único juez de la medida y el método de su cooperación. Los ancianos también deben determinar todos los demás asuntos de membresía, normas, disciplina, beneficencia y gobierno (Hechos 15:19-31; 20:28; 1 Corintios 5:4-7, 13; 1 Pedro 5:1-4).
69) Enseñamos que el propósito de la iglesia es glorificar a Dios (Efesios 3:21) edificándose a sí misma en la fe (Efesios 4:13-16), por la instrucción de la Palabra (2 Timoteo 2:2, 15; 3:16-17), por la comunión (Hechos 2:47; 1 Juan 1:3), por la observancia de las ordenanzas (Lucas 22:19; Hechos 2:38-42) y por el avance y la comunicación del evangelio a todo el mundo (Mateo 28:19; Hechos 1:8; 2:42).
70) Enseñamos el llamamiento de todos los santos a la obra del servicio (1 Corintios 15:58; Efesios 4:12; Apocalipsis 22:12).
71) Enseñamos la necesidad de que la iglesia coopere con Dios mientras Él cumple Su propósito en el mundo. Con ese fin, Él da a la iglesia dones espirituales. Él da oficios con el propósito de equipar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:7-12), y equipa a cada miembro de Su cuerpo individualmente con el propósito de la edificación del cuerpo como un todo (Romanos 12:5-8; 1 Corintios 12:4-31; 1 Pedro 4:10-11).
72) Enseñamos que los dones milagrosos fueron dados en la era apostólica con el propósito de confirmar la autenticidad del mensaje de los apóstoles (Hebreos 2:3-4; 2 Corintios 12:12). Aunque no practicamos estos dones, reconocemos que Dios puede obrar milagrosamente a fin de hacer avanzar la obra del Evangelio entre aquellos que no tienen testimonio del Evangelio.
73) Con la revelación del Nuevo Testamento ahora completa, la Escritura se convierte en la única prueba de la autenticidad del mensaje de un hombre, y los dones confirmatorios de naturaleza milagrosa ya no son necesarios para validar a un hombre ni su mensaje (1 Corintios 13:8-12). Los dones milagrosos incluso pueden ser falsificados por Satanás a fin de engañar aun a los creyentes (1 Corintios 13:13-14:12; Apocalipsis 13:13-14).
74) Enseñamos que nadie posee el don de sanidad hoy, pero que Dios sí oye y responde la oración de fe, y responderá conforme a Su propia voluntad perfecta para los enfermos, los que sufren y los afligidos (Lucas 18:1-6; Juan 5:7-9; 2 Corintios 12:6-10; Santiago 5:13-16; 1 Juan 5:14-15).
75) Enseñamos que dos ordenanzas han sido encomendadas a la iglesia local: el bautismo y la Cena del Señor (Hechos 2:38-42). Aquellos que verdaderamente profesan arrepentimiento para con Dios, fe en nuestro Señor Jesucristo y obediencia a Él, son los únicos sujetos apropiados de estas ordenanzas (Marcos 16:16; Hechos 2:41; 8:12, 36, 37; 18:8). El bautismo cristiano por inmersión (Hechos 8:36-39) es el testimonio solemne y hermoso de un creyente que manifiesta su fe en el Salvador crucificado, sepultado y resucitado, y su unión con Él en la muerte al pecado y la resurrección a una vida nueva (Romanos 6:1-11). Es también una señal de comunión e identificación con el Cuerpo visible de Cristo (Hechos 2:41-42).
76) Enseñamos que la Cena del Señor es la conmemoración y proclamación de Su muerte hasta que Él venga, y siempre debe ser precedida por un solemne examen de sí mismo (1 Corintios 11:28-32). Enseñamos también que, si bien los elementos de la Comunión son solamente representativos de la carne y la sangre de Cristo, la participación en la Cena del Señor es, no obstante, una comunión real con el Cristo resucitado, quien mora en cada creyente, y así está presente, teniendo comunión con Su pueblo (1 Corintios 10:16).
77) Enseñamos que los ángeles son seres creados y, por tanto, no deben ser adorados. Aunque son un orden de creación superior al hombre, fueron creados como consiervos con el hombre y para adorar a Dios (Lucas 2:9-14; Hebreos 1:6-7, 14; 2:6-7; Apocalipsis 5:11-14; 19:10; 22:9).
78) Enseñamos que Satanás es un ángel creado. Incurrió en el juicio de Dios al rebelarse contra su Creador (Isaías 14:12-17; Ezequiel 28:11-19), al arrastrar consigo a numerosos ángeles en su caída (Mateo 25:41; Apocalipsis 12:1-14) y al introducir el pecado en la raza humana mediante su tentación de Eva (Génesis 3:1-15).
79) Enseñamos que Satanás es el enemigo abierto y declarado de Dios y del hombre (Isaías 14:13-14; Mateo 4:1-11; Apocalipsis 12:9-10); que es el príncipe de este mundo, que ha sido derrotado por medio de la muerte y resurrección de Jesucristo (Romanos 16:20); y que será castigado eternamente en el lago de fuego (Isaías 14:12-17; Ezequiel 28:11-19; Mateo 25:41; Apocalipsis 20:10).
80) Enseñamos que la muerte física no implica pérdida alguna de nuestra conciencia inmaterial (Apocalipsis 6:9-11), que el alma de los redimidos pasa inmediatamente a la presencia de Cristo (Lucas 23:43; Filipenses 1:23; 2 Corintios 5:8), que hay una separación del alma y el cuerpo (Filipenses 1:21-24) y que, para los redimidos, tal separación continuará hasta el arrebatamiento (1 Tesalonicenses 4:13-17), el cual inicia la primera resurrección (Apocalipsis 20:4-6), cuando nuestra alma y nuestro cuerpo serán reunidos para ser glorificados para siempre con nuestro Señor (Filipenses 3:21; 1 Corintios 15:35-44, 50-54). Hasta ese momento, las almas de los redimidos en Cristo permanecen en gozosa comunión con nuestro Señor Jesucristo (2 Corintios 5:8).
81) Enseñamos la resurrección corporal de todos los hombres, los salvos a vida eterna (Juan 6:39; Romanos 8:10-11, 19-23; 2 Corintios 4:14) y los no salvos a juicio y castigo eterno (Daniel 12:2; Juan 5:29; Apocalipsis 20:13-15).
82) Enseñamos que las almas de los no salvos son mantenidas, al morir, bajo castigo hasta la segunda resurrección (Lucas 16:19-26; Apocalipsis 20:13-15), cuando el alma y el cuerpo de resurrección serán unidos (Juan 5:28-29). Entonces comparecerán en el Juicio del Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11-15) y serán lanzados al infierno, el lago de fuego (Mateo 25:41-46), separados de la vida de Dios para soportar Su ira para siempre (Daniel 12:2; Mateo 25:41-46; 2 Tesalonicenses 1:7-9).
83) Enseñamos que nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 4:16; Tito 2:13) trasladará a Su iglesia de esta tierra (Juan 14:1-3; 1 Corintios 15:51-53; 1 Tesalonicenses 4:15-5:11) para recompensar a los creyentes conforme a sus obras (1 Corintios 3:11-15; 2 Corintios 5:10).
84) Enseñamos que, después de un período de tribulación, Cristo vendrá a la tierra para ocupar el trono de David (Mateo 25:31; Lucas 1:31-33; Hechos 1:10-11; 2:29-30) y establecer Su reino mesiánico por 1,000 años en la tierra (Apocalipsis 20:1-7). Durante este tiempo los santos resucitados reinarán con Él sobre Israel y sobre todas las naciones de la tierra (Ezequiel 37:21-28; Daniel 7:17-22; Apocalipsis 19:11-16). Este reinado será precedido por el derrocamiento del Anticristo y del Falso Profeta, y por la remoción de Satanás del mundo (Daniel 7:17-27; Apocalipsis 20:1-7).
85) Enseñamos que el reino mismo será el cumplimiento de la promesa de Dios a Israel (Isaías 65:17-25; Ezequiel 37:21-28; Zacarías 8:1-17) de restaurarlos a la tierra que perdieron por su desobediencia (Deuteronomio 28:15-68). El resultado de su desobediencia fue que Israel fue apartado por un tiempo temporalmente (Mateo 21:43; Romanos 11:1-26), pero será despertado de nuevo mediante el arrepentimiento para entrar en la tierra de bendición (Jeremías 31:31-34; Ezequiel 36:22-32; Romanos 11:25-29).
86) Enseñamos que este tiempo del reinado de nuestro Señor se caracterizará por la armonía, la equidad, la paz, la justicia y la larga vida (Isaías 11; 65:17-25; Ezequiel 36:33-38), y llegará a su fin con la liberación de Satanás (Apocalipsis 20:7).
87) Enseñamos que después de la liberación de Satanás tras el reinado de 1,000 años de Cristo (Apocalipsis 20:7), Satanás engañará a las naciones de la tierra y las reunirá para batallar contra los santos y la ciudad amada, momento en el cual Satanás y su ejército serán devorados por fuego del cielo (Apocalipsis 20:9). Después de esto, Satanás será lanzado al lago de fuego y azufre (Mateo 25:41; Apocalipsis 20:10), tras lo cual Cristo, quien es el Juez de todos los hombres (Juan 5:22), resucitará y juzgará a grandes y pequeños en el Juicio del Gran Trono Blanco. Enseñamos que esta resurrección de los muertos no salvos para juicio será una resurrección física, y que, al recibir su juicio (Romanos 14:10-13), serán entregados a un castigo eterno y consciente en el lago de fuego (Mateo 25:41; Apocalipsis 20:11-15).
88) Enseñamos que después del cierre del milenio, la liberación temporal de Satanás y el juicio de los incrédulos (2 Tesalonicenses 1:9; Apocalipsis 20:7-15), los salvos entrarán en el estado eterno de gloria con Dios, después de lo cual los elementos de esta tierra serán disueltos (2 Pedro 3:10) y reemplazados con una tierra nueva, en la cual solamente mora la justicia (Efesios 5:5; Apocalipsis 20:15; 21:1-27; 22:1-21). Después de esto, la ciudad celestial descenderá del cielo (Apocalipsis 21:2) y será la morada de los santos, donde gozarán para siempre de la comunión con Dios y unos con otros (Juan 17:3; Apocalipsis 21-22).
89) Nuestro Señor Jesucristo, habiendo cumplido Su misión redentora, entregará entonces el reino a Dios el Padre (1 Corintios 15:24-28), para que en todas las esferas el Dios trino reine por los siglos de los siglos (1 Corintios 15:28).
90) Ser cristiano es más que identificarse con una religión particular o afirmar cierto sistema de valores. Ser cristiano significa que usted ha abrazado lo que la Biblia dice acerca de Dios, la humanidad y la salvación. Considere las siguientes verdades que se encuentran en la Escritura.
91) El pensamiento contemporáneo dice que el hombre es producto de la evolución. Pero la Biblia dice que fuimos creados por un Dios personal para amarlo, servirlo y disfrutar de comunión sin fin con Él (Génesis 1:1; Salmo 24:1).
92) El Nuevo Testamento revela que fue Jesús mismo quien creó todas las cosas (Juan 1:3; Colosenses 1:16). Por lo tanto, Él también es dueño de todo y gobierna sobre todo (Salmo 103:19). Eso significa que Él tiene autoridad sobre nuestras vidas y le debemos lealtad, obediencia y adoración absolutas.
93) Dios es absoluta y perfectamente santo (Isaías 6:3), por lo tanto no puede cometer el mal ni aprobarlo (Santiago 1:13). Dios también requiere santidad de nosotros. 1 Pedro 1:16 dice: Sed santos, porque yo soy santo.
94) Según la Escritura, todos son culpables de pecado: no hay hombre que no peque (1 Reyes 8:46; Romanos 3:10, 23; Santiago 2:10). Eso no significa que seamos incapaces de realizar actos de bondad humana. Pero somos totalmente incapaces de entender, amar o agradar a Dios por nosotros mismos (Romanos 3:10-12).
95) La santidad y la justicia de Dios exigen que todo pecado sea castigado con la muerte (Ezequiel 18:4; Romanos 6:23). Por eso el simple cambio de nuestros patrones de conducta no puede resolver nuestro problema del pecado ni eliminar sus consecuencias (Tito 3:5).
96) El Nuevo Testamento revela que Dios se hizo hombre sin pecado (Juan 10:30; Hebreos 4:15). Fue Jesús mismo quien creó todas las cosas (Colosenses 1:16). Por lo tanto, Él es dueño de todo y gobierna sobre todo (Salmo 103:19). Eso significa que Él tiene autoridad sobre nuestras vidas y le debemos lealtad, obediencia y adoración absolutas. Romanos 10:9 dice: Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.. Aunque la justicia de Dios exige la muerte por el pecado, Su amor ha provisto un Salvador que pagó la pena y murió por los pecadores (1 Pedro 3:18). La muerte de Cristo satisfizo las demandas de la justicia de Dios y la vida perfecta de Cristo satisfizo las demandas de la santidad de Dios (2 Corintios 5:21), capacitándolo así para perdonar y salvar a los que ponen su fe en Él (Romanos 3:26).
97) La verdadera fe siempre va acompañada del arrepentimiento del pecado. El arrepentimiento es estar de acuerdo con Dios en que usted es pecador, confesarle sus pecados a Él y tomar la decisión consciente de apartarse del pecado (Isaías 55:7; Lucas 9:23; 13:3, 5; 1 Tesalonicenses 1:9) y de buscar a Cristo (Mateo 11:28-30; Juan 17:3; Romanos 10:9-10) y de obedecerle (Hechos 17:30; 1 Juan 2:3). No basta con creer ciertos hechos acerca de Cristo.
98) Aun Satanás y sus demonios creen en el Dios verdadero (Santiago 2:19), pero no lo aman ni lo obedecen. La verdadera fe salvadora siempre responde con obediencia (Efesios 2:10).