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La Confesión Bautista de Londres de 1689

1689 · Reformed Baptist

The Second London Baptist Confession of Faith was written in 1677 and formally published in 1689 after the Act of Toleration. It closely follows the Westminster Confession of Faith (1646) and the Savoy Declaration (1658), modified to reflect Baptist convictions on baptism, church polity, and religious liberty. It remains the most widely used confession among Reformed Baptist churches worldwide.

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La Confesión Bautista de Londres de 1689

Publicada por los ancianos y hermanos de muchas congregaciones de cristianos (bautizados sobre la profesión de su fe) en Londres y en el país. Adoptada por los ministros y mensajeros de la Asamblea General que se reunió en Londres en 1689.

Capítulo 1. De las Santas Escrituras

  1. La Santa Escritura es la única regla suficiente, cierta e infalible de todo conocimiento salvador, fe y obediencia (2 Timoteo 3:15-17; Isaías 8:20; Lucas 16:29, 31; Efesios 2:20), aunque la luz de la naturaleza y las obras de la creación y de la providencia manifiestan de tal manera la bondad, la sabiduría y el poder de Dios, que dejan a los hombres sin excusa; sin embargo, no son suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación (Romanos 1:19-21, 2:14-15; Salmo 19:1-3). Por tanto, agradó al Señor en diversos tiempos y de diversas maneras revelarse a sí mismo y declarar esa su voluntad a su iglesia (Hebreos 1:1); y después, para la mejor preservación y propagación de la verdad, y para el más seguro establecimiento y consuelo de la iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, encomendar la misma enteramente por escrito; lo cual hace que las Santas Escrituras sean sumamente necesarias, habiendo cesado ya aquellas maneras anteriores en que Dios revelaba su voluntad a su pueblo (Proverbios 22:19-21; Romanos 15:4; 2 Pedro 1:19-20).

  2. Bajo el nombre de Santa Escritura, o Palabra de Dios escrita, están ahora contenidos todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, que son estos: el Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes, 2 Reyes, 1 Crónicas, 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantares, Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, Malaquías; el Nuevo Testamento: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Hechos, Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 Tesalonicenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos, Santiago, 1 Pedro, 2 Pedro, 1 Juan, 2 Juan, 3 Juan, Judas, Apocalipsis. Todos los cuales son dados por inspiración de Dios, para ser la regla de fe y de vida (2 Timoteo 3:16).

  3. Los libros comúnmente llamados Apócrifos, al no ser de inspiración divina, no son parte del canon o regla de la Escritura, y por tanto no son de ninguna autoridad para la iglesia de Dios, ni han de ser aprobados ni usados de otra manera que los demás escritos humanos (Lucas 24:27, 44; Romanos 3:2).

  4. La autoridad de la Santa Escritura, por la cual debe ser creída, no depende del testimonio de ningún hombre ni de ninguna iglesia, sino enteramente de Dios (quien es la verdad misma), su autor; por tanto, ha de ser recibida porque es la Palabra de Dios (2 Pedro 1:19-21; 2 Timoteo 3:16; 1 Tesalonicenses 2:13; 1 Juan 5:9).

  5. Podemos ser movidos e inducidos por el testimonio de la iglesia de Dios a una alta y reverente estima de las Santas Escrituras; y el carácter celestial de su contenido, la eficacia de su doctrina, la majestad de su estilo, la concordancia de todas sus partes, el fin del conjunto (que es dar toda la gloria a Dios), el pleno descubrimiento que hace del único camino de salvación del hombre, y muchas otras excelencias incomparables y perfecciones enteras de la misma, son argumentos por los cuales ella evidencia abundantemente que es la Palabra de Dios; sin embargo, no obstante, nuestra plena persuasión y seguridad de la verdad infalible y de la autoridad divina de ella procede de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por medio de la Palabra y con ella en nuestros corazones (Juan 16:13-14; 1 Corintios 2:10-12; 1 Juan 2:20, 27).

  6. Todo el consejo de Dios acerca de todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida, está o expresamente expuesto o necesariamente contenido en la Santa Escritura; a la cual nada ha de añadirse en ningún tiempo, ni por nuevas revelaciones del Espíritu ni por tradiciones de los hombres (2 Timoteo 3:15-17; Gálatas 1:8-9). Sin embargo, reconocemos que la iluminación interior del Espíritu de Dios es necesaria para el entendimiento salvador de tales cosas como son reveladas en la Palabra (Juan 6:45; 1 Corintios 2:9-12); y que hay algunas circunstancias acerca del culto de Dios y del gobierno de la iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de ordenarse por la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, según las reglas generales de la Palabra, que siempre han de observarse (1 Corintios 11:13-14; 1 Corintios 14:26, 40).

  7. No todas las cosas en la Escritura son igualmente claras en sí mismas, ni igualmente claras para todos (2 Pedro 3:16); sin embargo, aquellas cosas que son necesarias conocer, creer y observar para la salvación, están tan claramente propuestas y expuestas en uno u otro lugar de la Escritura, que no solo los doctos, sino también los indoctos, en el debido uso de los medios ordinarios, pueden alcanzar un entendimiento suficiente de ellas (Salmo 19:7; Salmo 119:130).

  8. El Antiguo Testamento en hebreo (que era la lengua materna del pueblo de Dios en la antigüedad) (Romanos 3:2), y el Nuevo Testamento en griego (que en el tiempo en que fue escrito era el más generalmente conocido por las naciones), siendo inmediatamente inspirados por Dios, y por su singular cuidado y providencia guardados puros en todas las edades, son por tanto auténticos; de modo que en todas las controversias de religión, la iglesia ha de apelar finalmente a ellos (Isaías 8:20). Pero como estas lenguas originales no son conocidas por todo el pueblo de Dios, que tiene derecho a las Escrituras e interés en ellas, y a quienes se les manda, en el temor de Dios, leerlas (Hechos 15:15) y escudriñarlas (Juan 5:39), por tanto han de ser traducidas a la lengua vulgar de cada nación a la cual llegan (1 Corintios 14:6, 9, 11-12, 24, 28), para que, morando abundantemente la Palabra de Dios en todos, le adoren de una manera aceptable (Colosenses 3:16), y por la paciencia y el consuelo de las Escrituras tengan esperanza (Romanos 15:4).

  9. La regla infalible de interpretación de la Escritura es la Escritura misma; y por tanto, cuando hay una cuestión acerca del verdadero y pleno sentido de cualquier Escritura (que no es múltiple, sino uno), ha de escudriñarse por otros lugares que hablan más claramente (2 Pedro 1:20-21; Hechos 15:15-16).

  10. El juez supremo, por el cual han de determinarse todas las controversias de religión, y examinarse todos los decretos de concilios, opiniones de escritores antiguos, doctrinas de los hombres y espíritus privados, y en cuya sentencia hemos de descansar, no puede ser otro sino la Santa Escritura entregada por el Espíritu, en la cual Escritura así entregada nuestra fe queda finalmente resuelta (Mateo 22:29, 31-32; Efesios 2:20; Hechos 28:23).

Capítulo 2. De Dios y de la Santísima Trinidad

  1. El Señor nuestro Dios es un solo Dios vivo y verdadero (1 Corintios 8:4, 6; Deuteronomio 6:4); cuya subsistencia está en sí mismo y proviene de sí mismo (Jeremías 10:10; Isaías 48:12), infinito en ser y perfección; cuya esencia no puede ser comprendida por nadie sino por él mismo (Deuteronomio 33:27; Job 11:7-9; Job 26:14); un espíritu purísimo (Juan 4:24), invisible, sin cuerpo, partes ni pasiones (Deuteronomio 4:15-16), quien solo tiene inmortalidad, morando en la luz a la cual ningún hombre puede acercarse (1 Timoteo 6:16); quien es inmutable (Malaquías 3:6; Santiago 1:17), inmenso (1 Reyes 8:27; Jeremías 23:23-24), eterno (Salmo 90:2), incomprensible, todopoderoso (Génesis 17:1), infinito en todo sentido, santísimo (Isaías 6:3), sapientísimo, libérrimo, absolutísimo; que obra todas las cosas según el consejo de su propia voluntad inmutable y justísima (Isaías 46:10), para su propia gloria (Proverbios 16:4; Romanos 11:36); amorosísimo, benigno, misericordioso, longánimo, abundante en bondad y verdad, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado; galardonador de los que diligentemente le buscan (Éxodo 34:6-7; Hebreos 11:6); y además justísimo y terrible en sus juicios (Nehemías 9:32-33), que aborrece todo pecado (Salmo 5:5-6), y que de ningún modo tendrá por inocente al culpable (Éxodo 34:7; Nahúm 1:2-3).

  2. Dios, teniendo toda vida (Juan 5:26), gloria (Salmo 148:13), bondad (Salmo 119:68) y bienaventuranza en sí mismo y de sí mismo, es el único todo-suficiente en sí y para sí, no teniendo necesidad de ninguna criatura que ha hecho (Job 22:2-3), ni derivando gloria alguna de ellas (Hechos 17:24-25), sino manifestando su propia gloria solamente en ellas, por ellas, hacia ellas y sobre ellas; él es la única fuente de todo ser, de quien, por quien y para quien son todas las cosas (Romanos 11:36), y tiene soberanísimo dominio sobre todas las criaturas, para hacer por medio de ellas, para ellas o sobre ellas todo lo que a él mismo le agrada (Daniel 4:25, 34-35); ante su vista todas las cosas están abiertas y manifiestas (Hebreos 4:13), su conocimiento es infinito, infalible e independiente de la criatura (Ezequiel 11:5; Hechos 15:18), de modo que nada es para él contingente o incierto (Salmo 147:5). Él es santísimo en todos sus consejos, en todas sus obras y en todos sus mandamientos (Salmo 145:17); a él se debe, de parte de los ángeles y de los hombres, todo culto, servicio u obediencia que, como criaturas, deben al Creador, y todo lo demás que a él le plazca requerir de ellos (Apocalipsis 5:12-14).

  3. En este Ser divino e infinito hay tres personas, el Padre, el Verbo o Hijo, y el Espíritu Santo (1 Juan 5:7; Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14), de una sustancia, poder y eternidad, teniendo cada una la esencia divina entera, y sin embargo la esencia indivisa (Éxodo 3:14; Juan 14:11; 1 Corintios 8:6): el Padre no es de ninguno, ni engendrado ni procedente; el Hijo es eternamente engendrado del Padre (Juan 1:14, 18); el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (Juan 15:26; Gálatas 4:6); todos infinitos, sin principio, por tanto un solo Dios, que no ha de ser dividido en naturaleza y ser, sino distinguido por varias propiedades relativas peculiares y relaciones personales; la cual doctrina de la Trinidad es el fundamento de toda nuestra comunión con Dios y de nuestra confortante dependencia de él.

Capítulo 3. Del decreto de Dios

  1. Dios ha decretado en sí mismo, desde toda la eternidad, por el sapientísimo y santísimo consejo de su propia voluntad, libre e inmutablemente, todo cuanto acontece (Isaías 46:10; Efesios 1:11; Hebreos 6:17; Romanos 9:15, 18); sin embargo, de tal manera que por ello Dios no es autor del pecado (Santiago 1:13; 1 Juan 1:5), ni tiene comunión con nadie en él; ni se hace violencia a la voluntad de la criatura, ni tampoco se quita la libertad o contingencia de las causas segundas, sino más bien se establece (Hechos 4:27-28; Juan 19:11); en lo cual se manifiesta su sabiduría al disponer todas las cosas, y su poder y fidelidad al cumplir su decreto (Números 23:19; Efesios 1:3-5).

  2. Aunque Dios sabe todo cuanto puede o pudiera acontecer bajo todas las condiciones supuestas (Hechos 15:18), sin embargo no ha decretado cosa alguna porque la previera como futura, o como aquello que había de acontecer bajo tales condiciones (Romanos 9:11, 13, 16, 18).

  3. Por el decreto de Dios, para la manifestación de su gloria, algunos hombres y ángeles son predestinados, o preordenados, para vida eterna por medio de Jesucristo (1 Timoteo 5:21; Mateo 25:34), para alabanza de su gloriosa gracia (Efesios 1:5-6); quedando otros dejados a actuar en su pecado para su justa condenación, para alabanza de su gloriosa justicia (Romanos 9:22-23; Judas 1:4).

  4. Estos ángeles y hombres así predestinados y preordenados son particular e inmutablemente designados; y su número es tan cierto y definido, que no puede ser aumentado ni disminuido (2 Timoteo 2:19; Juan 13:18).

  5. A aquellos del género humano que son predestinados para vida, Dios, antes de que fuese puesto el fundamento del mundo, según su propósito eterno e inmutable, y el consejo secreto y beneplácito de su voluntad, los ha escogido en Cristo para gloria eterna (Efesios 1:4, 9, 11; Romanos 8:30; 2 Timoteo 1:9; 1 Tesalonicenses 5:9), por su mera gracia libre y amor, sin ninguna otra cosa en la criatura como condición o causa que le moviese a ello (Romanos 9:13, 16; Efesios 2:5, 12).

  6. Así como Dios ha destinado a los elegidos para la gloria, así también, por el propósito eterno y libérrimo de su voluntad, ha preordenado todos los medios para ello (1 Pedro 1:2; 2 Tesalonicenses 2:13); por lo cual los que son elegidos, habiendo caído en Adán, son redimidos por Cristo (1 Tesalonicenses 5:9-10), son eficazmente llamados a la fe en Cristo por su Espíritu que obra a su debido tiempo, son justificados, adoptados, santificados (Romanos 8:30; 2 Tesalonicenses 2:13), y guardados por su poder mediante la fe para salvación (1 Pedro 1:5); ni ningún otro es redimido por Cristo, ni eficazmente llamado, justificado, adoptado, santificado y salvado, sino solamente los elegidos (Juan 10:26, 17:9, 6:64).

  7. La doctrina de este alto misterio de la predestinación ha de tratarse con especial prudencia y cuidado, para que los hombres, atendiendo a la voluntad de Dios revelada en su Palabra, y prestando obediencia a ella, puedan, por la certeza de su vocación eficaz, estar seguros de su elección eterna (1 Tesalonicenses 1:4-5; 2 Pedro 1:10); así esta doctrina proporcionará materia de alabanza (Efesios 1:6; Romanos 11:33), reverencia y admiración de Dios, y de humildad (Romanos 11:5-6, 20), diligencia y abundante consolación a todos los que sinceramente obedecen el evangelio (Lucas 10:20).

Capítulo 4. De la creación

  1. En el principio agradó a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo (Juan 1:2-3; Hebreos 1:2; Job 26:13), para la manifestación de la gloria de su eterno poder, sabiduría y bondad (Romanos 1:20), crear o hacer el mundo, y todas las cosas en él, tanto visibles como invisibles, en el espacio de seis días, y todas muy buenas (Colosenses 1:16; Génesis 1:31).

  2. Después de que Dios hubo hecho todas las demás criaturas, creó al hombre, varón y hembra (Génesis 1:27), con almas racionales e inmortales (Génesis 2:7), haciéndolos aptos para aquella vida para Dios para la cual fueron creados; siendo hechos a imagen de Dios, en conocimiento, justicia y verdadera santidad (Eclesiastés 7:29; Génesis 1:26); teniendo la ley de Dios escrita en sus corazones (Romanos 2:14-15), y poder para cumplirla, y sin embargo bajo la posibilidad de transgredirla, quedando dejados a la libertad de su propia voluntad, que estaba sujeta a cambio (Génesis 3:6).

  3. Además de la ley escrita en sus corazones, recibieron un mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:17; Génesis 3:8-11, 23), el cual, mientras lo guardaron, fueron felices en su comunión con Dios y tuvieron dominio sobre las criaturas.

Capítulo 5. De la divina providencia

  1. Dios, el buen Creador de todas las cosas, en su infinito poder y sabiduría sostiene, dirige, dispone y gobierna todas las criaturas y cosas (Hebreos 1:3; Job 38:11; Isaías 46:10-11; Salmo 135:6), desde la mayor hasta la menor (Mateo 10:29-31), por su sapientísima y santísima providencia, para el fin para el cual fueron creadas (Proverbios 16:4), según su presciencia infalible, y el libre e inmutable consejo de su propia voluntad; para alabanza de la gloria de su sabiduría, poder, justicia, infinita bondad y misericordia (Efesios 1:11).

  2. Aunque en relación con la presciencia y el decreto de Dios, la causa primera, todas las cosas acontecen inmutable e infaliblemente (Hechos 2:23); de modo que no hay nada que le suceda a nadie por azar, o sin su providencia (Proverbios 16:33); sin embargo, por la misma providencia las ordena a que sucedan según la naturaleza de las causas segundas, ya sea necesaria, libre o contingentemente (Génesis 8:22).

  3. Dios, en su providencia ordinaria, hace uso de medios (Hechos 27:31, 44; Isaías 55:10-11), pero es libre para obrar sin ellos (Oseas 1:7), por encima de ellos (Romanos 4:19-21) y contra ellos según su beneplácito (Daniel 3:27).

  4. El poder todopoderoso, la insondable sabiduría y la infinita bondad de Dios se manifiestan de tal manera en su providencia, que su consejo determinado se extiende aun hasta la primera caída, y todas las demás acciones pecaminosas tanto de los ángeles como de los hombres (Romanos 11:32-34; 2 Samuel 24:1; 1 Crónicas 21:1); y esto no por una mera permisión, la cual también él muy sabia y poderosamente limita, y de otro modo ordena y gobierna (2 Reyes 19:28; Salmo 76:10), en una múltiple dispensación para sus santísimos fines (Génesis 50:20; Isaías 10:6-7, 12); pero de tal manera que la pecaminosidad de sus actos procede solamente de las criaturas, y no de Dios, quien, siendo santísimo y justísimo, ni es ni puede ser el autor o aprobador del pecado (Salmo 50:21; 1 Juan 2:16).

  5. El sapientísimo, justísimo y benignísimo Dios muchas veces deja por un tiempo a sus propios hijos a múltiples tentaciones y a las corrupciones de sus propios corazones, para castigarlos por sus pecados anteriores, o para descubrirles la oculta fuerza de la corrupción y el engaño de sus corazones, a fin de que sean humillados; y para elevarlos a una más estrecha y constante dependencia de él mismo para su sostén; y para hacerlos más vigilantes contra todas las ocasiones futuras de pecado, y para otros fines justos y santos (2 Crónicas 32:25-26, 31; 2 Corintios 12:7-9). De modo que todo cuanto acontece a cualquiera de sus elegidos es por su designio, para su gloria y para el bien de ellos (Romanos 8:28).

  6. En cuanto a aquellos hombres malvados e impíos a quienes Dios, como juez justo, por el pecado anterior ciega y endurece (Romanos 1:24-26, 28; Romanos 11:7-8); de ellos no solo retiene su gracia, por la cual pudieran haber sido iluminados en su entendimiento y obrada su transformación en sus corazones (Deuteronomio 29:4); sino que a veces también retira los dones que tenían (Mateo 13:12), y los expone a tales objetos como su corrupción hace ocasión de pecado (Deuteronomio 2:30; 2 Reyes 8:12-13); y además los entrega a sus propias concupiscencias, a las tentaciones del mundo y al poder de Satanás (Salmo 81:11-12; 2 Tesalonicenses 2:10-12), por lo cual sucede que se endurecen a sí mismos, bajo aquellos medios que Dios usa para el ablandamiento de otros (Éxodo 8:15, 32; Isaías 6:9-10; 1 Pedro 2:7-8).

  7. Así como la providencia de Dios en general alcanza a todas las criaturas, así de una manera más especial cuida de su iglesia, y dispone todas las cosas para el bien de ella (1 Timoteo 4:10; Amós 9:8-9; Isaías 43:3-5).

Capítulo 6. De la caída del hombre, del pecado y de su castigo

  1. Aunque Dios creó al hombre recto y perfecto, y le dio una ley justa, que hubiera sido para vida si la hubiera guardado, y amenazó con la muerte al quebrantarla (Génesis 2:16-17); sin embargo, no permaneció mucho tiempo en esta honra; usando Satanás la astucia de la serpiente para subyugar a Eva, quien luego, seduciendo a Adán, este, sin ninguna compulsión, transgredió voluntariamente la ley de su creación, y el mandamiento que se les había dado, comiendo del fruto prohibido (Génesis 3:12-13; 2 Corintios 11:3), lo cual agradó a Dios permitir, según su sabio y santo consejo, habiendo dispuesto ordenarlo para su propia gloria (Romanos 11:32-34).

  2. Nuestros primeros padres, por este pecado, cayeron de su justicia original y comunión con Dios, y nosotros en ellos, por lo cual la muerte vino sobre todos (Romanos 3:23): quedando todos muertos en el pecado (Romanos 5:12), y enteramente contaminados en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo (Tito 1:15; Génesis 6:5; Jeremías 17:9; Romanos 3:10-19).

  3. Siendo ellos la raíz, y por designio de Dios estando en lugar y representación de todo el género humano, la culpa del pecado fue imputada, y la naturaleza corrompida transmitida, a toda su posteridad que desciende de ellos por generación ordinaria (Romanos 5:12-19; 1 Corintios 15:21-22, 45, 49), siendo ahora concebidos en pecado (Salmo 51:5; Job 14:4), y por naturaleza hijos de ira (Efesios 2:3), siervos del pecado, sujetos de la muerte (Romanos 6:20, 5:12), y de todas las demás miserias, espirituales, temporales y eternas, a menos que el Señor Jesús los libere (Hebreos 2:14-15; 1 Tesalonicenses 1:10).

  4. De esta corrupción original, por la cual estamos totalmente indispuestos, incapacitados y hechos opuestos a todo bien (Romanos 8:7; Colosenses 1:21), y enteramente inclinados a todo mal (Génesis 6:5; Génesis 8:21; Romanos 3:10-12), proceden todas las transgresiones actuales (Santiago 1:14-15; Mateo 15:19).

  5. La corrupción de la naturaleza, durante esta vida, permanece en los que son regenerados (Romanos 7:18, 23; Eclesiastés 7:20; 1 Juan 1:8); y aunque por medio de Cristo sea perdonada y mortificada, sin embargo, tanto ella como sus primeros movimientos son verdadera y propiamente pecado (Romanos 7:23-25; Gálatas 5:17).

Capítulo 7. Del pacto de Dios

  1. La distancia entre Dios y la criatura es tan grande, que aunque las criaturas racionales le deben obediencia como a su Creador, sin embargo nunca hubieran podido alcanzar el galardón de la vida sino por alguna condescendencia voluntaria de parte de Dios, la cual él ha tenido a bien expresar por vía de pacto (Lucas 17:10; Job 35:7-8).

  2. Además, habiéndose puesto el hombre bajo la maldición de la ley por su caída, agradó al Señor hacer un pacto de gracia (Génesis 2:17; Gálatas 3:10; Romanos 3:20-21), en el cual ofrece libremente a los pecadores vida y salvación por Jesucristo, requiriendo de ellos fe en él, para que sean salvos (Romanos 8:3; Marcos 16:15-16; Juan 3:16); y prometiendo dar a todos aquellos que son ordenados para vida eterna su Espíritu Santo, para hacerlos dispuestos y capaces de creer (Ezequiel 36:26-27; Juan 6:44-45; Salmo 110:3).

  3. Este pacto es revelado en el evangelio; primeramente a Adán en la promesa de salvación por la simiente de la mujer (Génesis 3:15), y después por pasos ulteriores, hasta que el pleno descubrimiento del mismo quedó completado en el Nuevo Testamento (Hebreos 1:1-2); y está fundado en aquella transacción del pacto eterno que hubo entre el Padre y el Hijo acerca de la redención de los elegidos (2 Timoteo 1:9; Tito 1:2); y es solamente por la gracia de este pacto que toda la posteridad del Adán caído que alguna vez fue salva obtuvo vida y bienaventurada inmortalidad, siendo el hombre ahora totalmente incapaz de ser aceptado por Dios bajo aquellos términos en los cuales Adán estuvo en su estado de inocencia (Hebreos 11:6, 13; Romanos 4:1-2; Hechos 4:12; Juan 8:56).

Capítulo 8. De Cristo el Mediador

  1. Agradó a Dios, en su eterno propósito, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, según el pacto hecho entre ambos, para ser el Mediador entre Dios y el hombre (Isaías 42:1; 1 Pedro 1:19-20); el Profeta (Hechos 3:22), Sacerdote (Hebreos 5:5-6) y Rey (Salmo 2:6; Lucas 1:33); Cabeza y Salvador de su iglesia (Efesios 1:22-23), el heredero de todas las cosas (Hebreos 1:2), y juez de todo el mundo (Hechos 17:31); a quien desde toda la eternidad le dio un pueblo para que fuese su simiente y para que por él fuese en el tiempo redimido, llamado, justificado, santificado y glorificado (Isaías 53:10; Juan 17:6; Romanos 8:30).

  2. El Hijo de Dios, la segunda persona en la Santísima Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, el resplandor de la gloria del Padre, de una sustancia e igual con aquel que hizo el mundo, quien sostiene y gobierna todas las cosas que ha hecho, cuando llegó la plenitud del tiempo, tomó sobre sí la naturaleza del hombre, con todas las propiedades esenciales y las flaquezas comunes de ella (Juan 1:14; Gálatas 4:4), pero sin pecado (Hebreos 2:14, 16-17; Hebreos 4:15); siendo concebido por el Espíritu Santo en el vientre de la virgen María, viniendo el Espíritu Santo sobre ella, y cubriéndola con su sombra el poder del Altísimo; y así fue hecho de una mujer de la tribu de Judá, de la simiente de Abraham y de David según las Escrituras (Mateo 1:22-23; Lucas 1:27, 31, 35); de modo que dos naturalezas enteras, perfectas y distintas fueron inseparablemente unidas en una persona, sin conversión, composición ni confusión; la cual persona es verdadero Dios y verdadero hombre, pero un solo Cristo, el único Mediador entre Dios y el hombre (Romanos 9:5; 1 Timoteo 2:5).

  3. El Señor Jesús, en su naturaleza humana así unida a la divina, en la persona del Hijo, fue santificado y ungido con el Espíritu Santo sin medida (Salmo 45:7; Hechos 10:38; Juan 3:34), teniendo en sí todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Colosenses 2:3); en quien agradó al Padre que habitase toda plenitud (Colosenses 1:19), a fin de que, siendo santo, inocente, sin mancha (Hebreos 7:26), y lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14), estuviese plenamente capacitado para ejecutar el oficio de Mediador y Fiador (Hebreos 7:22); el cual oficio no tomó sobre sí mismo, sino que a él fue llamado por su Padre (Hebreos 5:5); quien también puso todo poder y juicio en su mano, y le dio mandamiento de ejecutar el mismo (Juan 5:22, 27; Mateo 28:18; Hechos 2:36).

  4. Este oficio emprendió el Señor Jesús muy voluntariamente (Salmo 40:7-8; Hebreos 10:5-10; Juan 10:18), el cual, para poder desempeñar, fue hecho bajo la ley (Gálatas 4:4; Mateo 3:15), y la cumplió perfectamente, y sufrió el castigo debido a nosotros, el cual nosotros debíamos haber llevado y padecido (Gálatas 3:13; Isaías 53:6; 1 Pedro 3:18), siendo hecho pecado y maldición por nosotros (2 Corintios 5:21); soportando gravísimos dolores en su alma, y padecimientos dolorosísimos en su cuerpo (Mateo 26:37-38; Lucas 22:44; Mateo 27:46); fue crucificado, y murió, y fue sepultado, y permaneció bajo el poder de la muerte, pero no vio corrupción (Hechos 13:37). Al tercer día resucitó de entre los muertos (1 Corintios 15:3-4) con el mismo cuerpo en el cual padeció (Juan 20:25, 27); con el cual también ascendió al cielo (Marcos 16:19; Hechos 1:9-11), y allí se sienta a la diestra de su Padre haciendo intercesión (Romanos 8:34; Hebreos 9:24), y volverá a juzgar a los hombres y a los ángeles al fin del mundo (Hechos 10:42; Romanos 14:9-10; Hechos 1:11; 2 Pedro 2:4).

  5. El Señor Jesús, por su perfecta obediencia y sacrificio de sí mismo, que ofreció una vez a Dios por medio del Espíritu eterno, ha satisfecho plenamente la justicia de Dios (Hebreos 9:14; Hebreos 10:14; Romanos 3:25-26), procuró reconciliación, y compró una herencia eterna en el reino de los cielos, para todos aquellos que el Padre le ha dado (Juan 17:2; Hebreos 9:15).

  6. Aunque el precio de la redención no fue realmente pagado por Cristo hasta después de su encarnación, sin embargo la virtud, eficacia y beneficio del mismo fueron comunicados a los elegidos en todas las edades, sucesivamente desde el principio del mundo, en y por aquellas promesas, tipos y sacrificios en los cuales fue revelado, y señalado ser la simiente que había de herir la cabeza de la serpiente (1 Corintios 4:10; Hebreos 4:2; 1 Pedro 1:10-11), y el Cordero inmolado desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8), siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos (Hebreos 13:8).

  7. Cristo, en la obra de mediación, actúa según ambas naturalezas, haciendo por cada naturaleza aquello que es propio de sí misma; sin embargo, por razón de la unidad de la persona, aquello que es propio de una naturaleza es a veces en la Escritura atribuido a la persona denominada por la otra naturaleza (Juan 3:13; Hechos 20:28).

  8. A todos aquellos por quienes Cristo ha obtenido redención eterna, cierta y eficazmente les aplica y comunica la misma, haciendo intercesión por ellos (Juan 6:37; Juan 10:15-16; Juan 17:9); uniéndolos a sí mismo por su Espíritu, revelándoles, en y por su Palabra, el misterio de la salvación, persuadiéndolos a creer y obedecer (Juan 17:6; Efesios 1:9; 1 Juan 5:20); gobernando sus corazones por su Palabra y Espíritu (Romanos 8:9, 14), y venciendo a todos sus enemigos por su poder y sabiduría todopoderosos (Salmo 110:1; 1 Corintios 15:25-26), de tal manera y por tales medios como son más conformes a su maravillosa e insondable dispensación; y todo de gracia libre y absoluta, sin ninguna condición prevista en ellos para procurarla (Juan 3:8; Efesios 1:8).

  9. Este oficio de Mediador entre Dios y el hombre es propio solamente de Cristo, quien es el Profeta, Sacerdote y Rey de la iglesia de Dios; y no puede ser transferido de él a ningún otro, ni en todo ni en parte alguna del mismo (1 Timoteo 2:5).

  10. Este número y orden de oficios es necesario; pues por razón de nuestra ignorancia, tenemos necesidad de su oficio profético (Juan 1:18); y por razón de nuestra alienación de Dios, y de la imperfección de los mejores de nuestros servicios, necesitamos su oficio sacerdotal para reconciliarnos y presentarnos aceptables ante Dios (Colosenses 1:21; Gálatas 5:17); y por razón de nuestra aversión e incapacidad total para volver a Dios, y para nuestro rescate y seguridad de nuestros adversarios espirituales, necesitamos su oficio real para convencernos, subyugarnos, atraernos, sostenernos, librarnos y preservarnos para su reino celestial (Juan 16:8; Salmo 110:3; Lucas 1:74-75).

Capítulo 9. Del libre albedrío

  1. Dios ha dotado la voluntad del hombre con aquella libertad natural y poder de actuar por elección, que no es ni forzada ni determinada por ninguna necesidad de la naturaleza a hacer el bien o el mal (Mateo 17:12; Santiago 1:14; Deuteronomio 30:19).

  2. El hombre, en su estado de inocencia, tenía libertad y poder para querer y hacer aquello que era bueno y agradable a Dios (Eclesiastés 7:29; Génesis 3:6), pero aun así era inestable, de modo que podía caer de ello.

  3. El hombre, por su caída en un estado de pecado, ha perdido enteramente toda capacidad de la voluntad para cualquier bien espiritual que acompaña a la salvación (Romanos 5:6; Romanos 8:7); de modo que el hombre natural, estando enteramente opuesto a aquel bien, y muerto en el pecado (Efesios 2:1, 5), no es capaz por su propia fuerza de convertirse a sí mismo, ni de prepararse para ello (Tito 3:3-5; Juan 6:44).

  4. Cuando Dios convierte a un pecador, y lo traslada al estado de gracia, lo libera de su servidumbre natural bajo el pecado (Colosenses 1:13; Juan 8:36), y por su sola gracia lo capacita para querer y hacer libremente aquello que es espiritualmente bueno (Filipenses 2:13); pero de tal manera que, por razón de sus corrupciones remanentes, no quiere perfectamente ni solamente lo que es bueno, sino que también quiere lo que es malo (Romanos 7:15, 18-19, 21, 23).

  5. Esta voluntad del hombre es hecha perfecta e inmutablemente libre solo para el bien únicamente en el estado de gloria (Efesios 4:13).

Capítulo 10. Del llamamiento eficaz

  1. A aquellos que Dios ha predestinado para vida, tiene a bien, en su tiempo señalado y aceptado, llamarlos eficazmente (Romanos 8:30; Romanos 11:7; Efesios 1:10-11; 2 Tesalonicenses 2:13-14), por su Palabra y Espíritu, fuera de aquel estado de pecado y muerte en el cual están por naturaleza, a la gracia y salvación por Jesucristo (Efesios 2:1-6); iluminando sus mentes espiritual y salvíficamente para entender las cosas de Dios (Hechos 26:18; Efesios 1:17-18); quitándoles su corazón de piedra, y dándoles un corazón de carne (Ezequiel 36:26); renovando sus voluntades, y por su poder todopoderoso determinándolos a aquello que es bueno (Deuteronomio 30:6; Ezequiel 36:27; Efesios 1:19), y atrayéndolos eficazmente a Jesucristo (Efesios 2:5; Juan 6:44-45); pero de tal manera que vienen muy libremente, siendo hechos dispuestos por su gracia (Cantares 1:4; Salmo 110:3; Juan 6:37).

  2. Este llamamiento eficaz es de la sola gracia libre y especial de Dios, no de cosa alguna prevista en el hombre, ni de ningún poder o actividad en la criatura (2 Timoteo 1:9; Efesios 2:8), siendo esta enteramente pasiva en ello, estando muerta en pecados y delitos, hasta que, siendo vivificada y renovada por el Espíritu Santo (1 Corintios 2:14; Efesios 2:5; Juan 5:25), es por ello capacitada para responder a este llamamiento, y para abrazar la gracia ofrecida y transmitida en él, y eso por no menor poder que aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos (Efesios 1:19-20).

  3. Los infantes elegidos que mueren en la infancia son regenerados y salvados por Cristo por medio del Espíritu (Juan 3:3, 5-6), quien obra cuándo, dónde y cómo le place (Juan 3:8); así también son todas las personas elegidas que son incapaces de ser llamadas externamente por el ministerio de la Palabra.

  4. Otros no elegidos, aunque puedan ser llamados por el ministerio de la Palabra, y puedan tener algunas operaciones comunes del Espíritu (Mateo 22:14; Mateo 13:20-21; Hebreos 6:4-5), sin embargo, al no ser eficazmente atraídos por el Padre, ni quieren ni pueden venir verdaderamente a Cristo, y por tanto no pueden ser salvos (Juan 6:44-45, 65; 1 Juan 2:24-25): mucho menos pueden ser salvos los hombres que no reciben la religión cristiana; por diligentes que sean en amoldar sus vidas según la luz de la naturaleza y la ley de aquella religión que profesan (Hechos 4:12; Juan 4:22; Juan 17:3).

Capítulo 11. De la justificación

  1. A aquellos que Dios llama eficazmente, también los justifica libremente (Romanos 3:24; Romanos 8:30), no infundiéndoles justicia, sino perdonando sus pecados, y teniendo y aceptando sus personas como justas (Romanos 4:5-8; Efesios 1:7); no por cosa alguna obrada en ellos, o hecha por ellos, sino solamente por causa de Cristo (1 Corintios 1:30-31; Romanos 5:17-19); no imputándoles la fe misma, el acto de creer, o cualquier otra obediencia evangélica, como su justicia; sino imputándoles la obediencia activa de Cristo a toda la ley, y la obediencia pasiva en su muerte, como su entera y única justicia (Filipenses 3:8-9; Efesios 2:8-10), recibiéndolo ellos y descansando en él y en su justicia por la fe, la cual fe no tienen de sí mismos; es el don de Dios (Juan 1:12; Romanos 5:17).

  2. La fe, que así recibe y descansa en Cristo y en su justicia, es el único instrumento de la justificación (Romanos 3:28); pero no está sola en la persona justificada, sino que siempre va acompañada de todas las demás gracias salvadoras, y no es una fe muerta, sino que obra por el amor (Gálatas 5:6; Santiago 2:17, 22, 26).

  3. Cristo, por su obediencia y muerte, pagó plenamente la deuda de todos aquellos que son justificados; e hizo, por el sacrificio de sí mismo en la sangre de su cruz, sufriendo en lugar de ellos la pena debida a ellos, una satisfacción propia, real y plena a la justicia de Dios en favor de ellos (Hebreos 10:14; 1 Pedro 1:18-19; Isaías 53:5-6); pero por cuanto fue dado por el Padre por ellos, y su obediencia y satisfacción aceptadas en lugar de ellos, y ambas libremente, no por cosa alguna en ellos (Romanos 8:32; 2 Corintios 5:21), su justificación es solamente de gracia libre, para que tanto la justicia exacta como la rica gracia de Dios sean glorificadas en la justificación de los pecadores (Romanos 3:26; Efesios 1:6-7, 2:7).

  4. Dios decretó desde toda la eternidad justificar a todos los elegidos (Gálatas 3:8; 1 Pedro 1:2; 1 Timoteo 2:6); y Cristo, en la plenitud del tiempo, murió por sus pecados, y resucitó para su justificación (Romanos 4:25); no obstante, ellos no son justificados personalmente, hasta que el Espíritu Santo, a su debido tiempo, realmente les aplique a Cristo (Colosenses 1:21-22; Tito 3:4-7).

  5. Dios continúa perdonando los pecados de aquellos que son justificados (Mateo 6:12; 1 Juan 1:7, 9), y aunque nunca pueden caer del estado de justificación (Juan 10:28), sin embargo pueden, por sus pecados, caer bajo el desagrado paternal de Dios (Salmo 89:31-33); y en esa condición usualmente no tienen restaurada la luz de su rostro hasta que se humillan, confiesan sus pecados, ruegan perdón, y renuevan su fe y arrepentimiento (Salmo 32:5; Salmo 51; Mateo 26:75).

  6. La justificación de los creyentes bajo el Antiguo Testamento fue, en todos estos respectos, una y la misma con la justificación de los creyentes bajo el Nuevo Testamento (Gálatas 3:9; Romanos 4:22-24).

Capítulo 12. De la adopción

  1. A todos aquellos que son justificados, Dios se dignó, en y por causa de su único Hijo Jesucristo, hacerlos partícipes de la gracia de la adopción (Efesios 1:5; Gálatas 4:4-5), por la cual son tomados en el número, y gozan de las libertades y privilegios de los hijos de Dios (Juan 1:12; Romanos 8:17), tienen su nombre puesto sobre ellos (2 Corintios 6:18; Apocalipsis 3:12), reciben el Espíritu de adopción (Romanos 8:15), tienen acceso al trono de la gracia con confianza (Efesios 3:12; Romanos 5:2), son capacitados para clamar Abba, Padre (Gálatas 4:6), son compadecidos (Salmo 103:13), protegidos (Proverbios 14:26), provistos (1 Pedro 5:7; Mateo 6:30, 32), y disciplinados por él como por un Padre (Hebreos 12:6), pero nunca desechados (Isaías 54:8-9; Lamentaciones 3:31), sino sellados para el día de la redención (Efesios 4:30), y heredan las promesas (Hebreos 1:14; Hebreos 6:12) como herederos de la salvación eterna (1 Pedro 1:3-4; Hebreos 1:14).

Capítulo 13. De la santificación

  1. Aquellos que son unidos a Cristo, eficazmente llamados y regenerados, teniendo un nuevo corazón y un nuevo espíritu creados en ellos por la virtud de la muerte y resurrección de Cristo (Hechos 20:32; Romanos 6:5-6), son también santificados ulteriormente, real y personalmente (Juan 17:17; Efesios 3:16-19; 1 Tesalonicenses 5:21-23), por la misma virtud, por su Palabra y Espíritu que moran en ellos (2 Corintios 3:18; 2 Tesalonicenses 2:13); el dominio de todo el cuerpo del pecado es destruido (Romanos 6:14), y las diversas concupiscencias del mismo son cada vez más debilitadas y mortificadas (Gálatas 5:24), y ellos cada vez más vivificados y fortalecidos en todas las gracias salvadoras (Colosenses 1:11), para la práctica de toda verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor (2 Corintios 7:1; Hebreos 12:14).

  2. Esta santificación es a lo largo de todo el hombre entero (1 Tesalonicenses 5:23), pero imperfecta en esta vida; permanecen todavía algunos remanentes de corrupción en cada parte (Romanos 7:18, 23), de donde surge una guerra continua e irreconciliable; la carne codiciando contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne (Gálatas 5:17; 1 Pedro 2:11).

  3. En la cual guerra, aunque la corrupción remanente por un tiempo pueda prevalecer mucho (Romanos 7:23), sin embargo, por el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo, la parte regenerada vence (Romanos 6:14); y así los santos crecen en gracia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios, esforzándose hacia una vida celestial, en obediencia evangélica a todos los mandamientos que Cristo, como Cabeza y Rey, en su Palabra les ha prescrito (Efesios 4:15-16; 2 Corintios 3:18; 2 Corintios 7:1).

Capítulo 14. De la fe salvadora

  1. La gracia de la fe, por la cual los elegidos son capacitados para creer para la salvación de sus almas, es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones (2 Corintios 4:13; Efesios 2:8), y es ordinariamente producida por el ministerio de la Palabra (Romanos 10:14, 17); por el cual también, y por la administración del bautismo y la Cena del Señor, la oración, y otros medios señalados por Dios, es aumentada y fortalecida (Lucas 17:5; 1 Pedro 2:2; Hechos 20:32).

  2. Por esta fe un cristiano cree ser verdadero todo cuanto es revelado en la Palabra por la autoridad de Dios mismo (Hechos 24:14), y también aprehende una excelencia en ella por encima de todos los demás escritos y de todas las cosas en el mundo (Salmo 19:7-10; Salmo 119:72), por cuanto ella declara la gloria de Dios en sus atributos, la excelencia de Cristo en su naturaleza y oficios, y el poder y la plenitud del Espíritu Santo en sus obras y operaciones; y así es capacitado para echar su alma sobre la verdad así creída (2 Timoteo 1:12); y también actúa de manera diferente según lo que cada pasaje particular de ella contiene; prestando obediencia a los mandamientos (Juan 15:14), temblando ante las amenazas (Isaías 66:2), y abrazando las promesas de Dios para esta vida y la que ha de venir (Hebreos 11:13); pero los actos principales de la fe salvadora tienen relación inmediata con Cristo, aceptándolo, recibiéndolo y descansando solamente en él para la justificación, santificación y vida eterna, por virtud del pacto de gracia (Juan 1:12; Hechos 16:31; Gálatas 2:20; Hechos 15:11).

  3. Esta fe, aunque sea diferente en grados, y pueda ser débil o fuerte (Hebreos 5:13-14; Mateo 6:30; Romanos 4:19-20), sin embargo, aun en su menor grado, es diferente en su clase o naturaleza, como toda otra gracia salvadora, de la fe y la gracia común de los creyentes temporales (2 Pedro 1:1); y por tanto, aunque muchas veces pueda ser asaltada y debilitada, sin embargo obtiene la victoria (Efesios 6:16; 1 Juan 5:4-5), creciendo en muchos hasta la obtención de una plena seguridad por medio de Cristo (Hebreos 6:11-12; Colosenses 2:2), quien es tanto el autor como el consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2).

Capítulo 15. Del arrepentimiento para vida y salvación

  1. A tales de los elegidos como son convertidos en años más maduros, habiendo vivido algún tiempo en el estado de naturaleza, y en él servido a diversas concupiscencias y placeres, Dios, en su llamamiento eficaz, les da arrepentimiento para vida (Tito 3:2-5).

  2. Por cuanto no hay ninguno que haga el bien y no peque (Eclesiastés 7:20), y los mejores de los hombres pueden, por el poder y el engaño de su corrupción que mora en ellos, con la prevalencia de la tentación, caer en grandes pecados y provocaciones; Dios ha provisto misericordiosamente, en el pacto de gracia, que los creyentes que así pecan y caen sean renovados por medio del arrepentimiento para salvación (Lucas 22:31-32).

  3. Este arrepentimiento salvador es una gracia evangélica (Hechos 11:18), por la cual una persona, siendo hecha sensible por el Espíritu Santo de los múltiples males de su pecado, se humilla por él, por la fe en Cristo, con tristeza piadosa, detestación del mismo y aborrecimiento de sí mismo (Ezequiel 36:31; 2 Corintios 7:11), orando por perdón y fortaleza de gracia, con el propósito y el empeño, por los suministros del Espíritu, de andar delante de Dios para todo agrado en todas las cosas (Salmo 119:6, 128).

  4. Así como el arrepentimiento ha de continuarse a lo largo de todo el curso de nuestras vidas, por causa del cuerpo de muerte y sus movimientos, así es deber de cada hombre arrepentirse particularmente de sus pecados particulares conocidos (Lucas 19:8; 1 Timoteo 1:13, 15).

  5. Tal es la provisión que Dios ha hecho por medio de Cristo en el pacto de gracia para la preservación de los creyentes hasta la salvación; que aunque no hay pecado tan pequeño que no merezca condenación (Romanos 6:23), sin embargo no hay pecado tan grande que traiga condenación sobre los que se arrepienten (Isaías 1:16-18; Isaías 55:7), lo cual hace necesaria la constante predicación del arrepentimiento.

Capítulo 16. De las buenas obras

  1. Las buenas obras son solamente aquellas que Dios ha mandado en su santa Palabra (Miqueas 6:8; Hebreos 13:21), y no aquellas que, sin la garantía de ella, son ideadas por los hombres por celo ciego, o bajo cualquier pretexto de buenas intenciones (Mateo 15:9; Isaías 29:13).

  2. Estas buenas obras, hechas en obediencia a los mandamientos de Dios, son los frutos y evidencias de una fe verdadera y viva (Santiago 2:18, 22); y por ellas los creyentes manifiestan su agradecimiento (Salmo 116:12-13), fortalecen su seguridad (1 Juan 2:3, 5; 2 Pedro 1:5-11), edifican a sus hermanos (Mateo 5:16), adornan la profesión del evangelio (Tito 2:5, 9-12), cierran la boca de los adversarios (1 Pedro 2:15), y glorifican a Dios (1 Pedro 2:12; Filipenses 1:11), de quien son hechura, creados en Cristo Jesús para ello (Efesios 2:10), a fin de que, teniendo su fruto para santidad, tengan por fin la vida eterna (Romanos 6:22).

  3. Su capacidad de hacer buenas obras no es en absoluto de ellos mismos, sino enteramente del Espíritu de Cristo (Juan 15:4-5); y para que sean capacitados para ello, además de las gracias que ya han recibido, es necesaria una influencia actual del mismo Espíritu Santo, para obrar en ellos así el querer como el hacer, por su buena voluntad (2 Corintios 3:5; Filipenses 2:13); pero no por ello han de volverse negligentes, como si no estuviesen obligados a cumplir ningún deber sino por un movimiento especial del Espíritu, sino que deben ser diligentes en avivar la gracia de Dios que hay en ellos (Filipenses 2:12; Hebreos 6:11-12; Isaías 64:7).

  4. Aquellos que en su obediencia alcanzan la mayor altura que es posible en esta vida, están tan lejos de poder hacer obras de supererogación, y de hacer más de lo que Dios requiere, que quedan cortos de mucho que en deber están obligados a hacer (Job 9:2-3; Gálatas 5:17; Lucas 17:10).

  5. No podemos por nuestras mejores obras merecer el perdón del pecado o la vida eterna de la mano de Dios, por razón de la gran desproporción que hay entre ellas y la gloria venidera, y la infinita distancia que hay entre nosotros y Dios, a quien por ellas no podemos ni aprovechar ni satisfacer por la deuda de nuestros pecados anteriores (Romanos 3:20; Efesios 2:8-9; Romanos 4:6); sino que cuando hemos hecho todo lo que podemos, no hemos hecho sino nuestro deber, y somos siervos inútiles; y porque, en cuanto son buenas, proceden de su Espíritu (Gálatas 5:22-23), y en cuanto son obradas por nosotros, están contaminadas y mezcladas con tanta debilidad e imperfección, que no pueden soportar la severidad del castigo de Dios (Isaías 64:6; Salmo 143:2).

  6. Sin embargo, no obstante, siendo las personas de los creyentes aceptadas por medio de Cristo, sus buenas obras también son aceptadas en él (Efesios 1:6; 1 Pedro 2:5); no como si fuesen en esta vida enteramente irreprochables e irreprensibles a la vista de Dios, sino que él, mirándolas en su Hijo, tiene a bien aceptar y recompensar aquello que es sincero, aunque acompañado de muchas debilidades e imperfecciones (Mateo 25:21, 23; Hebreos 6:10).

Capítulo 17. De la perseverancia de los santos

  1. Aquellos que Dios ha aceptado en el Amado, eficazmente llamados y santificados por su Espíritu, y a quienes ha dado la preciosa fe de sus elegidos, no pueden ni total ni finalmente caer del estado de gracia (Juan 10:28-29; Filipenses 1:6; 2 Timoteo 2:19; 1 Juan 2:19), sino que ciertamente perseverarán en él hasta el fin, y serán eternamente salvos, puesto que los dones y llamamientos de Dios son irrevocables (Romanos 11:29), de donde él todavía engendra y nutre en ellos fe, arrepentimiento, amor, gozo, esperanza y todas las gracias del Espíritu para inmortalidad (Jeremías 32:40); y aunque muchas tormentas e inundaciones se levanten y batan contra ellos, sin embargo nunca podrán apartarlos de aquel fundamento y roca sobre la cual por la fe están asidos; no obstante, por la incredulidad y las tentaciones de Satanás, la vista sensible de la luz y del amor de Dios pueda por un tiempo serles nublada y oscurecida (Salmo 89:31-32; 1 Corintios 11:32), sin embargo él es todavía el mismo, y ellos serán ciertamente guardados por el poder de Dios para salvación, donde gozarán de su posesión comprada, estando grabados en la palma de sus manos, y habiendo sido escritos sus nombres en el libro de la vida desde toda la eternidad (Malaquías 3:6).

  2. Esta perseverancia de los santos no depende de su propio libre albedrío, sino de la inmutabilidad del decreto de elección (Romanos 8:30; Romanos 9:11, 16), que fluye del libre e inmutable amor de Dios el Padre, de la eficacia del mérito e intercesión de Jesucristo y de la unión con él (Romanos 5:9-10; Juan 14:19), del juramento de Dios (Hebreos 6:17-18), de la permanencia de su Espíritu, y de la simiente de Dios dentro de ellos (1 Juan 3:9), y de la naturaleza del pacto de gracia (Jeremías 32:40); de todo lo cual surge también la certeza e infalibilidad de la misma.

  3. Y aunque puedan, por la tentación de Satanás y del mundo, la prevalencia de la corrupción remanente en ellos, y el descuido de los medios de su preservación, caer en pecados graves, y por un tiempo continuar en ellos (Mateo 26:70, 72, 74), por lo cual incurren en el desagrado de Dios y contristan a su Espíritu Santo (Isaías 64:5, 9; Efesios 4:30), llegan a tener sus gracias y consuelos menoscabados (Salmo 51:10, 12), tienen sus corazones endurecidos, y sus conciencias heridas (Salmo 32:3-4), dañan y escandalizan a otros, y traen juicios temporales sobre sí mismos (2 Samuel 12:14), sin embargo renovarán su arrepentimiento y serán preservados mediante la fe en Cristo Jesús hasta el fin (Lucas 22:32, 61-62).

Capítulo 18. De la seguridad de la gracia y de la salvación

  1. Aunque los creyentes temporales, y otros hombres no regenerados, puedan vanamente engañarse a sí mismos con falsas esperanzas y presunciones carnales de estar en el favor de Dios y en un estado de salvación, cuya esperanza de ellos perecerá (Job 8:13-14; Mateo 7:22-23); sin embargo, tales como verdaderamente creen en el Señor Jesús, y le aman en sinceridad, esforzándose por andar en toda buena conciencia delante de él, pueden en esta vida estar ciertamente seguros de que están en el estado de gracia (1 Juan 2:3; 1 Juan 3:14, 18-19, 21, 24; 1 Juan 5:13), y pueden regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:2, 5), la cual esperanza nunca los avergonzará.

  2. Esta certeza no es una mera persuasión conjetural y probable fundada sobre una esperanza falible, sino una seguridad infalible de fe (Hebreos 6:11, 19), fundada sobre la sangre y la justicia de Cristo reveladas en el evangelio (Hebreos 6:17-18); y también sobre la evidencia interior de aquellas gracias del Espíritu a las cuales se hacen las promesas (2 Pedro 1:4-5, 10-11), y sobre el testimonio del Espíritu de adopción, que da testimonio juntamente con nuestros espíritus de que somos hijos de Dios (Romanos 8:15-16); y, como fruto de ello, mantiene el corazón tanto humilde como santo (1 Juan 3:1-3).

  3. Esta seguridad infalible no pertenece de tal manera a la esencia de la fe, que un verdadero creyente no pueda esperar largo tiempo, y luchar con muchas dificultades antes de ser partícipe de ella (Isaías 50:10; Salmo 88; Salmo 77:1-12); pero, siendo capacitado por el Espíritu para conocer las cosas que le son gratuitamente dadas por Dios, puede, sin revelación extraordinaria, en el debido uso de los medios, alcanzarla (1 Juan 4:13; Hebreos 6:11-12): y por tanto es deber de cada uno dar toda diligencia para hacer firme su llamamiento y elección (2 Pedro 1:10), a fin de que por ello su corazón sea ensanchado en paz y gozo en el Espíritu Santo, en amor y agradecimiento a Dios, y en fortaleza y alegría en los deberes de la obediencia, los frutos propios de esta seguridad (Romanos 5:1-2, 5; Romanos 14:17; Salmo 119:32); tan lejos está de inclinar a los hombres al libertinaje (Romanos 6:1-2; Tito 2:11-12, 14).

  4. Los verdaderos creyentes pueden tener la seguridad de su salvación de diversas maneras conmovida, disminuida e interrumpida; como por la negligencia en preservarla (Cantares 5:2-3, 6), por caer en algún pecado especial que hiere la conciencia y contrista al Espíritu (Salmo 51:8, 12, 14), por alguna repentina o vehemente tentación (Salmo 116:11; Salmo 77:7-8; Salmo 31:22), por el retirarse Dios la luz de su rostro, y permitir que aun tales como le temen anden en tinieblas y no tengan luz (Salmo 30:7), pero nunca están destituidos de la simiente de Dios (1 Juan 3:9), y de la vida de fe (Lucas 22:32), de aquel amor de Cristo y de los hermanos, de aquella sinceridad de corazón y conciencia del deber, de los cuales, por la operación del Espíritu, esta seguridad puede a su debido tiempo ser reavivada (Salmo 42:5, 11), y por los cuales, entretanto, son preservados de la total desesperación (Lamentaciones 3:26-31).

Capítulo 19. De la ley de Dios

  1. Dios dio a Adán una ley de obediencia universal escrita en su corazón, y un precepto particular de no comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 1:27; Eclesiastés 7:29; Romanos 2:14-15; Génesis 2:17); por la cual lo obligó a él y a toda su posteridad a una obediencia personal, entera, exacta y perpetua (Romanos 10:5; Gálatas 3:10, 12); prometió vida al cumplirla, y amenazó con la muerte al quebrantarla, y lo dotó de poder y capacidad para guardarla (Génesis 2:17; Gálatas 3:10).

  2. La misma ley que fue escrita primero en el corazón del hombre continuó siendo una regla perfecta de justicia después de la caída (Romanos 2:14-15), y fue entregada por Dios en el monte Sinaí, en diez mandamientos, y escrita en dos tablas, conteniendo los primeros cuatro nuestro deber para con Dios, y los otros seis nuestro deber para con el hombre (Deuteronomio 10:4).

  3. Además de esta ley, comúnmente llamada moral, Dios tuvo a bien dar al pueblo de Israel leyes ceremoniales, que contenían varias ordenanzas típicas, en parte de culto, prefigurando a Cristo, sus gracias, acciones, sufrimientos y beneficios (Hebreos 10:1; Colosenses 2:17); y en parte exponiendo diversas instrucciones de deberes morales (1 Corintios 5:7). Todas las cuales leyes ceremoniales, siendo señaladas solo para el tiempo de la reformación, son, por Jesucristo el verdadero Mesías y único legislador, quien fue provisto de poder por el Padre para ese fin, abrogadas y quitadas (Colosenses 2:14, 16-17; Efesios 2:14, 16).

  4. También les dio diversas leyes judiciales, que expiraron junto con el estado de aquel pueblo, no obligando ahora a nadie en virtud de aquella institución; siendo solamente su equidad general de uso moral (1 Corintios 9:8-10).

  5. La ley moral obliga para siempre a todos, tanto a las personas justificadas como a las demás, a la obediencia de ella (Romanos 13:8-10; Santiago 2:8, 10-12), y eso no solo en cuanto a la materia contenida en ella, sino también con respecto a la autoridad de Dios el Creador, quien la dio (Santiago 2:10-11); ni de ninguna manera disuelve Cristo en el evangelio esta obligación, sino que la fortalece mucho (Mateo 5:17-19; Romanos 3:31).

  6. Aunque los verdaderos creyentes no estén bajo la ley como pacto de obras, para ser por ella justificados o condenados (Romanos 6:14; Gálatas 2:16; Romanos 8:1; Romanos 10:4), sin embargo ella es de gran uso para ellos, así como para otros, en cuanto que, como regla de vida, informándolos de la voluntad de Dios y de su deber, los dirige y los obliga a andar conforme a ella (Romanos 7:12, 22, 25; Salmo 119:4-6; 1 Corintios 7:19); descubriendo también las pecaminosas contaminaciones de sus naturalezas, corazones y vidas (Romanos 7:7; Romanos 3:20), de modo que, examinándose a sí mismos por ella, pueden llegar a una mayor convicción del pecado, humillación por él y odio contra él (Santiago 1:23-25; Romanos 7:9, 14, 24); junto con una visión más clara de la necesidad que tienen de Cristo y de la perfección de su obediencia (Gálatas 3:24; Romanos 8:3-4); es asimismo de uso para los regenerados para refrenar sus corrupciones, en cuanto que prohíbe el pecado (Santiago 2:11; Salmo 119:128); y sus amenazas sirven para mostrar lo que aun sus pecados merecen, y qué aflicciones en esta vida pueden esperar por ellos, aunque libres de la maldición y del rigor no atenuado de la misma (Esdras 9:13-14; Salmo 89:30-34). Las promesas de ella asimismo les muestran la aprobación de Dios de la obediencia, y qué bendiciones pueden esperar al cumplirla, aunque no como debidas a ellos por la ley como pacto de obras (Gálatas 2:12; Lucas 1:6; Salmo 37:11; Mateo 5:5; Salmo 19:11); de modo que el que el hombre haga el bien y se abstenga del mal, porque la ley anima a lo uno y disuade de lo otro, no es evidencia de que esté bajo la ley y no bajo la gracia (Romanos 6:12, 14; 1 Pedro 3:8-13).

  7. Ni los usos antes mencionados de la ley son contrarios a la gracia del evangelio, sino que dulcemente concuerdan con ella (Gálatas 3:21), subyugando y capacitando el Espíritu de Cristo la voluntad del hombre para hacer libre y alegremente aquello que la voluntad de Dios, revelada en la ley, requiere que se haga (Ezequiel 36:27).

Capítulo 20. Del evangelio y del alcance de su gracia

  1. Habiendo sido roto por el pecado el pacto de obras, y hecho inútil para la vida, Dios tuvo a bien dar la promesa de Cristo, la simiente de la mujer, como el medio de llamar a los elegidos, y de engendrar en ellos fe y arrepentimiento (Génesis 3:15); en esta promesa fue revelado el evangelio, en cuanto a la sustancia de él, y es en ella eficaz para la conversión y salvación de los pecadores (Apocalipsis 13:8).

  2. Esta promesa de Cristo, y de la salvación por él, es revelada solamente por la Palabra de Dios (Romanos 1:17); ni las obras de la creación o de la providencia, con la luz de la naturaleza, dan a conocer a Cristo, o de la gracia por él, ni siquiera de una manera general u oscura (Romanos 10:14-15, 17); mucho menos que los hombres destituidos de la revelación de él por la promesa o el evangelio puedan por ello ser capacitados para alcanzar fe salvadora o arrepentimiento (Proverbios 29:18; Isaías 25:7; Isaías 60:2-3).

  3. La revelación del evangelio a los pecadores, hecha en diversos tiempos y por diversas partes, con la adición de promesas y preceptos para la obediencia requerida en él, en cuanto a las naciones y personas a quienes es concedido, es meramente de la soberana voluntad y beneplácito de Dios (Salmo 147:20; Hechos 16:7); no siendo anexada por virtud de ninguna promesa al debido mejoramiento de las capacidades naturales de los hombres, por virtud de la luz común recibida, sin ella, lo cual ninguno jamás hizo, ni puede hacerlo (Romanos 1:18-32); y por tanto en todas las edades la predicación del evangelio ha sido concedida a personas y naciones, en cuanto a su extensión o restricción, en gran variedad, según el consejo de la voluntad de Dios.

  4. Aunque el evangelio sea el único medio externo de revelar a Cristo y la gracia salvadora, y sea, como tal, abundantemente suficiente para ello; sin embargo, para que los hombres que están muertos en delitos puedan nacer de nuevo, ser vivificados o regenerados, es además necesaria una obra eficaz e insuperable del Espíritu Santo sobre toda el alma, para producir en ellos una nueva vida espiritual (Salmo 110:3; 1 Corintios 2:14; Efesios 1:19-20); sin la cual ningún otro medio efectuará su conversión a Dios (Juan 6:44; 2 Corintios 4:4, 6).

Capítulo 21. De la libertad cristiana y de la libertad de conciencia

  1. La libertad que Cristo ha comprado para los creyentes bajo el evangelio consiste en su libramiento de la culpa del pecado, de la ira condenadora de Dios, del rigor y la maldición de la ley (Gálatas 3:13); y en su ser librados de este presente siglo malo (Gálatas 1:4), de la servidumbre a Satanás (Hechos 26:18), y del dominio del pecado (Romanos 6:14), del mal de las aflicciones (Romanos 8:28), del temor y aguijón de la muerte, de la victoria de la sepultura (1 Corintios 15:54-57), y de la condenación eterna (2 Tesalonicenses 1:10); como también en su libre acceso a Dios, y en su prestar obediencia a él, no por un temor servil (Romanos 8:15), sino por un amor filial y una mente dispuesta (Lucas 1:73-75; 1 Juan 4:18).

  2. Solo Dios es Señor de la conciencia (Santiago 4:12; Romanos 14:4), y la ha dejado libre de las doctrinas y mandamientos de los hombres que sean en algo contrarios a su Palabra, o no estén contenidos en ella (Hechos 4:19; Hechos 5:29; 1 Corintios 7:23; Mateo 15:9). De modo que creer tales doctrinas, u obedecer tales mandamientos por conciencia, es traicionar la verdadera libertad de conciencia (Colosenses 2:20, 22-23); y el requerir una fe implícita, y una obediencia absoluta y ciega, es destruir la libertad de conciencia y también la razón (1 Corintios 3:5; 2 Corintios 1:24).

  3. Aquellos que, bajo pretexto de la libertad cristiana, practican cualquier pecado, o abrigan cualquier concupiscencia pecaminosa, así como por ello pervierten el designio principal de la gracia del evangelio para su propia destrucción (Romanos 6:1-2), así también destruyen enteramente el fin de la libertad cristiana, que es que, siendo librados de las manos de todos nuestros enemigos, sirvamos al Señor sin temor, en santidad y justicia delante de él, todos los días de nuestra vida (Gálatas 5:13; 2 Pedro 2:18, 21).

Capítulo 22. Del culto religioso y del día de reposo

  1. La luz de la naturaleza muestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo; que es justo, bueno y hace bien a todos; y que, por tanto, ha de ser temido, amado, alabado, invocado, confiado y servido, con todo el corazón y toda el alma, y con todas las fuerzas (Jeremías 10:7; Marcos 12:33). Pero la manera aceptable de adorar al Dios verdadero es instituida por él mismo, y así limitada por su propia voluntad revelada, que no puede ser adorado según la imaginación e invenciones de los hombres, ni las sugestiones de Satanás, bajo ninguna representación visible, ni de ninguna otra manera no prescrita en las Santas Escrituras (Deuteronomio 12:32; Éxodo 20:4-6).

  2. El culto religioso ha de darse a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y solo a él (Mateo 4:9-10; Juan 6:23; Mateo 28:19); no a los ángeles, santos, ni ninguna otra criatura (Romanos 1:25; Colosenses 2:18; Apocalipsis 19:10); y desde la caída, no sin un Mediador, ni en la mediación de ningún otro sino de Cristo solamente (Juan 14:6; 1 Timoteo 2:5).

  3. La oración, con acción de gracias, siendo una parte del culto natural, es requerida por Dios de todos los hombres (Salmo 95:1-7; Salmo 65:2). Pero para que sea aceptada, ha de hacerse en el nombre del Hijo (Juan 14:13-14), con la ayuda del Espíritu (Romanos 8:26), según su voluntad (1 Juan 5:14); con entendimiento, reverencia, humildad, fervor, fe, amor y perseverancia (Salmo 47:7; Eclesiastés 5:1-2; Hebreos 12:28; Génesis 18:27; Santiago 5:16; Santiago 1:6-7; Marcos 11:24; Efesios 6:18; Colosenses 4:2).

  4. La oración ha de hacerse por cosas lícitas, y por toda clase de hombres que viven, o que vivirán en el futuro (1 Timoteo 2:1-2; 2 Samuel 7:29); pero no por los muertos (2 Samuel 12:21-23), ni por aquellos de quienes se puede saber que han pecado el pecado de muerte (1 Juan 5:16).

  5. La lectura de las Escrituras (1 Timoteo 4:13), la predicación (2 Timoteo 4:2), y el oír la Palabra de Dios (Santiago 1:22; Hechos 10:33), el cantar salmos, himnos y cánticos espirituales al Señor (Colosenses 3:16; Efesios 5:19); como también la administración del bautismo (Mateo 28:19-20) y de la Cena del Señor (1 Corintios 11:26), son todas partes del culto religioso de Dios, que han de realizarse en obediencia a él, con entendimiento, fe, reverencia y temor piadoso.

  6. Ni la oración ni ninguna otra parte del culto religioso está ahora, bajo el evangelio, atada a ningún lugar en el cual se realice, o hacia el cual se dirija, ni hecha más aceptable por él (Juan 4:21); sino que Dios ha de ser adorado en todas partes en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24; Malaquías 1:11; 1 Timoteo 2:8); como en las familias privadas (Hechos 10:2) diariamente (Mateo 6:11; Salmo 55:17), y en secreto cada uno por sí mismo (Mateo 6:6); así, más solemnemente, en las asambleas públicas, las cuales no han de ser descuidada ni voluntariamente omitidas o abandonadas, cuando Dios, por su Palabra o providencia, llama a ello (Hebreos 10:25; Hechos 2:42).

  7. Así como es ley de la naturaleza que, en general, una proporción de tiempo, por designio de Dios, sea apartada para el culto de Dios, así, por su Palabra, en un mandamiento positivo, moral y perpetuo, que obliga a todos los hombres en todas las edades, él ha señalado particularmente un día de cada siete para un día de reposo que ha de ser guardado santo para él (Éxodo 20:8), el cual, desde el principio del mundo hasta la resurrección de Cristo, era el último día de la semana, y desde la resurrección de Cristo fue cambiado al primer día de la semana, que es llamado el día del Señor (1 Corintios 16:1-2; Hechos 20:7; Apocalipsis 1:10): y ha de continuarse hasta el fin del mundo como el reposo cristiano, quedando abolida la observancia del último día de la semana.

  8. El día de reposo es entonces guardado santo para el Señor, cuando los hombres, después de una debida preparación de sus corazones, y de ordenar de antemano sus asuntos comunes, no solo observan un santo reposo todo el día, de sus propias obras, palabras y pensamientos acerca de sus ocupaciones y recreaciones mundanas (Isaías 58:13; Nehemías 13:15-22), sino que también se ocupan todo el tiempo en los ejercicios públicos y privados de su culto, y en los deberes de necesidad y misericordia (Mateo 12:1-13).

Capítulo 23. De los juramentos y votos lícitos

  1. Un juramento lícito es una parte del culto religioso, en la cual la persona que jura, en verdad, justicia y juicio, solemnemente llama a Dios por testigo de lo que jura (Éxodo 20:7; Deuteronomio 10:20; Jeremías 4:2), y a que le juzgue según la verdad o falsedad de ello (2 Crónicas 6:22-23).

  2. El nombre de Dios es aquel único por el cual los hombres deben jurar; y en ello ha de ser usado con todo santo temor y reverencia; por tanto, jurar en vano o temerariamente por aquel nombre glorioso y temible, o jurar en absoluto por cualquier otra cosa, es pecaminoso, y ha de ser aborrecido (Mateo 5:34, 37; Santiago 5:12); pero así como en asuntos de peso e importancia, para la confirmación de la verdad, y para poner fin a toda contienda, un juramento es garantizado por la Palabra de Dios (Hebreos 6:16; 2 Corintios 1:23); así un juramento lícito, siendo impuesto por una autoridad lícita en tales asuntos, debe ser prestado (Nehemías 13:25).

  3. Todo aquel que presta un juramento garantizado por la Palabra de Dios, debe considerar debidamente la gravedad de acto tan solemne, y en ello no afirmar nada sino lo que sabe que es verdad; porque por juramentos temerarios, falsos y vanos, el Señor es provocado, y por ellos esta tierra se enluta (Levítico 19:12; Jeremías 23:10).

  4. Un juramento ha de tomarse en el sentido llano y común de las palabras, sin equívoco ni reserva mental (Salmo 24:4).

  5. Un voto, que no ha de hacerse a ninguna criatura, sino a Dios solamente, ha de hacerse y cumplirse con todo cuidado religioso y fidelidad (Salmo 76:11; Génesis 28:20-22); pero los votos monásticos papistas de celibato perpetuo (1 Corintios 7:2, 9), de pobreza profesada (Efesios 4:28), y de obediencia regular, están tan lejos de ser grados de mayor perfección, que son lazos supersticiosos y pecaminosos, en los cuales ningún cristiano puede enredarse (Mateo 19:11).

Capítulo 24. Del magistrado civil

  1. Dios, el supremo Señor y Rey de todo el mundo, ha ordenado magistrados civiles para que estén bajo él, sobre el pueblo, para su propia gloria y el bien público; y para este fin los ha armado con el poder de la espada, para la defensa y el aliento de los que hacen el bien, y para el castigo de los que hacen el mal (Romanos 13:1-4).

  2. Es lícito para los cristianos aceptar y ejercer el oficio de magistrado cuando son llamados a ello; en el desempeño del cual, así como deben especialmente mantener la justicia y la paz, según las sanas leyes de cada reino y comunidad, así también, para ese fin, pueden lícitamente ahora, bajo el Nuevo Testamento, hacer guerra en ocasiones justas y necesarias (2 Samuel 23:3; Salmo 82:3-4; Lucas 3:14).

  3. Siendo los magistrados civiles establecidos por Dios para los fines antes dichos; la sujeción, en todas las cosas lícitas mandadas por ellos, debe ser prestada por nosotros en el Señor, no solo por causa de la ira, sino también por causa de la conciencia (Romanos 13:5-7; 1 Pedro 2:17); y debemos hacer súplicas y oraciones por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que bajo ellos podamos vivir una vida quieta y pacífica, en toda piedad y honestidad (1 Timoteo 2:1-2).

Capítulo 25. Del matrimonio

  1. El matrimonio ha de ser entre un hombre y una mujer; ni es lícito para ningún hombre tener más de una esposa, ni para ninguna mujer tener más de un esposo al mismo tiempo (Génesis 2:24; Malaquías 2:15; Mateo 19:5-6).

  2. El matrimonio fue ordenado para la mutua ayuda del esposo y la esposa (Génesis 2:18), para el aumento del género humano con una descendencia legítima (Génesis 1:28), y para evitar la impureza (1 Corintios 7:2, 9).

  3. Es lícito para toda clase de personas casarse, que son capaces con juicio de dar su consentimiento (Hebreos 13:4; 1 Timoteo 4:3); pero es deber de los cristianos casarse en el Señor (1 Corintios 7:39); y por tanto, los que profesan la verdadera religión no deben casarse con infieles, o idólatras; ni deben los piadosos unirse en yugo desigual, casándose con tales como son malvados en su vida, o mantienen herejía condenable (Nehemías 13:25-27).

  4. El matrimonio no debe ser dentro de los grados de consanguinidad o afinidad prohibidos en la Palabra (Levítico 18); ni pueden tales matrimonios incestuosos jamás ser hechos lícitos, por ninguna ley de hombre o consentimiento de las partes, de modo que aquellas personas puedan vivir juntas como marido y mujer (Marcos 6:18; 1 Corintios 5:1).

Capítulo 26. De la iglesia

  1. La iglesia católica o universal, que (con respecto a la obra interior del Espíritu y la verdad de la gracia) puede ser llamada invisible, consiste en el número entero de los elegidos, que han sido, son o serán reunidos en uno, bajo Cristo, la Cabeza de ella; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo (Hebreos 12:23; Colosenses 1:18; Efesios 1:10, 22-23; Efesios 5:23, 27, 32).

  2. Todas las personas por todo el mundo, que profesan la fe del evangelio, y la obediencia a Dios por Cristo según ella, sin destruir su propia profesión por errores que trastornan el fundamento, o por impureza de conducta, son y pueden ser llamadas santos visibles (1 Corintios 1:2; Hechos 11:26); y de tales deben constituirse todas las congregaciones particulares (Romanos 1:7; Efesios 1:20-22).

  3. Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas a mezcla y error (1 Corintios 5; Apocalipsis 2; Apocalipsis 3); y algunas han degenerado de tal manera que han llegado a no ser iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás (Apocalipsis 18:2; 2 Tesalonicenses 2:11-12); no obstante, Cristo siempre ha tenido, y siempre tendrá, un reino en este mundo, hasta el fin del mismo, de tales como creen en él, y hacen profesión de su nombre (Mateo 16:18; Salmo 72:17; Salmo 102:28; Apocalipsis 12:17).

  4. El Señor Jesucristo es la Cabeza de la iglesia, en quien, por el nombramiento del Padre, todo poder para el llamamiento, institución, orden o gobierno de la iglesia está investido de una manera suprema y soberana (Colosenses 1:18; Mateo 28:18-20; Efesios 4:11-12); ni puede el Papa de Roma en ningún sentido ser cabeza de ella, sino que es aquel Anticristo, aquel hombre de pecado e hijo de perdición, que se exalta a sí mismo en la iglesia contra Cristo, y contra todo lo que se llama Dios; a quien el Señor destruirá con el resplandor de su venida (2 Tesalonicenses 2:2-9).

  5. En la ejecución de este poder con el cual está así encomendado, el Señor Jesús llama del mundo hacia sí mismo, por medio del ministerio de su Palabra, por su Espíritu, a aquellos que le son dados por su Padre (Juan 10:16; Juan 12:32), para que anden delante de él en todos los caminos de obediencia, los cuales él les prescribe en su Palabra (Mateo 28:20). A los así llamados, les manda andar juntos en sociedades particulares, o iglesias, para su mutua edificación, y el debido cumplimiento de aquel culto público que él requiere de ellos en el mundo (Mateo 18:15-20).

  6. Los miembros de estas iglesias son santos por llamamiento, que manifiestan y evidencian visiblemente (en y por su profesión y conducta) su obediencia a aquel llamamiento de Cristo (Romanos 1:7; 1 Corintios 1:2); y consienten voluntariamente en andar juntos, según el nombramiento de Cristo; entregándose a sí mismos al Señor, y unos a otros, por la voluntad de Dios, en profesada sujeción a las ordenanzas del evangelio (Hechos 2:41-42; Hechos 5:13-14; 2 Corintios 9:13).

  7. A cada una de estas iglesias así reunidas, según su mente declarada en su Palabra, él ha dado todo aquel poder y autoridad que es de algún modo necesario para llevar a cabo aquel orden en el culto y la disciplina que él ha instituido para que ellas observen; con mandamientos y reglas para el debido y recto ejercicio y ejecución de aquel poder (Mateo 18:17-18; 1 Corintios 5:4-5, 13; 2 Corintios 2:6-8).

  8. Una iglesia particular, reunida y completamente organizada según la mente de Cristo, consiste en oficiales y miembros; y los oficiales nombrados por Cristo para ser escogidos y apartados por la iglesia (así llamada y reunida), para la peculiar administración de las ordenanzas, y ejecución del poder o deber que él les encomienda, o al cual los llama, para que continúen hasta el fin del mundo, son obispos o ancianos, y diáconos (Hechos 20:17, 28; Filipenses 1:1).

  9. La manera señalada por Cristo para el llamamiento de cualquier persona, apta y dotada por el Espíritu Santo, al oficio de obispo o anciano en una iglesia, es que sea escogida para ello por el común sufragio de la iglesia misma (Hechos 14:23); y solemnemente apartada por ayuno y oración, con imposición de manos del presbiterio de la iglesia, si hubiere alguno constituido de antemano en ella (1 Timoteo 4:14); y en cuanto a un diácono, que sea escogido por el mismo sufragio, y apartado por oración, y la misma imposición de manos (Hechos 6:3, 5-6).

  10. Siendo la obra de los pastores atender constantemente al servicio de Cristo, en sus iglesias, en el ministerio de la Palabra y la oración, velando por sus almas, como quienes han de dar cuenta a él (Hechos 6:4; Hebreos 13:17); incumbe a las iglesias a las cuales ministran, no solo darles todo el debido respeto, sino también comunicarles de todos sus bienes según su capacidad (1 Timoteo 5:17-18; Gálatas 6:6-7), de modo que tengan un sustento cómodo, sin verse ellos mismos enredados en asuntos seculares (2 Timoteo 2:4); y puedan también ser capaces de ejercer la hospitalidad para con otros (1 Timoteo 3:2); y esto es requerido por la ley de la naturaleza, y por la orden expresa de nuestro Señor Jesús, quien ha ordenado que los que predican el evangelio vivan del evangelio (1 Corintios 9:6-14).

  11. Aunque incumba a los obispos o pastores de las iglesias estar dedicados a la predicación de la Palabra, por vía de oficio, sin embargo la obra de predicar la Palabra no está tan peculiarmente confinada a ellos que otros también, dotados y aptos por el Espíritu Santo para ello, y aprobados y llamados por la iglesia, no puedan y no deban realizarla (Hechos 11:19-21; 1 Pedro 4:10-11).

  12. Así como todos los creyentes están obligados a unirse a iglesias particulares, cuando y donde tienen oportunidad de hacerlo; así todos los que son admitidos a los privilegios de una iglesia están también bajo las censuras y el gobierno de la misma, según la regla de Cristo (1 Tesalonicenses 5:14; 2 Tesalonicenses 3:6, 14-15).

  13. Ningún miembro de la iglesia, por cualquier ofensa que tome, habiendo cumplido su deber requerido de él para con la persona por quien está ofendido, debe perturbar ningún orden de la iglesia, o ausentarse de las asambleas de la iglesia, o de la administración de cualquier ordenanza, por causa de tal ofensa a cualquiera de sus consiervos, sino esperar en Cristo, en el ulterior proceder de la iglesia (Mateo 18:15-17; Efesios 4:2-3).

  14. Así como cada iglesia, y todos los miembros de ella, están obligados a orar continuamente por el bien y la prosperidad de todas las iglesias de Cristo (Efesios 6:18; Salmo 122:6), en todos los lugares, y en todas las ocasiones, a ayudar a cada uno dentro de sus respectivos lugares y llamamientos; así las iglesias, cuando son plantadas por la providencia de Dios, de modo que puedan gozar de oportunidad y ventaja para ello, deben mantener comunión entre sí, para su paz, aumento de amor y mutua edificación (Romanos 16:1-2; 3 Juan 1:8-10).

  15. En casos de dificultades o diferencias, ya sea en punto de doctrina o de administración, en las cuales estén concernidas las iglesias en general, o cualquier iglesia, en su paz, unión y edificación; o cualquier miembro o miembros de cualquier iglesia sean perjudicados, en o por cualesquiera procedimientos en censuras no conformes con la verdad y el orden: es según la mente de Cristo que muchas iglesias que mantienen comunión juntas, por medio de sus mensajeros, se reúnan para considerar, y dar su consejo en o acerca de aquel asunto en diferencia, para ser reportado a todas las iglesias concernidas (Hechos 15:2, 4, 6, 22-23, 25); no obstante, estos mensajeros reunidos no están encomendados con ningún poder eclesiástico propiamente llamado así; ni con ninguna jurisdicción sobre las iglesias mismas, para ejercer censuras ya sea sobre iglesias o personas; o para imponer su determinación sobre las iglesias u oficiales (2 Corintios 1:24; 1 Juan 4:1).

Capítulo 27. De la comunión de los santos

  1. Todos los santos que están unidos a Jesucristo, su Cabeza, por su Espíritu y por la fe, aunque no son hechos por ello una persona con él, tienen comunión en sus gracias, sufrimientos, muerte, resurrección y gloria (1 Juan 1:3; Juan 1:16; Filipenses 3:10; Romanos 6:5-6); y, estando unidos unos a otros en amor, tienen comunión en los dones y gracias de cada uno (Efesios 4:15-16; 1 Corintios 12:7; 1 Corintios 3:21-23), y están obligados al cumplimiento de tales deberes, públicos y privados, de una manera ordenada, como conducen a su mutuo bien, tanto en el hombre interior como en el exterior (1 Tesalonicenses 5:11, 14; Romanos 1:12; 1 Juan 3:17-18; Gálatas 6:10).

  2. Los santos por profesión están obligados a mantener una santa comunión y confraternidad en el culto de Dios, y en el cumplimiento de tales otros servicios espirituales como tienden a su mutua edificación (Hebreos 10:24-25; Hebreos 3:12-13); como también en socorrerse unos a otros en las cosas exteriores según sus diversas capacidades y necesidades (Hechos 11:29-30); la cual comunión, según la regla del evangelio, aunque especialmente ha de ser ejercida por ellos, en la relación en la cual están, ya sea en las familias (Efesios 6:4) o en las iglesias (1 Corintios 12:14-27), sin embargo, según Dios ofrece oportunidad, ha de extenderse a toda la familia de la fe, aun a todos aquellos que en todo lugar invocan el nombre del Señor Jesús; no obstante, su comunión unos con otros como santos no quita ni menoscaba el título o la propiedad que cada hombre tiene en sus bienes y posesiones (Hechos 5:4; Efesios 4:28).

Capítulo 28. Del bautismo y de la Cena del Señor

  1. El bautismo y la Cena del Señor son ordenanzas de institución positiva y soberana, señaladas por el Señor Jesús, el único Legislador, para ser continuadas en su iglesia hasta el fin del mundo (Mateo 28:19-20; 1 Corintios 11:26).

  2. Estas santas instituciones han de ser administradas solamente por aquellos que están calificados y llamados a ello, según la comisión de Cristo (Mateo 28:19; 1 Corintios 4:1).

Capítulo 29. Del bautismo

  1. El bautismo es una ordenanza del Nuevo Testamento, ordenada por Jesucristo, para ser, para la parte bautizada, una señal de su comunión con él, en su muerte y resurrección; de su ser injertado en él (Romanos 6:3-5; Colosenses 2:12; Gálatas 3:27); de la remisión de los pecados (Marcos 1:4; Hechos 22:16); y de su entrega a Dios, por medio de Jesucristo, para vivir y andar en novedad de vida (Romanos 6:4).

  2. Aquellos que realmente profesan arrepentimiento para con Dios, fe en, y obediencia a, nuestro Señor Jesucristo, son los únicos sujetos propios de esta ordenanza (Marcos 16:16; Hechos 8:36-37; Hechos 2:41; Hechos 8:12; Hechos 18:8).

  3. El elemento externo que ha de usarse en esta ordenanza es el agua, en la cual la parte ha de ser bautizada, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mateo 28:19-20; Hechos 8:38).

  4. La inmersión, o sumergimiento de la persona en agua, es necesaria para la debida administración de esta ordenanza (Mateo 3:16; Juan 3:23).

Capítulo 30. De la Cena del Señor

  1. La Cena del Señor Jesús fue instituida por él la misma noche en que fue entregado, para ser observada en sus iglesias, hasta el fin del mundo, para el perpetuo recuerdo, y la manifestación del sacrificio de sí mismo en su muerte (1 Corintios 11:23-26), la confirmación de la fe de los creyentes en todos los beneficios de ella, su nutrición espiritual, y crecimiento en él, su ulterior compromiso en, y con, todos los deberes que le deben; y para ser un vínculo y prenda de su comunión con él, y unos con otros (1 Corintios 10:16-17, 21).

  2. En esta ordenanza Cristo no es ofrecido a su Padre, ni se hace ningún sacrificio real en absoluto por la remisión del pecado de los vivos o de los muertos, sino solamente un memorial de aquel único ofrecimiento de sí mismo por sí mismo sobre la cruz, una vez para siempre (Hebreos 9:25-26, 28); y una oblación espiritual de toda la alabanza posible a Dios por el mismo (1 Corintios 11:24; Mateo 26:26-27). De modo que el sacrificio papista de la misa, como ellos lo llaman, es sumamente abominable, injurioso al único y propio sacrificio de Cristo, la única propiciación por todos los pecados de los elegidos.

  3. El Señor Jesús ha, en esta ordenanza, nombrado a sus ministros para orar, y bendecir los elementos del pan y del vino, y por ello apartarlos de un uso común a un uso santo, y tomar y partir el pan; tomar la copa, y, comunicando también ellos mismos, dar ambos a los comulgantes (1 Corintios 11:23-26).

  4. La negación de la copa al pueblo, el adorar los elementos, el elevarlos, o llevarlos de un lado a otro para su adoración, y el reservarlos para cualquier pretendido uso religioso, son todos contrarios a la naturaleza de esta ordenanza, y a la institución de Cristo (Mateo 26:26-28; Mateo 15:9; Éxodo 20:4-5).

  5. Los elementos externos en esta ordenanza, debidamente apartados para el uso ordenado por Cristo, tienen tal relación con él crucificado, que verdaderamente, aunque en términos usados figuradamente, son a veces llamados por los nombres de las cosas que representan, a saber, el cuerpo y la sangre de Cristo (1 Corintios 11:27), aunque, en sustancia y naturaleza, permanecen todavía verdadera y únicamente pan y vino, como lo eran antes (1 Corintios 11:26-28).

  6. Aquella doctrina que sostiene un cambio de la sustancia del pan y del vino, en la sustancia del cuerpo y de la sangre de Cristo, comúnmente llamada transubstanciación, por la consagración de un sacerdote, o por cualquier otro modo, es repugnante no solo a la Escritura (Hechos 3:21; Lucas 24:6, 39), sino aun al sentido común y a la razón, trastorna la naturaleza de la ordenanza, y ha sido, y es, la causa de múltiples supersticiones, más aún, de groseras idolatrías (1 Corintios 11:24-25).

  7. Los receptores dignos, participando externamente de los elementos visibles en esta ordenanza, entonces también reciben interiormente por la fe, real y verdaderamente, aunque no carnal y corporalmente, sino espiritualmente, y se alimentan de Cristo crucificado, y de todos los beneficios de su muerte; estando entonces el cuerpo y la sangre de Cristo, no corporal o carnalmente, sino espiritualmente presentes a la fe de los creyentes en aquella ordenanza, como los elementos mismos lo están a sus sentidos externos (1 Corintios 10:16; 1 Corintios 11:23-26).

  8. Todas las personas ignorantes e impías, así como son ineptas para gozar de comunión con Cristo, así son indignas de la Mesa del Señor, y no pueden, sin gran pecado contra él, mientras permanezcan tales, participar de estos santos misterios, o ser admitidas a ellos (2 Corintios 6:14-15; 1 Corintios 11:29; Mateo 7:6).

Capítulo 31. Del estado del hombre después de la muerte y de la resurrección de los muertos

  1. Los cuerpos de los hombres después de la muerte vuelven al polvo, y ven corrupción (Génesis 3:19; Hechos 13:36); pero sus almas, que ni mueren ni duermen, teniendo una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente a Dios que las dio (Eclesiastés 12:7). Las almas de los justos, siendo entonces hechas perfectas en santidad, son recibidas en el paraíso, donde están con Cristo, y contemplan el rostro de Dios en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos (Lucas 23:43; 2 Corintios 5:1, 6, 8; Filipenses 1:23; Hebreos 12:23); y las almas de los malvados son arrojadas al infierno; donde permanecen en tormento y tinieblas absolutas, reservadas para el juicio del gran día (Judas 1:6-7; 1 Pedro 3:19; Lucas 16:23-24); además de estos dos lugares, para las almas separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ninguno.

  2. En el último día, aquellos de los santos que sean hallados vivos no morirán, sino que serán transformados (1 Corintios 15:51-52; 1 Tesalonicenses 4:17); y todos los muertos serán resucitados con los mismísimos cuerpos, y no otros (Job 19:26-27), aunque con diferentes cualidades, los cuales serán unidos de nuevo a sus almas para siempre (1 Corintios 15:42-43).

  3. Los cuerpos de los injustos serán, por el poder de Cristo, resucitados para deshonra; los cuerpos de los justos, por su Espíritu, para honra, y serán hechos conformes a su propio cuerpo glorioso (Hechos 24:15; Juan 5:28-29; Filipenses 3:21).

Capítulo 32. Del juicio final

  1. Dios ha señalado un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por Jesucristo (Hechos 17:31; Juan 5:22, 27); a quien todo poder y juicio es dado por el Padre; en cuyo día, no solo los ángeles apóstatas serán juzgados (1 Corintios 6:3; Judas 1:6), sino que asimismo todas las personas que han vivido sobre la tierra comparecerán ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y obras, y para recibir conforme a lo que hayan hecho en el cuerpo, sea bueno o malo (2 Corintios 5:10; Eclesiastés 12:14; Mateo 12:36; Romanos 14:10, 12; Mateo 25:32-46).

  2. El fin del señalamiento de Dios de este día es para la manifestación de la gloria de su misericordia, en la salvación eterna de los elegidos; y de su justicia, en la condenación eterna de los réprobos, que son malvados y desobedientes (Romanos 9:22-23); porque entonces los justos irán a la vida eterna, y recibirán aquella plenitud de gozo y gloria con eterno galardón, en la presencia del Señor; pero los malvados, que no conocen a Dios, y no obedecen el evangelio de Jesucristo, serán arrojados a los tormentos eternos (Mateo 25:21, 34; 2 Timoteo 4:8; Mateo 25:46; Marcos 9:48; 2 Tesalonicenses 1:7-10), y castigados con perdición eterna, de la presencia del Señor, y de la gloria de su poder.

  3. Así como Cristo quiere que estemos ciertamente persuadidos de que habrá un día de juicio, tanto para disuadir a todos los hombres del pecado (2 Corintios 5:10-11), como para la mayor consolación de los piadosos en su adversidad (2 Tesalonicenses 1:5-7), así también quiere que aquel día sea desconocido para los hombres, a fin de que se despojen de toda seguridad carnal, y estén siempre vigilantes, porque no saben a qué hora vendrá el Señor (Marcos 13:35-37; Lucas 12:35-40), y estén siempre preparados para decir: Ven, Señor Jesús; ven pronto (Apocalipsis 22:20). Amén.