The Westminster Confession of Faith was produced by the Westminster Assembly of Divines, which met from 1643 to 1653 at Westminster Abbey in London. Commissioned by the English Parliament, the Assembly included 121 Puritan clergymen, 30 laymen, and Scottish commissioners. The Confession, along with the Larger and Shorter Catechisms, became the doctrinal standard for Presbyterian and Reformed churches worldwide.
Estudie esto con GraceHavenAcordada por la Asamblea de Teólogos en Westminster, con la asistencia de Comisionados de la Iglesia de Escocia, como parte de la Uniformidad Pactada en la Religión entre las Iglesias de Cristo en los Reinos de Escocia, Inglaterra e Irlanda.
Aunque la luz de la naturaleza y las obras de la creación y de la providencia manifiestan de tal manera la bondad, la sabiduría y el poder de Dios, que dejan a los hombres inexcusables (Romanos 1:19-20; Romanos 2:14-15; Salmo 19:1-3); sin embargo, no son suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación (1 Corintios 1:21; 1 Corintios 2:13-14). Por tanto, agradó al Señor, en diversas ocasiones y de diversas maneras, revelarse a sí mismo y declarar aquella su voluntad a su iglesia (Hebreos 1:1); y después, para la mejor preservación y propagación de la verdad, y para el más seguro establecimiento y consuelo de la iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, consignarla enteramente por escrito (Proverbios 22:19-21; Lucas 1:3-4; Romanos 15:4; Mateo 4:4, 7, 10; Isaías 8:19-20): lo cual hace que la Santa Escritura sea sumamente necesaria (2 Timoteo 3:15; 2 Pedro 1:19); habiendo cesado ya aquellos modos anteriores por los cuales Dios revelaba su voluntad a su pueblo (Hebreos 1:1-2).
Bajo el nombre de Santa Escritura, o Palabra de Dios escrita, se hallan ahora contenidos todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, los cuales son estos: el Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes, 2 Reyes, 1 Crónicas, 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantares, Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, Malaquías; el Nuevo Testamento: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Los Hechos de los Apóstoles, Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 Tesalonicenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos, Santiago, 1 Pedro, 2 Pedro, 1 Juan, 2 Juan, 3 Juan, Judas, Apocalipsis. Todos los cuales son dados por inspiración de Dios para ser la regla de fe y de vida (Lucas 16:29, 31; Efesios 2:20; Apocalipsis 22:18-19; 2 Timoteo 3:16).
Los libros comúnmente llamados Apócrifos, no siendo de inspiración divina, no son parte del canon de la Escritura, y por tanto no tienen autoridad en la iglesia de Dios, ni deben ser aprobados ni empleados de otra manera que los demás escritos humanos (Lucas 24:27, 44; Romanos 3:2; 2 Pedro 1:21).
La autoridad de la Santa Escritura, por la cual debe ser creída y obedecida, no depende del testimonio de ningún hombre ni de ninguna iglesia, sino enteramente de Dios (que es la verdad misma), el autor de ella; y por tanto debe ser recibida, porque es la Palabra de Dios (2 Pedro 1:19, 21; 2 Timoteo 3:16; 1 Juan 5:9; 1 Tesalonicenses 2:13).
Podemos ser movidos e inducidos por el testimonio de la iglesia a una alta y reverente estima de la Santa Escritura (1 Timoteo 3:15). Y la celestialidad de su contenido, la eficacia de la doctrina, la majestad del estilo, el consentimiento de todas sus partes, el fin del conjunto (que es dar toda la gloria a Dios), el pleno descubrimiento que hace del único camino de la salvación del hombre, las muchas otras incomparables excelencias y su entera perfección son argumentos por los cuales ella da de sí misma abundante evidencia de ser la Palabra de Dios: sin embargo, nuestra plena persuasión y certeza de la verdad infalible y de la autoridad divina de ella provienen de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por medio de la Palabra y con ella en nuestros corazones (1 Juan 2:20, 27; Juan 16:13-14; 1 Corintios 2:10-12; Isaías 59:21).
Todo el consejo de Dios acerca de todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida, o está expresamente declarado en la Escritura, o por buena y necesaria consecuencia puede deducirse de la Escritura: a la cual nada ha de añadirse en tiempo alguno, ya sea por nuevas revelaciones del Espíritu, ya sea por tradiciones de los hombres (2 Timoteo 3:15-17; Gálatas 1:8-9; 2 Tesalonicenses 2:2). No obstante, reconocemos que la iluminación interior del Espíritu de Dios es necesaria para el entendimiento salvador de las cosas que se revelan en la Palabra (Juan 6:45; 1 Corintios 2:9-12): y que hay algunas circunstancias concernientes al culto de Dios y al gobierno de la iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de ordenarse por la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, según las reglas generales de la Palabra, que siempre han de observarse (1 Corintios 11:13-14; 1 Corintios 14:26, 40).
No todas las cosas en la Escritura son igualmente claras en sí mismas, ni igualmente claras para todos (2 Pedro 3:16): sin embargo, aquellas cosas que es necesario conocer, creer y observar para la salvación están tan claramente propuestas y expuestas en uno u otro lugar de la Escritura, que no solo los doctos, sino también los indoctos, en un debido uso de los medios ordinarios, pueden alcanzar un suficiente entendimiento de ellas (Salmo 119:105, 130).
El Antiguo Testamento en hebreo (que era la lengua nativa del pueblo de Dios de la antigüedad), y el Nuevo Testamento en griego (que, al tiempo de escribirse, era el más conocido generalmente entre las naciones), habiendo sido inspirados inmediatamente por Dios, y por su singular cuidado y providencia guardados puros en todas las edades, son por tanto auténticos (Mateo 5:18); de modo que, en todas las controversias de religión, la iglesia ha de apelar finalmente a ellos (Isaías 8:20; Hechos 15:15; Juan 5:39, 46). Pero, por cuanto estas lenguas originales no son conocidas de todo el pueblo de Dios, que tiene derecho e interés en las Escrituras, y a quien se manda, en el temor de Dios, leerlas y escudriñarlas (Juan 5:39), por tanto han de traducirse a la lengua vulgar de cada nación a la que lleguen (1 Corintios 14:6, 9, 11-12, 24, 27-28), para que, morando abundantemente la Palabra de Dios en todos, ellos le adoren de manera aceptable (Colosenses 3:16); y, por la paciencia y el consuelo de las Escrituras, tengan esperanza (Romanos 15:4).
La regla infalible de interpretación de la Escritura es la Escritura misma: y por tanto, cuando hay una cuestión acerca del sentido verdadero y pleno de cualquier Escritura (el cual no es múltiple, sino uno), ha de buscarse y conocerse por otros pasajes que hablen más claramente (2 Pedro 1:20-21; Hechos 15:15-16).
El juez supremo por el cual han de determinarse todas las controversias de religión, y examinarse todos los decretos de concilios, opiniones de escritores antiguos, doctrinas de hombres y espíritus privados, y en cuya sentencia hemos de descansar, no puede ser otro sino el Espíritu Santo hablando en la Escritura (Mateo 22:29, 31; Efesios 2:20; Hechos 28:25).
No hay sino un solo (Deuteronomio 6:4; 1 Corintios 8:4, 6) Dios vivo y verdadero (1 Tesalonicenses 1:9; Jeremías 10:10), que es infinito en su ser y perfección (Job 11:7-9; Job 26:14), un espíritu purísimo (Juan 4:24), invisible (1 Timoteo 1:17), sin cuerpo, partes (Deuteronomio 4:15-16; Juan 4:24; Lucas 24:39) ni pasiones (Hechos 14:11, 15); inmutable (Santiago 1:17; Malaquías 3:6), inmenso (1 Reyes 8:27; Jeremías 23:23-24), eterno (Salmo 90:2; 1 Timoteo 1:17), incomprensible (Salmo 145:3), todopoderoso (Génesis 17:1; Apocalipsis 4:8), sapientísimo (Romanos 16:27), santísimo (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8), libérrimo (Salmo 115:3), absolutísimo (Éxodo 3:14); que obra todas las cosas según el consejo de su propia voluntad inmutable y justísima (Efesios 1:11), para su propia gloria (Proverbios 16:4; Romanos 11:36); amantísimo (1 Juan 4:8, 16), clemente, misericordioso, sufrido, abundante en bondad y verdad, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado (Éxodo 34:6-7); el galardonador de los que le buscan diligentemente (Hebreos 11:6); y a la vez justísimo y terrible en sus juicios (Nehemías 9:32-33); que aborrece todo pecado (Salmo 5:5-6), y que de ningún modo tendrá por inocente al culpable (Nahúm 1:2-3; Éxodo 34:7).
Dios tiene toda vida (Juan 5:26), gloria (Hechos 7:2), bondad (Salmo 119:68) y bienaventuranza (1 Timoteo 6:15; Romanos 9:5) en sí mismo y de sí mismo; y es él solo, en sí mismo y para sí mismo, todosuficiente, sin necesitar de ninguna de las criaturas que ha hecho (Hechos 17:24-25), ni derivando de ellas gloria alguna (Job 22:2-3), sino solo manifestando su propia gloria en ellas, por ellas, a ellas y sobre ellas. Él es la sola fuente de todo ser, de quien, por quien y para quien son todas las cosas (Romanos 11:36); y tiene soberanísimo dominio sobre ellas, para hacer por ellas, para ellas o sobre ellas cuanto a él le plazca (Apocalipsis 4:11; 1 Timoteo 6:15; Daniel 4:25, 35). A su vista todas las cosas están abiertas y manifiestas (Hebreos 4:13); su conocimiento es infinito, infalible e independiente de la criatura (Romanos 11:33-34; Salmo 147:5), de modo que nada le es contingente ni incierto (Hechos 15:18; Ezequiel 11:5). Él es santísimo en todos sus consejos, en todas sus obras y en todos sus mandamientos (Salmo 145:17; Romanos 7:12). A él se le debe, de parte de los ángeles y de los hombres y de toda otra criatura, cualquier adoración, servicio u obediencia que a él le plazca requerir de ellos (Apocalipsis 5:12-14).
En la unidad de la Deidad hay tres personas, de una misma sustancia, poder y eternidad: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo (1 Juan 5:7; Mateo 3:16-17; Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14): el Padre no es de nadie, ni engendrado ni procedente; el Hijo es eternamente engendrado del Padre (Juan 1:14, 18); el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo (Juan 15:26; Gálatas 4:6).
Dios, desde toda la eternidad, por el sapientísimo y santísimo consejo de su propia voluntad, ordenó libre e inmutablemente todo cuanto acontece (Efesios 1:11; Romanos 11:33; Hebreos 6:17; Romanos 9:15, 18): sin embargo, de tal manera que por ello ni Dios es el autor del pecado (Santiago 1:13, 17; 1 Juan 1:5), ni se ofrece violencia a la voluntad de las criaturas, ni se quitan la libertad ni la contingencia de las causas segundas, sino que más bien se establecen (Hechos 2:23; Mateo 17:12; Hechos 4:27-28; Juan 19:11; Proverbios 16:33).
Aunque Dios conoce todo cuanto puede o podría acontecer bajo todas las condiciones supuestas (Hechos 15:18; 1 Samuel 23:11-12; Mateo 11:21, 23), sin embargo no ha decretado cosa alguna porque la previó como futura, o como aquello que había de acontecer bajo tales condiciones (Romanos 9:11, 13, 16, 18).
Por el decreto de Dios, para la manifestación de su gloria, algunos hombres y ángeles (1 Timoteo 5:21; Mateo 25:41) son predestinados para vida eterna, y otros preordenados para muerte eterna (Romanos 9:22-23; Efesios 1:5-6; Proverbios 16:4).
Estos ángeles y hombres, así predestinados y preordenados, están particular e inmutablemente designados, y su número es tan cierto y definido, que no puede ser ni aumentado ni disminuido (2 Timoteo 2:19; Juan 13:18).
A aquellos del género humano que son predestinados para vida, Dios, antes de la fundación del mundo, según su eterno e inmutable propósito y el secreto consejo y beneplácito de su voluntad, los ha escogido en Cristo para gloria eterna (Efesios 1:4, 9, 11; Romanos 8:30; 2 Timoteo 1:9; 1 Tesalonicenses 5:9), por su mera y libre gracia y amor, sin previsión alguna de fe, de buenas obras o de perseverancia en cualquiera de ellas, ni de ninguna otra cosa en la criatura, como condiciones o causas que le movieran a ello (Romanos 9:11, 13, 16; Efesios 1:4, 9); y todo para alabanza de su gloriosa gracia (Efesios 1:6, 12).
Así como Dios ha destinado a los elegidos para gloria, así también, por el eterno y libérrimo propósito de su voluntad, ha preordenado todos los medios para ello (1 Pedro 1:2; Efesios 1:4-5; Efesios 2:10; 2 Tesalonicenses 2:13). Por lo cual, los que son elegidos, habiendo caído en Adán, son redimidos por Cristo (1 Tesalonicenses 5:9-10; Tito 2:14), son eficazmente llamados a la fe en Cristo por su Espíritu que obra a su debido tiempo, son justificados, adoptados, santificados (Romanos 8:30; Efesios 1:5; 2 Tesalonicenses 2:13), y guardados por su poder, mediante la fe, para salvación (1 Pedro 1:5). Ni ningún otro es redimido por Cristo, eficazmente llamado, justificado, adoptado, santificado y salvado, sino solo los elegidos (Juan 17:9; Romanos 8:28-39; Juan 6:64-65; Juan 10:26; Juan 8:47; 1 Juan 2:19).
A Dios agradó pasar por alto al resto del género humano, según el inescrutable consejo de su propia voluntad, por el cual extiende o retiene la misericordia como le place, para la gloria de su soberano poder sobre sus criaturas; y ordenarlos a deshonra y a ira por su pecado, para alabanza de su gloriosa justicia (Mateo 11:25-26; Romanos 9:17-18, 21-22; 2 Timoteo 2:19-20; Judas 1:4; 1 Pedro 2:8).
La doctrina de este alto misterio de la predestinación ha de tratarse con especial prudencia y cuidado (Romanos 9:20; Romanos 11:33; Deuteronomio 29:29), para que los hombres, atendiendo a la voluntad de Dios revelada en su Palabra y prestándole obediencia, puedan, por la certeza de su vocación eficaz, estar seguros de su elección eterna (2 Pedro 1:10). Así esta doctrina proporcionará materia de alabanza, reverencia y admiración de Dios (Efesios 1:6; Romanos 11:33); y de humildad, diligencia y abundante consolación a todos los que sinceramente obedecen al evangelio (Romanos 11:5-6, 20; 2 Pedro 1:10; Romanos 8:33; Lucas 10:20).
Agradó a Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Hebreos 1:2; Juan 1:2-3; Génesis 1:2; Job 26:13; Job 33:4), para la manifestación de la gloria de su eterno poder, sabiduría y bondad (Romanos 1:20; Jeremías 10:12; Salmo 104:24; Salmo 33:5-6), en el principio, crear, o hacer de la nada, el mundo y todas las cosas que en él hay, ya sean visibles o invisibles, en el espacio de seis días; y todo muy bueno (Génesis 1; Hebreos 11:3; Colosenses 1:16; Hechos 17:24).
Después que Dios hubo hecho todas las demás criaturas, creó al hombre, varón y hembra (Génesis 1:27), con almas racionales e inmortales (Génesis 2:7; Eclesiastés 12:7; Lucas 23:43; Mateo 10:28), dotados de conocimiento, justicia y verdadera santidad, conforme a su propia imagen (Génesis 1:26; Colosenses 3:10; Efesios 4:24); teniendo la ley de Dios escrita en sus corazones (Romanos 2:14-15) y poder para cumplirla (Eclesiastés 7:29); y sin embargo bajo la posibilidad de transgredir, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad, que estaba sujeta a mudanza (Génesis 3:6; Eclesiastés 7:29). Además de esta ley escrita en sus corazones, recibieron un mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:17; Génesis 3:8-11, 23); el cual, mientras lo guardaron, fueron felices en su comunión con Dios y tuvieron dominio sobre las criaturas (Génesis 1:26, 28).
Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene (Hebreos 1:3), dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas, acciones y cosas (Daniel 4:34-35; Salmo 135:6; Hechos 17:25-26, 28; Job 38-41), desde la mayor hasta la menor (Mateo 10:29-31), por su sapientísima y santísima providencia (Proverbios 15:3; Salmo 104:24; Salmo 145:17), según su infalible presciencia (Hechos 15:18; Salmo 94:8-11) y el libre e inmutable consejo de su propia voluntad (Efesios 1:11; Salmo 33:10-11), para alabanza de la gloria de su sabiduría, poder, justicia, bondad y misericordia (Isaías 63:14; Efesios 3:10; Romanos 9:17; Génesis 45:7; Salmo 145:7).
Aunque, en relación con la presciencia y el decreto de Dios, la Causa primera, todas las cosas acontecen inmutable e infaliblemente (Hechos 2:23); sin embargo, por la misma providencia, él las dispone para que sucedan, según la naturaleza de las causas segundas, ya necesariamente, ya libremente, ya contingentemente (Génesis 8:22; Jeremías 31:35; Éxodo 21:13; Deuteronomio 19:5; 1 Reyes 22:28, 34; Isaías 10:6-7).
Dios, en su providencia ordinaria, se sirve de medios (Hechos 27:31, 44; Isaías 55:10-11; Oseas 2:21-22); sin embargo, es libre para obrar sin ellos (Oseas 1:7; Mateo 4:4; Job 34:10), por encima de ellos (Romanos 4:19-21) y contra ellos, según su beneplácito (2 Reyes 6:6; Daniel 3:27).
El poder todopoderoso, la inescrutable sabiduría y la infinita bondad de Dios se manifiestan de tal manera en su providencia, que ella se extiende aun hasta la primera caída y todos los demás pecados de los ángeles y de los hombres (Romanos 11:32-34; 2 Samuel 24:1; 1 Crónicas 21:1; 1 Reyes 22:22-23; 1 Crónicas 10:4, 13-14; 2 Samuel 16:10; Hechos 2:23; Hechos 4:27-28); y esto no por una mera permisión (Hechos 14:16), sino de tal modo que ha unido a ella una sapientísima y poderosa limitación (Salmo 76:10; 2 Reyes 19:28), y el ordenarlos y gobernarlos de otras maneras, en una múltiple dispensación, para sus propios santos fines (Génesis 50:20; Isaías 10:6-7, 12); pero de tal manera que la pecaminosidad de ellos procede solo de la criatura y no de Dios, quien, siendo santísimo y justísimo, ni es ni puede ser el autor ni el aprobador del pecado (Santiago 1:13-14, 17; 1 Juan 2:16; Salmo 50:21).
El sapientísimo, justísimo y clementísimo Dios muchas veces deja, por una temporada, a sus propios hijos a múltiples tentaciones y a la corrupción de sus propios corazones, para castigarlos por sus pecados anteriores, o para descubrirles la fuerza oculta de la corrupción y el engaño de sus corazones, a fin de que sean humillados (2 Crónicas 32:25-26, 31; 2 Samuel 24:1); y para elevarlos a una más estrecha y constante dependencia de él mismo para su sostén, y para hacerlos más vigilantes contra todas las ocasiones futuras de pecado, y para otros diversos fines justos y santos (2 Corintios 12:7-9; Salmo 73; Salmo 77:1, 10, 12; Marcos 14:66-72; Juan 21:15-17).
En cuanto a aquellos hombres malvados e impíos a quienes Dios, como Juez justo, por sus pecados anteriores, ciega y endurece (Romanos 1:24, 26, 28; Romanos 11:7-8), de ellos no solo retiene su gracia, por la cual pudieran haber sido iluminados en sus entendimientos y movidos en sus corazones (Deuteronomio 29:4), sino que a veces también les retira los dones que tenían (Mateo 13:12; Mateo 25:29) y los expone a aquellos objetos que su corrupción convierte en ocasiones de pecado (Deuteronomio 2:30; 2 Reyes 8:12-13); y, además, los entrega a sus propias concupiscencias, a las tentaciones del mundo y al poder de Satanás (Salmo 81:11-12; 2 Tesalonicenses 2:10-12); por lo cual sucede que se endurecen a sí mismos, aun bajo aquellos medios que Dios emplea para ablandar a otros (Éxodo 7:3; Éxodo 8:15, 32; 2 Corintios 2:15-16; Isaías 8:14; 1 Pedro 2:7-8; Isaías 6:9-10; Hechos 28:26-27).
Así como la providencia de Dios alcanza, en general, a todas las criaturas, así, de un modo muy especial, cuida de su iglesia y dispone todas las cosas para el bien de ella (1 Timoteo 4:10; Amós 9:8-9; Romanos 8:28; Isaías 43:3-5, 14).
Nuestros primeros padres, siendo seducidos por la sutileza y tentación de Satanás, pecaron al comer el fruto prohibido (Génesis 3:13; 2 Corintios 11:3). A Dios agradó, según su sabio y santo consejo, permitir este pecado suyo, habiendo propuesto ordenarlo para su propia gloria (Romanos 11:32-34).
Por este pecado cayeron de su justicia original y de su comunión con Dios (Génesis 3:6-8; Eclesiastés 7:29; Romanos 3:23), y así quedaron muertos en el pecado (Génesis 2:17; Efesios 2:1), y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo (Tito 1:15; Génesis 6:5; Jeremías 17:9; Romanos 3:10-18).
Siendo ellos la raíz de todo el género humano, la culpa de este pecado fue imputada (Génesis 1:27-28; Génesis 2:16-17; Hechos 17:26; Romanos 5:12, 15-19; 1 Corintios 15:21-22, 45, 49); y la misma muerte en el pecado y la naturaleza corrompida fueron transmitidas a toda su posteridad, que desciende de ellos por generación ordinaria (Salmo 51:5; Génesis 5:3; Job 14:4; Job 15:14).
De esta corrupción original, por la cual estamos totalmente indispuestos, inhabilitados y opuestos a todo bien (Romanos 5:6; Romanos 8:7; Romanos 7:18; Colosenses 1:21), y del todo inclinados a todo mal (Génesis 6:5; Génesis 8:21; Romanos 3:10-12), proceden todas las transgresiones actuales (Santiago 1:14-15; Efesios 2:2-3; Mateo 15:19).
Esta corrupción de la naturaleza permanece durante esta vida en los que son regenerados (1 Juan 1:8, 10; Romanos 7:14, 17-18, 23; Santiago 3:2; Proverbios 20:9; Eclesiastés 7:20); y aunque, por medio de Cristo, sea perdonada y mortificada, sin embargo tanto ella como todos sus movimientos son verdadera y propiamente pecado (Romanos 7:5, 7-8, 25; Gálatas 5:17).
Todo pecado, tanto original como actual, siendo una transgresión de la justa ley de Dios y contrario a ella (1 Juan 3:4), trae, por su propia naturaleza, culpa sobre el pecador (Romanos 2:15; Romanos 3:9, 19), por lo cual queda sujeto a la ira de Dios (Efesios 2:3) y a la maldición de la ley (Gálatas 3:10), y así hecho sujeto a la muerte (Romanos 6:23), con todas las miserias espirituales (Efesios 4:18), temporales (Romanos 8:20; Lamentaciones 3:39) y eternas (Mateo 25:41; 2 Tesalonicenses 1:9).
La distancia entre Dios y la criatura es tan grande, que aunque las criaturas racionales le deben obediencia como a su Creador, nunca pudieran tener disfrute alguno de él como su bienaventuranza y galardón, sino por alguna voluntaria condescendencia de parte de Dios, la cual ha tenido a bien expresar por vía de pacto (Isaías 40:13-17; Job 9:32-33; 1 Samuel 2:25; Salmo 113:5-6; Salmo 100:2-3; Job 22:2-3; Job 35:7-8; Lucas 17:10; Hechos 17:24-25).
El primer pacto hecho con el hombre fue un pacto de obras (Gálatas 3:12), en el cual se prometió vida a Adán, y en él a su posteridad (Romanos 10:5; Romanos 5:12-20), bajo la condición de una obediencia perfecta y personal (Génesis 2:17; Gálatas 3:10).
El hombre, por su caída, habiéndose hecho incapaz de vida por aquel pacto, agradó al Señor hacer un segundo (Gálatas 3:21; Romanos 8:3; Romanos 3:20-21; Génesis 3:15; Isaías 42:6), comúnmente llamado el pacto de gracia; en el cual ofrece libremente a los pecadores vida y salvación por Jesucristo, requiriéndoles fe en él para que sean salvos (Marcos 16:15-16; Juan 3:16; Romanos 10:6, 9; Gálatas 3:11), y prometiendo dar su Espíritu Santo a todos aquellos que son ordenados para vida eterna, a fin de hacerlos dispuestos y capaces de creer (Ezequiel 36:26-27; Juan 6:44-45).
Este pacto de gracia se presenta con frecuencia en la Escritura con el nombre de testamento, en referencia a la muerte de Jesucristo el Testador, y a la herencia eterna, con todas las cosas que le pertenecen, en él legadas (Hebreos 9:15-17; Hebreos 7:22; Lucas 22:20; 1 Corintios 11:25).
Este pacto fue administrado de manera diferente en el tiempo de la ley y en el tiempo del evangelio (2 Corintios 3:6-9): bajo la ley fue administrado por promesas, profecías, sacrificios, la circuncisión, el cordero pascual y otros tipos y ordenanzas entregados al pueblo de los judíos, todos los cuales prefiguraban a Cristo que había de venir (Hebreos 8-10; Romanos 4:11; Colosenses 2:11-12; 1 Corintios 5:7); los cuales eran, para aquel tiempo, suficientes y eficaces, mediante la operación del Espíritu, para instruir y edificar a los elegidos en la fe en el Mesías prometido (1 Corintios 10:1-4; Hebreos 11:13; Juan 8:56), por quien tuvieron plena remisión de pecados y salvación eterna; y se llama el Antiguo Testamento (Gálatas 3:7-9, 14).
Bajo el evangelio, cuando Cristo, la sustancia (Colosenses 2:17), fue manifestado, las ordenanzas en que se dispensa este pacto son la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos del Bautismo y de la Cena del Señor (Mateo 28:19-20; 1 Corintios 11:23-25): las cuales, aunque menores en número y administradas con más sencillez y menos gloria exterior, sin embargo, en ellas se presenta con más plenitud, evidencia y eficacia espiritual (Hebreos 12:22-27; Jeremías 31:33-34), a todas las naciones, tanto judíos como gentiles (Mateo 28:19; Efesios 2:15-19); y se llama el Nuevo Testamento (Lucas 22:20). No hay, por tanto, dos pactos de gracia que difieran en sustancia, sino uno y el mismo, bajo diversas dispensaciones (Gálatas 3:14, 16; Hechos 15:11; Romanos 3:21-23, 30; Salmo 32:1; Romanos 4:3, 6, 16-17, 23-24; Hebreos 13:8).
Agradó a Dios, en su eterno propósito, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, para ser el Mediador entre Dios y el hombre (Isaías 42:1; 1 Pedro 1:19-20; Juan 3:16; 1 Timoteo 2:5), el Profeta (Hechos 3:22), Sacerdote (Hebreos 5:5-6) y Rey (Salmo 2:6; Lucas 1:33), la Cabeza y Salvador de su iglesia (Efesios 5:23), el Heredero de todas las cosas (Hebreos 1:2) y Juez del mundo (Hechos 17:31): a quien dio desde toda la eternidad un pueblo, para ser su simiente (Juan 17:6; Salmo 22:30; Isaías 53:10), y para ser por él en el tiempo redimido, llamado, justificado, santificado y glorificado (1 Timoteo 2:6; Isaías 55:4-5; 1 Corintios 1:30).
El Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, de una misma sustancia e igual con el Padre, cuando vino el cumplimiento del tiempo, tomó sobre sí la naturaleza del hombre (Juan 1:1, 14; 1 Juan 5:20; Filipenses 2:6; Gálatas 4:4), con todas las propiedades esenciales y las flaquezas comunes de ella, pero sin pecado (Hebreos 2:14, 16-17; Hebreos 4:15); siendo concebido por el poder del Espíritu Santo, en el vientre de la virgen María, de la sustancia de ella (Lucas 1:27, 31, 35; Gálatas 4:4). De modo que dos naturalezas enteras, perfectas y distintas, la Deidad y la humanidad, fueron inseparablemente unidas en una sola persona, sin conversión, composición ni confusión (Lucas 1:35; Colosenses 2:9; Romanos 9:5; 1 Pedro 3:18; 1 Timoteo 3:16). Esta persona es verdadero Dios y verdadero hombre, pero un solo Cristo, el único Mediador entre Dios y el hombre (Romanos 1:3-4; 1 Timoteo 2:5).
El Señor Jesús, en su naturaleza humana así unida a la divina, fue santificado y ungido con el Espíritu Santo sin medida (Salmo 45:7; Juan 3:34), teniendo en sí todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Colosenses 2:3); en quien agradó al Padre que habitase toda plenitud (Colosenses 1:19); con el fin de que, siendo santo, inocente, sin mancha y lleno de gracia y de verdad (Hebreos 7:26; Juan 1:14), estuviese plenamente preparado para ejercer el oficio de Mediador y Fiador (Hechos 10:38; Hebreos 12:24; Hebreos 7:22). El cual oficio no tomó para sí mismo, sino que fue llamado a él por su Padre (Hebreos 5:4-5), quien puso todo poder y juicio en su mano y le dio mandamiento de ejercer el mismo (Juan 5:22, 27; Mateo 28:18; Hechos 2:36).
Este oficio lo emprendió el Señor Jesús con la mayor voluntad (Salmo 40:7-8; Hebreos 10:5-10; Juan 10:18; Filipenses 2:8); el cual, para poder desempeñarlo, fue hecho bajo la ley (Gálatas 4:4) y la cumplió perfectamente (Mateo 3:15; Mateo 5:17); soportó gravísimos tormentos directamente en su alma (Mateo 26:37-38; Lucas 22:44; Mateo 27:46) y dolorosísimos sufrimientos en su cuerpo (Mateo 26-27); fue crucificado y murió (Filipenses 2:8), fue sepultado y permaneció bajo el poder de la muerte, pero no vio corrupción (Hechos 2:23-24, 27; Hechos 13:37; Romanos 6:9). Al tercer día resucitó de entre los muertos (1 Corintios 15:3-5), con el mismo cuerpo en que padeció (Juan 20:25, 27), con el cual también ascendió al cielo y allí está sentado a la diestra de su Padre (Marcos 16:19), haciendo intercesión (Romanos 8:34; Hebreos 9:24; Hebreos 7:25); y ha de volver para juzgar a los hombres y a los ángeles al fin del mundo (Romanos 14:9-10; Hechos 1:11; Hechos 10:42; Mateo 13:40-42; Judas 1:6; 2 Pedro 2:4).
El Señor Jesús, por su perfecta obediencia y por el sacrificio de sí mismo, que él, por el Espíritu eterno, ofreció una vez a Dios, ha satisfecho plenamente la justicia de su Padre (Romanos 5:19; Hebreos 9:14, 16; Hebreos 10:14; Efesios 5:2; Romanos 3:25-26); y ha comprado, no solo la reconciliación, sino una herencia eterna en el reino de los cielos, para todos aquellos que el Padre le ha dado (Daniel 9:24, 26; Colosenses 1:19-20; Efesios 1:11, 14; Juan 17:2; Hebreos 9:12, 15).
Aunque la obra de la redención no fue realmente efectuada por Cristo sino hasta después de su encarnación, sin embargo la virtud, la eficacia y los beneficios de ella fueron comunicados a los elegidos en todas las edades sucesivamente desde el principio del mundo, en y por aquellas promesas, tipos y sacrificios en que fue revelado y señalado como la simiente de la mujer que había de herir la cabeza de la serpiente, y el Cordero inmolado desde el principio del mundo; siendo el mismo ayer y hoy y por los siglos (Gálatas 4:4-5; Génesis 3:15; 1 Pedro 1:10-11; Hebreos 13:8; Apocalipsis 13:8).
Cristo, en la obra de la mediación, obra según ambas naturalezas, haciendo cada naturaleza aquello que le es propio (Hebreos 9:14; 1 Pedro 3:18): sin embargo, por razón de la unidad de la persona, lo que es propio de una naturaleza a veces se atribuye en la Escritura a la persona denominada por la otra naturaleza (Hechos 20:28; Juan 3:13; 1 Juan 3:16).
A todos aquellos por quienes Cristo ha comprado la redención, cierta y eficazmente les aplica y comunica la misma (Juan 6:37, 39; Juan 10:15-16); haciendo intercesión por ellos (1 Juan 2:1-2; Romanos 8:34); y revelándoles, en y por la Palabra, los misterios de la salvación (Juan 15:13, 15; Efesios 1:7-9; Juan 17:6); persuadiéndolos eficazmente por su Espíritu a creer y a obedecer, y gobernando sus corazones por su Palabra y Espíritu (Juan 14:16; Hebreos 12:2; 2 Corintios 4:13; Romanos 8:9, 14; Romanos 15:18-19; Juan 17:17); venciendo a todos sus enemigos por su poder y sabiduría todopoderosos, de tal manera y por tales caminos como son más conformes a su maravillosa e inescrutable dispensación (Salmo 110:1; 1 Corintios 15:25-26; Malaquías 4:2-3; Colosenses 2:15).
Dios ha dotado a la voluntad del hombre de aquella libertad natural, por la cual no es forzada, ni determinada por ninguna necesidad absoluta de la naturaleza al bien o al mal (Mateo 17:12; Santiago 1:14; Deuteronomio 30:19).
El hombre, en su estado de inocencia, tenía libertad y poder para querer y hacer lo que era bueno y agradable a Dios (Eclesiastés 7:29; Génesis 1:26); pero de manera mudable, de modo que podía caer de él (Génesis 2:16-17; Génesis 3:6).
El hombre, por su caída en un estado de pecado, ha perdido enteramente toda capacidad de la voluntad para cualquier bien espiritual que acompañe a la salvación (Romanos 5:6; Romanos 8:7; Juan 15:5): de modo que un hombre natural, siendo del todo adverso a aquel bien (Romanos 3:10, 12) y muerto en el pecado (Efesios 2:1, 5; Colosenses 2:13), no es capaz, por sus propias fuerzas, de convertirse a sí mismo ni de prepararse para ello (Juan 6:44, 65; Efesios 2:2-5; 1 Corintios 2:14; Tito 3:3-5).
Cuando Dios convierte a un pecador y lo traslada al estado de gracia, lo libra de su servidumbre natural bajo el pecado (Colosenses 1:13; Juan 8:34, 36); y, por su sola gracia, lo capacita para querer y hacer libremente lo que es espiritualmente bueno (Filipenses 2:13; Romanos 6:18, 22); pero de tal manera que, por razón de su corrupción remanente, no quiere perfectamente, ni solamente, lo que es bueno, sino que también quiere lo que es malo (Gálatas 5:17; Romanos 7:15, 18-19, 21, 23).
La voluntad del hombre es hecha perfectamente e inmutablemente libre para el bien solamente, en el estado de gloria únicamente (Efesios 4:13; Hebreos 12:23; 1 Juan 3:2; Judas 1:24).
A todos aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, y solo a ellos, tiene a bien, en su tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente (Romanos 8:30; Romanos 11:7; Efesios 1:10-11), por su Palabra y Espíritu (2 Tesalonicenses 2:13-14; 2 Corintios 3:3, 6), sacándolos de aquel estado de pecado y muerte en que están por naturaleza, a la gracia y salvación por Jesucristo (Romanos 8:2; Efesios 2:1-5; 2 Timoteo 1:9-10); iluminando sus mentes espiritual y salvíficamente para entender las cosas de Dios (Hechos 26:18; 1 Corintios 2:10, 12; Efesios 1:17-18); quitando su corazón de piedra y dándoles un corazón de carne (Ezequiel 36:26); renovando sus voluntades, y, por su poder todopoderoso, determinándolos a lo que es bueno (Ezequiel 11:19; Filipenses 2:13; Deuteronomio 30:6; Ezequiel 36:27), y atrayéndolos eficazmente a Jesucristo (Efesios 1:19; Juan 6:44-45): pero de tal manera que vienen muy libremente, siendo hechos dispuestos por su gracia (Cantares 1:4; Salmo 110:3; Juan 6:37; Romanos 6:16-18).
Este llamamiento eficaz es de la libre y especial gracia de Dios solamente, no de cosa alguna prevista en el hombre (2 Timoteo 1:9; Tito 3:4-5; Efesios 2:4-5, 8-9; Romanos 9:11), quien es del todo pasivo en ello, hasta que, siendo vivificado y renovado por el Espíritu Santo (1 Corintios 2:14; Romanos 8:7; Efesios 2:5), es por ello capacitado para responder a este llamamiento y para abrazar la gracia ofrecida y comunicada en él (Juan 6:37; Ezequiel 36:27; Juan 5:25).
Los niños elegidos, que mueren en la infancia, son regenerados y salvados por Cristo, por medio del Espíritu (Lucas 18:15-16; Hechos 2:38-39; Juan 3:3, 5; 1 Juan 5:12; Romanos 8:9), quien obra cuando, donde y como le place (Juan 3:8): así también son regeneradas y salvadas todas las demás personas elegidas que son incapaces de ser llamadas exteriormente por el ministerio de la Palabra (1 Juan 5:12; Hechos 4:12).
Otros, no elegidos, aunque puedan ser llamados por el ministerio de la Palabra (Mateo 22:14) y puedan tener algunas operaciones comunes del Espíritu (Mateo 7:22; Mateo 13:20-21; Hebreos 6:4-5), sin embargo nunca vienen verdaderamente a Cristo y por tanto no pueden ser salvos (Juan 6:64-66; Juan 8:24): mucho menos pueden los hombres que no profesan la religión cristiana ser salvos de cualquier otra manera, por muy diligentes que sean en conformar sus vidas según la luz de la naturaleza y las leyes de aquella religión que profesan (Hechos 4:12; Juan 14:6; Efesios 2:12; Juan 4:22; Juan 17:3). Y afirmar y sostener que pueden serlo es muy pernicioso y ha de ser detestado (2 Juan 1:9-11; 1 Corintios 16:22; Gálatas 1:6-8).
A aquellos a quienes Dios llama eficazmente, también justifica libremente (Romanos 8:30; Romanos 3:24): no infundiendo justicia en ellos, sino perdonando sus pecados y contando y aceptando sus personas como justas; no por cosa alguna obrada en ellos ni hecha por ellos, sino solo por causa de Cristo; ni imputándoles la fe misma, el acto de creer, ni ninguna otra obediencia evangélica, como su justicia; sino imputándoles la obediencia y satisfacción de Cristo (Romanos 4:5-8; 2 Corintios 5:19, 21; Romanos 3:22, 24-25, 27-28; Tito 3:5, 7; Efesios 1:7; Jeremías 23:6; 1 Corintios 1:30-31; Romanos 5:17-19), recibiéndolo ellos y descansando en él y en su justicia por la fe; la cual fe no tienen de sí mismos, sino que es don de Dios (Hechos 10:43; Gálatas 2:16; Filipenses 3:9; Hechos 13:38-39; Efesios 2:7-8).
La fe, que así recibe a Cristo y descansa en él y en su justicia, es el único instrumento de la justificación (Juan 1:12; Romanos 3:28; Romanos 5:1): sin embargo, no está sola en la persona justificada, sino que siempre va acompañada de todas las demás gracias salvadoras, y no es una fe muerta, sino que obra por el amor (Santiago 2:17, 22, 26; Gálatas 5:6).
Cristo, por su obediencia y muerte, pagó plenamente la deuda de todos aquellos que son así justificados, e hizo una propia, real y plena satisfacción a la justicia de su Padre en favor de ellos (Romanos 5:8-10, 19; 1 Timoteo 2:5-6; Hebreos 10:10, 14; Daniel 9:24, 26; Isaías 53:4-6, 10-12). Sin embargo, por cuanto fue dado por el Padre por ellos (Romanos 8:32), y su obediencia y satisfacción aceptadas en lugar de ellos (2 Corintios 5:21; Mateo 3:17; Efesios 5:2), y ambas cosas libremente, no por cosa alguna en ellos; su justificación es solo de libre gracia (Romanos 3:24; Efesios 1:7); para que tanto la exacta justicia como la rica gracia de Dios fuesen glorificadas en la justificación de los pecadores (Romanos 3:26; Efesios 2:7).
Dios decretó, desde toda la eternidad, justificar a todos los elegidos (Gálatas 3:8; 1 Pedro 1:2, 19-20; Romanos 8:30); y Cristo, en el cumplimiento del tiempo, murió por sus pecados y resucitó para su justificación (Gálatas 4:4; 1 Timoteo 2:6; Romanos 4:25): no obstante, no son justificados hasta que el Espíritu Santo, a su debido tiempo, les aplica realmente a Cristo (Colosenses 1:21-22; Gálatas 2:16; Tito 3:4-7).
Dios continúa perdonando los pecados de los que son justificados (Mateo 6:12; 1 Juan 1:7, 9; 1 Juan 2:1-2); y, aunque nunca pueden caer del estado de justificación (Lucas 22:32; Juan 10:28; Hebreos 10:14), sin embargo pueden, por sus pecados, caer bajo el desagrado paternal de Dios, y no tener restaurada la luz de su rostro, hasta que se humillen, confiesen sus pecados, rueguen perdón y renueven su fe y arrepentimiento (Salmo 89:31-33; Salmo 51:7-12; Salmo 32:5; Mateo 26:75; 1 Corintios 11:30, 32; Lucas 1:20).
La justificación de los creyentes bajo el Antiguo Testamento era, en todos estos respectos, una y la misma con la justificación de los creyentes bajo el Nuevo Testamento (Gálatas 3:9, 13-14; Romanos 4:22-24; Hebreos 13:8).
Aquellos que son una vez eficazmente llamados y regenerados, teniendo un corazón nuevo y un espíritu nuevo creados en ellos, son además santificados, real y personalmente, por la virtud de la muerte y resurrección de Cristo (1 Corintios 6:11; Hechos 20:32; Filipenses 3:10; Romanos 6:5-6), por su Palabra y Espíritu que moran en ellos (Juan 17:17; Efesios 5:26; 2 Tesalonicenses 2:13): el dominio de todo el cuerpo del pecado es destruido (Romanos 6:6, 14), y sus diversas concupiscencias son cada vez más debilitadas y mortificadas (Gálatas 5:24; Romanos 8:13), y ellos son cada vez más vivificados y fortalecidos en todas las gracias salvadoras (Colosenses 1:11; Efesios 3:16-19), para la práctica de la verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor (2 Corintios 7:1; Hebreos 12:14).
Esta santificación es total, en todo el hombre (1 Tesalonicenses 5:23); sin embargo, imperfecta en esta vida, quedando todavía algunos remanentes de corrupción en cada parte (1 Juan 1:10; Romanos 7:18, 23; Filipenses 3:12); de donde surge una continua e irreconciliable guerra, codiciando la carne contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne (Gálatas 5:17; 1 Pedro 2:11).
En cuya guerra, aunque la corrupción remanente por un tiempo pueda prevalecer mucho (Romanos 7:23), sin embargo, por el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo, la parte regenerada vence (Romanos 6:14; 1 Juan 5:4; Efesios 4:15-16); y así los santos crecen en la gracia (2 Pedro 3:18; 2 Corintios 3:18), perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2 Corintios 7:1).
La gracia de la fe, por la cual los elegidos son capacitados para creer para la salvación de sus almas, es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones (2 Corintios 4:13; Efesios 1:17-19; Efesios 2:8), y ordinariamente es obrada por el ministerio de la Palabra (Romanos 10:14, 17); por la cual también, y por la administración de los sacramentos y la oración, es aumentada y fortalecida (1 Pedro 2:2; Hechos 20:32; Romanos 4:11; Lucas 17:5; Romanos 1:16-17).
Por esta fe, el cristiano cree que es verdadero cuanto se revela en la Palabra, por la autoridad de Dios mismo que habla en ella (Juan 4:42; 1 Tesalonicenses 2:13; 1 Juan 5:10; Hechos 24:14); y obra de manera diferente conforme a lo que cada pasaje particular de ella contiene, prestando obediencia a los mandamientos (Romanos 16:26), temblando ante las amenazas (Isaías 66:2) y abrazando las promesas de Dios para esta vida y para la venidera (Hebreos 11:13; 1 Timoteo 4:8). Pero los actos principales de la fe salvadora son aceptar, recibir y descansar en Cristo solamente para la justificación, la santificación y la vida eterna, en virtud del pacto de gracia (Juan 1:12; Hechos 16:31; Gálatas 2:20; Hechos 15:11).
Esta fe es diferente en grados, débil o fuerte (Hebreos 5:13-14; Romanos 4:19-20; Mateo 6:30; Mateo 8:10); puede ser a menudo y de muchas maneras asaltada y debilitada, pero alcanza la victoria (Lucas 22:31-32; Efesios 6:16; 1 Juan 5:4-5); creciendo en muchos hasta el logro de una plena certeza, por medio de Cristo (Hebreos 6:11-12; Hebreos 10:22; Colosenses 2:2), quien es tanto el autor como el consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2).
El arrepentimiento para vida es una gracia evangélica (Hechos 11:18; Zacarías 12:10), cuya doctrina ha de ser predicada por todo ministro del evangelio, así como la de la fe en Cristo (Lucas 24:47; Marcos 1:15; Hechos 20:21).
Por él, el pecador, al ver y sentir no solo el peligro, sino también la inmundicia y odiosidad de sus pecados, como contrarios a la santa naturaleza y a la justa ley de Dios; y al comprender su misericordia en Cristo para con los que son penitentes, de tal manera se duele de sus pecados y los aborrece, que se vuelve de todos ellos a Dios (Ezequiel 18:30-31; Ezequiel 36:31; Isaías 30:22; Salmo 51:4; Jeremías 31:18-19; Joel 2:12-13; Amós 5:15; Salmo 119:128; 2 Corintios 7:11), proponiéndose y esforzándose por andar con él en todos los caminos de sus mandamientos (Salmo 119:6, 59, 106; Lucas 1:6; 2 Reyes 23:25).
Aunque el arrepentimiento no ha de considerarse como satisfacción alguna por el pecado, ni causa alguna del perdón del mismo (Ezequiel 36:31-32; Ezequiel 16:61-63), el cual es el acto de la libre gracia de Dios en Cristo (Oseas 14:2, 4; Romanos 3:24; Efesios 1:7); sin embargo, es de tal necesidad para todos los pecadores, que ninguno puede esperar perdón sin él (Lucas 13:3, 5; Hechos 17:30-31).
Así como no hay pecado tan pequeño que no merezca condenación (Romanos 6:23; Romanos 5:12; Mateo 12:36), así no hay pecado tan grande que pueda traer condenación sobre aquellos que verdaderamente se arrepienten (Isaías 55:7; Romanos 8:1; Isaías 1:16, 18).
Los hombres no deben contentarse con un arrepentimiento general, sino que es deber de cada hombre esforzarse por arrepentirse de sus pecados particulares, particularmente (Salmo 19:13; Lucas 19:8; 1 Timoteo 1:13, 15).
Así como todo hombre está obligado a hacer confesión privada de sus pecados a Dios, rogando por el perdón de los mismos (Salmo 51:4-5, 7, 9, 14; Salmo 32:5-6); sobre lo cual, y el abandono de ellos, hallará misericordia (Proverbios 28:13; 1 Juan 1:9): así el que escandaliza a su hermano o a la iglesia de Cristo debe estar dispuesto, por una confesión privada o pública y dolor por su pecado, a declarar su arrepentimiento a los que fueron ofendidos (Santiago 5:16; Lucas 17:3-4; Josué 7:19; Salmo 51), quienes por ello han de reconciliarse con él y recibirlo en amor (2 Corintios 2:8).
Las buenas obras son solo aquellas que Dios ha mandado en su santa Palabra (Miqueas 6:8; Romanos 12:2; Hebreos 13:21), y no aquellas que, sin la autoridad de ella, son ideadas por los hombres, por celo ciego o bajo cualquier pretexto de buena intención (Mateo 15:9; Isaías 29:13; 1 Pedro 1:18; Romanos 10:2; Juan 16:2; 1 Samuel 15:21-23).
Estas buenas obras, hechas en obediencia a los mandamientos de Dios, son los frutos y evidencias de una fe verdadera y viva (Santiago 2:18, 22): y por ellas los creyentes manifiestan su gratitud (Salmo 116:12-13; 1 Pedro 2:9), fortalecen su certeza (1 Juan 2:3, 5; 2 Pedro 1:5-10), edifican a sus hermanos (2 Corintios 9:2; Mateo 5:16), adornan la profesión del evangelio (Tito 2:5, 9-12; 1 Timoteo 6:1), tapan la boca de los adversarios (1 Pedro 2:15) y glorifican a Dios (1 Pedro 2:12; Filipenses 1:11; Juan 15:8), de quien son hechura, creados en Cristo Jesús para ello (Efesios 2:10), a fin de que, teniendo su fruto para santidad, tengan por fin la vida eterna (Romanos 6:22).
Su capacidad para hacer buenas obras no es en modo alguno de sí mismos, sino enteramente del Espíritu de Cristo (Juan 15:4-6; Ezequiel 36:26-27). Y para que sean capacitados para ello, además de las gracias que ya han recibido, se requiere una influencia actual del mismo Espíritu Santo, para obrar en ellos el querer y el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:13; Filipenses 4:13; 2 Corintios 3:5): sin embargo, no han de volverse negligentes por ello, como si no estuvieran obligados a cumplir deber alguno sino por un especial movimiento del Espíritu; sino que deben ser diligentes en avivar la gracia de Dios que está en ellos (Filipenses 2:12; Hebreos 6:11-12; 2 Pedro 1:3, 5, 10-11; Isaías 64:7; 2 Timoteo 1:6; Hechos 26:6-7; Judas 1:20-21).
Aquellos que, en su obediencia, alcanzan la mayor altura posible en esta vida, están tan lejos de poder hacer obras de supererogación y de hacer más de lo que Dios requiere, que quedan cortos de mucho de lo que por deber están obligados a hacer (Lucas 17:10; Nehemías 13:22; Job 9:2-3; Gálatas 5:17).
No podemos por nuestras mejores obras merecer el perdón del pecado, ni la vida eterna de la mano de Dios, por razón de la gran desproporción que hay entre ellas y la gloria venidera, y de la infinita distancia que hay entre nosotros y Dios, a quien, por ellas, ni podemos aprovecharle ni satisfacer por la deuda de nuestros pecados anteriores (Romanos 3:20; Romanos 4:2, 4, 6; Efesios 2:8-9; Tito 3:5-7; Romanos 8:18; Salmo 16:2; Job 22:2-3; Job 35:7-8); sino que, cuando hemos hecho todo lo que podemos, no hemos hecho sino nuestro deber, y somos siervos inútiles (Lucas 17:10): y porque, en cuanto son buenas, proceden de su Espíritu (Gálatas 5:22-23); y en cuanto son obradas por nosotros, están contaminadas y mezcladas con tanta debilidad e imperfección, que no pueden resistir la severidad del juicio de Dios (Isaías 64:6; Gálatas 5:17; Romanos 7:15, 18; Salmo 143:2; Salmo 130:3).
No obstante, siendo las personas de los creyentes aceptadas por medio de Cristo, sus buenas obras también son aceptadas en él (Efesios 1:6; 1 Pedro 2:5; Éxodo 28:38; Génesis 4:4; Hebreos 11:4); no como si en esta vida fuesen del todo irreprochables e irreprensibles a la vista de Dios (Job 9:20; Salmo 143:2); sino que él, mirándolas en su Hijo, tiene a bien aceptar y galardonar lo que es sincero, aunque acompañado de muchas debilidades e imperfecciones (Hebreos 13:20-21; 2 Corintios 8:12; Hebreos 6:10; Mateo 25:21, 23).
Las obras hechas por hombres no regenerados, aunque en cuanto a la materia de ellas puedan ser cosas que Dios manda, y de buen uso tanto para ellos mismos como para otros (2 Reyes 10:30-31; 1 Reyes 21:27, 29; Filipenses 1:15-16, 18); sin embargo, porque no proceden de un corazón purificado por la fe (Génesis 4:5; Hebreos 11:4, 6), ni son hechas de manera recta, según la Palabra (1 Corintios 13:3; Isaías 1:12), ni para un fin recto, la gloria de Dios (Mateo 6:2, 5, 16), son por tanto pecaminosas, y no pueden agradar a Dios ni hacer a un hombre apto para recibir gracia de Dios (Hageo 2:14; Tito 1:15; Amós 5:21-22; Oseas 1:4; Romanos 9:16; Tito 3:5): y sin embargo, el descuido de ellas es más pecaminoso y desagradable a Dios (Salmo 14:4; Salmo 36:3; Job 21:14-15; Mateo 25:41-45; Mateo 23:23).
Aquellos a quienes Dios ha aceptado en su Amado, eficazmente llamados y santificados por su Espíritu, no pueden ni total ni finalmente caer del estado de gracia, sino que ciertamente perseverarán en él hasta el fin y serán eternamente salvos (Filipenses 1:6; 2 Pedro 1:10; Juan 10:28-29; 1 Juan 3:9; 1 Pedro 1:5, 9).
Esta perseverancia de los santos no depende de su propio libre albedrío, sino de la inmutabilidad del decreto de la elección, que fluye del libre e inmutable amor de Dios el Padre (2 Timoteo 2:18-19; Jeremías 31:3); de la eficacia del mérito y la intercesión de Jesucristo (Hebreos 10:10, 14; Hebreos 13:20-21; Hebreos 9:12-15; Romanos 8:33-39; Juan 17:11, 24; Lucas 22:32; Hebreos 7:25); de la permanencia del Espíritu y de la simiente de Dios dentro de ellos (Juan 14:16-17; 1 Juan 2:27; 1 Juan 3:9); y de la naturaleza del pacto de gracia (Jeremías 32:40): de todo lo cual surge también la certeza e infalibilidad de la misma (Juan 10:28; 2 Tesalonicenses 3:3; 1 Juan 2:19).
No obstante, pueden, por las tentaciones de Satanás y del mundo, por la prevalencia de la corrupción que permanece en ellos y por el descuido de los medios de su preservación, caer en pecados graves (Mateo 26:70, 72, 74); y, por un tiempo, continuar en ellos (Salmo 51:título, 14): por lo cual incurren en el desagrado de Dios (Isaías 64:5, 7, 9; 2 Samuel 11:27) y contristan a su Espíritu Santo (Efesios 4:30), llegan a ser privados de alguna medida de sus gracias y consuelos (Salmo 51:8, 10, 12; Apocalipsis 2:4; Cantares 5:2-4, 6), tienen sus corazones endurecidos (Isaías 63:17; Marcos 6:52; Marcos 16:14) y sus conciencias heridas (Salmo 32:3-4; Salmo 51:8), dañan y escandalizan a otros (2 Samuel 12:14) y traen juicios temporales sobre sí mismos (Salmo 89:31-32; 1 Corintios 11:32).
Aunque los hipócritas y otros hombres no regenerados puedan vanamente engañarse a sí mismos con falsas esperanzas y presunciones carnales de estar en el favor de Dios y en estado de salvación (Job 8:13-14; Miqueas 3:11; Deuteronomio 29:19; Juan 8:41) (cuya esperanza perecerá (Mateo 7:22-23)): sin embargo, aquellos que verdaderamente creen en el Señor Jesús y le aman con sinceridad, esforzándose por andar con toda buena conciencia delante de él, pueden, en esta vida, estar ciertamente seguros de que están en el estado de gracia (1 Juan 2:3; 1 Juan 3:14, 18-19, 21, 24; 1 Juan 5:13), y pueden regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios, cuya esperanza jamás los avergonzará (Romanos 5:2, 5).
Esta certeza no es una mera persuasión conjetural y probable fundada en una esperanza falible (Hebreos 6:11, 19); sino una infalible seguridad de fe fundada sobre la verdad divina de las promesas de la salvación (Hebreos 6:17-18), sobre la evidencia interior de aquellas gracias a las cuales estas promesas se hacen (2 Pedro 1:4-5, 10-11; 1 Juan 2:3; 1 Juan 3:14; 2 Corintios 1:12), sobre el testimonio del Espíritu de adopción, que da testimonio con nuestros espíritus de que somos hijos de Dios (Romanos 8:15-16); cuyo Espíritu es las arras de nuestra herencia, por el cual somos sellados para el día de la redención (Efesios 1:13-14; Efesios 4:30; 2 Corintios 1:21-22).
Esta infalible certeza no pertenece de tal manera a la esencia de la fe, que un verdadero creyente no pueda esperar largo tiempo y luchar con muchas dificultades antes de ser partícipe de ella (1 Juan 5:13; Isaías 50:10; Marcos 9:24; Salmo 88; Salmo 77:1-12): sin embargo, siendo capacitado por el Espíritu para conocer las cosas que le son libremente dadas de Dios, puede, sin revelación extraordinaria, en el recto uso de los medios ordinarios, alcanzarla (1 Corintios 2:12; 1 Juan 4:13; Hebreos 6:11-12; Efesios 3:17-19). Y por tanto es deber de cada uno poner toda diligencia para hacer firme su vocación y elección (2 Pedro 1:10), a fin de que por ello su corazón se ensanche en paz y gozo en el Espíritu Santo, en amor y gratitud a Dios y en fuerza y alegría en los deberes de la obediencia (Romanos 5:1-2, 5; Romanos 14:17; Romanos 15:13; Efesios 1:3-4; Salmo 4:6-7; Salmo 119:32), los frutos propios de esta certeza; tan lejos está de inclinar a los hombres a la disolución (1 Juan 2:1-2; Romanos 6:1-2; Tito 2:11-12, 14; 2 Corintios 7:1; Romanos 8:1, 12; 1 Juan 3:2-3; Salmo 130:4; 1 Juan 1:6-7).
Los verdaderos creyentes pueden tener la certeza de su salvación de diversas maneras sacudida, disminuida e interrumpida; como, por la negligencia en preservarla, por caer en algún pecado especial que hiere la conciencia y contrista al Espíritu; por alguna tentación repentina o vehemente, por retirar Dios la luz de su rostro y permitir que aun aquellos que le temen anden en tinieblas y no tengan luz (Cantares 5:2-3, 6; Salmo 51:8, 12, 14; Efesios 4:30-31; Salmo 77:1-10; Mateo 26:69-72; Salmo 31:22; Salmo 88; Isaías 50:10): sin embargo, nunca quedan del todo destituidos de aquella simiente de Dios y vida de fe, de aquel amor de Cristo y de los hermanos, de aquella sinceridad de corazón y conciencia del deber, de los cuales, por la operación del Espíritu, esta certeza puede, a su debido tiempo, ser reavivada (1 Juan 3:9; Lucas 22:32; Job 13:15; Salmo 73:15; Salmo 51:8, 12; Isaías 50:10); y por los cuales, entretanto, son sostenidos de la total desesperación (Miqueas 7:7-9; Jeremías 32:40; Isaías 54:7-10; Salmo 22:1; Salmo 88).
Dios dio a Adán una ley, como un pacto de obras, por la cual lo obligó a él y a toda su posteridad a una obediencia personal, entera, exacta y perpetua; le prometió vida por el cumplimiento de ella, y le amenazó con muerte por la transgresión de ella; y lo dotó de poder y capacidad para guardarla (Génesis 1:26-27; Génesis 2:17; Romanos 2:14-15; Romanos 10:5; Romanos 5:12, 19; Gálatas 3:10, 12; Eclesiastés 7:29; Job 28:28).
Esta ley, después de su caída, continuó siendo una regla perfecta de justicia; y, como tal, fue entregada por Dios sobre el monte Sinaí, en diez mandamientos, y escrita en dos tablas (Santiago 1:25; Santiago 2:8, 10-12; Romanos 13:8-9; Deuteronomio 5:32; Deuteronomio 10:4; Éxodo 34:1): conteniendo los primeros cuatro mandamientos nuestro deber para con Dios, y los otros seis nuestro deber para con el hombre (Mateo 22:37-40).
Además de esta ley, comúnmente llamada moral, agradó a Dios dar al pueblo de Israel, como una iglesia en su minoría de edad, leyes ceremoniales, que contenían varias ordenanzas típicas, en parte de culto, prefigurando a Cristo, sus gracias, acciones, sufrimientos y beneficios (Hebreos 9; Hebreos 10:1; Gálatas 4:1-3; Colosenses 2:17); y en parte, mostrando diversas instrucciones de deberes morales (1 Corintios 5:7; 2 Corintios 6:17; Judas 1:23). Todas las cuales leyes ceremoniales están ahora abrogadas, bajo el Nuevo Testamento (Colosenses 2:14, 16-17; Daniel 9:27; Efesios 2:15-16).
A ellos también, como un cuerpo político, les dio diversas leyes judiciales, las cuales expiraron juntamente con el Estado de aquel pueblo; no obligando ahora a ningún otro, más allá de lo que la equidad general de ellas pueda requerir (Éxodo 21; Éxodo 22:1-29; Génesis 49:10; 1 Pedro 2:13-14; Mateo 5:17, 38-39; 1 Corintios 9:8-10).
La ley moral obliga para siempre a todos, tanto a las personas justificadas como a las demás, a la obediencia de ella (Romanos 13:8-10; Efesios 6:2; 1 Juan 2:3-4, 7-8); y esto, no solo en consideración de la materia contenida en ella, sino también respecto de la autoridad de Dios el Creador, que la dio (Santiago 2:10-11). Ni Cristo, en el evangelio, disuelve en modo alguno esta obligación, sino que mucho la fortalece (Mateo 5:17-19; Santiago 2:8; Romanos 3:31).
Aunque los verdaderos creyentes no están bajo la ley, como un pacto de obras, para ser por ella justificados o condenados (Romanos 6:14; Gálatas 2:16; Gálatas 3:13; Gálatas 4:4-5; Hechos 13:39; Romanos 8:1); sin embargo, ella es de gran utilidad para ellos, así como para otros; en que, como regla de vida que les informa de la voluntad de Dios y de su deber, los dirige y obliga a andar conforme a ella (Romanos 7:12, 22, 25; Salmo 119:4-6; 1 Corintios 7:19; Gálatas 5:14, 16, 18-23); descubriendo también las pecaminosas contaminaciones de su naturaleza, de sus corazones y de sus vidas (Romanos 7:7; Romanos 3:20); de modo que, examinándose a sí mismos por ella, pueden llegar a una mayor convicción del pecado, humillación por él y aborrecimiento de él (Santiago 1:23-25; Romanos 7:9, 14, 24), junto con una más clara visión de la necesidad que tienen de Cristo y de la perfección de su obediencia (Gálatas 3:24; Romanos 7:24-25; Romanos 8:3-4). Es asimismo de utilidad para los regenerados, para refrenar sus corrupciones, en que prohíbe el pecado (Santiago 2:11; Salmo 119:101, 104, 128): y las amenazas de ella sirven para mostrar lo que aun sus pecados merecen, y qué aflicciones, en esta vida, pueden esperar por ellos, aunque libres de la maldición amenazada en la ley (Esdras 9:13-14; Salmo 89:30-34). Las promesas de ella, del mismo modo, les muestran la aprobación de Dios de la obediencia, y qué bendiciones pueden esperar sobre el cumplimiento de la misma (Levítico 26:1-14; 2 Corintios 6:16; Efesios 6:2-3; Salmo 37:11; Mateo 5:5; Salmo 19:11): aunque no como debidas a ellos por la ley como un pacto de obras (Gálatas 2:16; Lucas 17:10). De modo que, el hecho de que un hombre haga el bien y se abstenga del mal, porque la ley anima a lo uno y disuade de lo otro, no es evidencia de que esté bajo la ley y no bajo la gracia (Romanos 6:12, 14; 1 Pedro 3:8-12; Salmo 34:12-16; Hebreos 12:28-29).
Ni los usos mencionados de la ley son contrarios a la gracia del evangelio, sino que dulcemente concuerdan con ella (Gálatas 3:21); sometiendo y capacitando el Espíritu de Cristo la voluntad del hombre para hacer libre y alegremente lo que la voluntad de Dios, revelada en la ley, requiere que se haga (Ezequiel 36:27; Hebreos 8:10; Jeremías 31:33).
La libertad que Cristo ha comprado para los creyentes bajo el evangelio consiste en su liberación de la culpa del pecado, de la ira condenatoria de Dios y de la maldición de la ley moral (Tito 2:14; 1 Tesalonicenses 1:10; Gálatas 3:13); y en ser librados de este presente siglo malo, de la servidumbre a Satanás y del dominio del pecado (Gálatas 1:4; Colosenses 1:13; Hechos 26:18; Romanos 6:14); del mal de las aflicciones, del aguijón de la muerte, de la victoria del sepulcro y de la condenación eterna (Romanos 8:28; Salmo 119:71; 1 Corintios 15:54-57; Romanos 8:1); como también en su libre acceso a Dios (Romanos 5:1-2) y en prestarle obediencia, no por temor servil, sino por un amor filial y una mente dispuesta (Romanos 8:14-15; 1 Juan 4:18). Todo lo cual era común también a los creyentes bajo la ley (Gálatas 3:9, 14). Pero, bajo el Nuevo Testamento, la libertad de los cristianos es aún más ampliada, en su liberación del yugo de la ley ceremonial, a la cual estaba sujeta la iglesia judía (Gálatas 4:1-3, 6-7; Gálatas 5:1; Hechos 15:10-11); y en una mayor confianza de acceso al trono de la gracia (Hebreos 4:14, 16; Hebreos 10:19-22), y en más plenas comunicaciones del libre Espíritu de Dios, de las que los creyentes bajo la ley ordinariamente participaban (Juan 7:38-39; 2 Corintios 3:13, 17-18).
Solo Dios es el Señor de la conciencia (Santiago 4:12; Romanos 14:4), y la ha dejado libre de las doctrinas y mandamientos de los hombres que sean, en algo, contrarios a su Palabra; o además de ella, si se trata de materias de fe o de culto (Hechos 4:19; Hechos 5:29; 1 Corintios 7:23; Mateo 23:8-10; 2 Corintios 1:24; Mateo 15:9). De modo que, creer tales doctrinas, u obedecer tales mandamientos, por causa de conciencia, es traicionar la verdadera libertad de conciencia (Colosenses 2:20, 22-23; Gálatas 1:10; Gálatas 2:4-5; Gálatas 5:1): y el requerir una fe implícita y una obediencia absoluta y ciega es destruir la libertad de conciencia, y también la razón (Romanos 10:17; Romanos 14:23; Isaías 8:20; Hechos 17:11; Juan 4:22; Oseas 5:11; Apocalipsis 13:12, 16-17; Jeremías 8:9).
Los que, bajo pretexto de la libertad cristiana, practican algún pecado o abrigan alguna concupiscencia, destruyen por ello el fin de la libertad cristiana, que es que, siendo librados de las manos de nuestros enemigos, sirvamos al Señor sin temor, en santidad y justicia delante de él, todos los días de nuestra vida (Gálatas 5:13; 1 Pedro 2:16; 2 Pedro 2:19; Juan 8:34; Lucas 1:74-75).
Y por cuanto los poderes que Dios ha ordenado y la libertad que Cristo ha comprado no son destinados por Dios a destruirse, sino a sostenerse y preservarse mutuamente, los que, bajo pretexto de la libertad cristiana, se opongan a cualquier poder legítimo, o al ejercicio legítimo de él, ya sea civil o eclesiástico, resisten la ordenanza de Dios (Mateo 12:25; 1 Pedro 2:13-14, 16; Romanos 13:1-8; Hebreos 13:17). Y, por su publicación de tales opiniones, o mantenimiento de tales prácticas, como son contrarias a la luz de la naturaleza o a los conocidos principios del cristianismo (ya sea concernientes a la fe, al culto o a la conducta), o al poder de la piedad; o tales opiniones o prácticas erróneas, como, ya en su propia naturaleza, ya en la manera de publicarlas o mantenerlas, son destructivas de la paz y el orden exteriores que Cristo ha establecido en la iglesia, pueden legítimamente ser llamados a cuenta y procesados por las censuras de la iglesia (Romanos 1:32; 1 Corintios 5:1, 5, 11, 13; 2 Juan 1:10-11; 2 Tesalonicenses 3:14; 1 Timoteo 6:3-5; Tito 1:10-11, 13; Tito 3:10; Mateo 18:15-17; 1 Timoteo 1:19-20; Apocalipsis 2:2, 14-15, 20; Apocalipsis 3:9).
La luz de la naturaleza muestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo, que es bueno y hace bien a todos, y que por tanto ha de ser temido, amado, alabado, invocado, en quien se confía y servido, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Romanos 1:20; Hechos 17:24; Salmo 119:68; Jeremías 10:7; Salmo 31:23; Salmo 18:3; Romanos 10:12; Salmo 62:8; Josué 24:14; Marcos 12:33). Pero la manera aceptable de adorar al Dios verdadero es instituida por él mismo, y así limitada por su propia voluntad revelada, que no puede ser adorado según las imaginaciones e invenciones de los hombres, o las sugestiones de Satanás, bajo ninguna representación visible, ni de ningún otro modo no prescrito en la Santa Escritura (Deuteronomio 12:32; Mateo 15:9; Hechos 17:25; Mateo 4:9-10; Deuteronomio 4:15-20; Éxodo 20:4-6; Colosenses 2:23).
El culto religioso ha de darse a Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y solo a él (Mateo 4:10; Juan 5:23; 2 Corintios 13:14): no a los ángeles, a los santos ni a ninguna otra criatura (Colosenses 2:18; Apocalipsis 19:10; Romanos 1:25): y, desde la caída, no sin un Mediador; ni por la mediación de ningún otro sino de Cristo solamente (Juan 14:6; 1 Timoteo 2:5; Efesios 2:18; Colosenses 3:17).
La oración, con acción de gracias, siendo una parte especial del culto religioso (Filipenses 4:6), es requerida por Dios de todos los hombres (Salmo 65:2): y, para que sea aceptada, ha de hacerse en el nombre del Hijo (Juan 14:13-14; 1 Pedro 2:5), con la ayuda de su Espíritu (Romanos 8:26), según su voluntad (1 Juan 5:14); con entendimiento, reverencia, humildad, fervor, fe, amor y perseverancia (Salmo 47:7; Eclesiastés 5:1-2; Hebreos 12:28; Génesis 18:27; Santiago 5:16; Santiago 1:6-7; Marcos 11:24; Mateo 6:12, 14-15; Colosenses 4:2; Efesios 6:18); y, si es vocal, en una lengua conocida (1 Corintios 14:14).
La oración ha de hacerse por cosas lícitas (1 Juan 5:14); y por toda clase de hombres que viven, o que vivirán en lo futuro (1 Timoteo 2:1-2; Juan 17:20; 2 Samuel 7:29; Rut 4:12): pero no por los muertos (2 Samuel 12:21-23; Lucas 16:25-26; Apocalipsis 14:13), ni por aquellos de quienes se pueda saber que han cometido el pecado de muerte (1 Juan 5:16).
La lectura de las Escrituras con temor piadoso (Hechos 15:21; Apocalipsis 1:3), la sana predicación (2 Timoteo 4:2) y el oír concienzudo de la Palabra, en obediencia a Dios, con entendimiento, fe y reverencia (Santiago 1:22; Hechos 10:33; Mateo 13:19; Hebreos 4:2; Isaías 66:2), el cantar salmos con gracia en el corazón (Colosenses 3:16; Efesios 5:19; Santiago 5:13); como también la debida administración y digna recepción de los sacramentos instituidos por Cristo, son todas partes del culto religioso ordinario de Dios (Mateo 28:19; 1 Corintios 11:23-29; Hechos 2:42): además de los juramentos religiosos (Deuteronomio 6:13; Nehemías 10:29), los votos (Isaías 19:21; Eclesiastés 5:4-5), los ayunos solemnes (Joel 2:12; Ester 4:16; Mateo 9:15; 1 Corintios 7:5) y las acciones de gracias en ocasiones especiales (Salmo 107; Ester 9:22), que han de usarse, en sus varios tiempos y sazones, de una manera santa y religiosa (Hebreos 12:28).
Ni la oración, ni ninguna otra parte del culto religioso, está ahora, bajo el evangelio, ligada a ningún lugar en que se realice, o hacia el cual se dirija, ni hecha más aceptable por él (Juan 4:21): sino que Dios ha de ser adorado en todas partes (Malaquías 1:11; 1 Timoteo 2:8), en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24); como, en las familias, en privado (Jeremías 10:25; Deuteronomio 6:6-7; Job 1:5; 2 Samuel 6:18, 20; 1 Pedro 3:7; Hechos 10:2) diariamente (Mateo 6:11), y en secreto, cada uno por sí mismo (Mateo 6:6; Efesios 6:18); así, más solemnemente en las asambleas públicas, las cuales no han de descuidarse ni abandonarse por negligencia o voluntariamente, cuando Dios, por su Palabra o providencia, llama a ellas (Isaías 56:6-7; Hebreos 10:25; Proverbios 1:20-21, 24; Proverbios 8:34; Hechos 13:42; Lucas 4:16; Hechos 2:42).
Así como es ley de la naturaleza que, en general, una debida proporción de tiempo sea apartada para el culto de Dios; así, en su Palabra, por un mandamiento positivo, moral y perpetuo que obliga a todos los hombres en todas las edades, él ha señalado particularmente un día de cada siete, para un día de reposo, para ser guardado santo a él (Éxodo 20:8, 10-11; Isaías 56:2, 4, 6-7): el cual, desde el principio del mundo hasta la resurrección de Cristo, era el último día de la semana; y, desde la resurrección de Cristo, fue cambiado al primer día de la semana (Génesis 2:2-3; 1 Corintios 16:1-2; Hechos 20:7), que, en la Escritura, es llamado el Día del Señor (Apocalipsis 1:10), y ha de continuar hasta el fin del mundo, como el día de reposo cristiano (Éxodo 20:8, 10; Mateo 5:17-18).
Este día de reposo es entonces guardado santo al Señor, cuando los hombres, después de una debida preparación de sus corazones y de haber ordenado de antemano sus asuntos comunes, no solo observan un santo reposo, todo el día, de sus propias obras, palabras y pensamientos acerca de sus ocupaciones y recreaciones mundanas (Éxodo 20:8; Éxodo 16:23, 25-26, 29-30; Éxodo 31:15-17; Isaías 58:13; Nehemías 13:15-19, 21-22), sino que también se ocupan, todo el tiempo, en los ejercicios públicos y privados de su culto, y en los deberes de necesidad y misericordia (Isaías 58:13; Mateo 12:1-13).
Un juramento lícito es parte del culto religioso (Deuteronomio 10:20), en el cual, en ocasión justa, la persona que jura llama solemnemente a Dios por testigo de lo que afirma o promete, y para que le juzgue según la verdad o falsedad de lo que jura (Éxodo 20:7; Levítico 19:12; 2 Corintios 1:23; 2 Crónicas 6:22-23).
Solo el nombre de Dios es aquel por el cual los hombres deben jurar, y en ello ha de usarse con todo santo temor y reverencia (Deuteronomio 6:13). Por tanto, jurar vana o temerariamente por aquel glorioso y temible Nombre, o jurar en absoluto por cualquier otra cosa, es pecaminoso y ha de aborrecerse (Éxodo 20:7; Jeremías 5:7; Mateo 5:34, 37; Santiago 5:12). Sin embargo, así como en materias de peso e importancia un juramento está autorizado por la Palabra de Dios, bajo el Nuevo Testamento tanto como bajo el Antiguo (Hebreos 6:16; 2 Corintios 1:23; Isaías 65:16); así un juramento lícito, impuesto por autoridad legítima, en tales materias, debe hacerse (1 Reyes 8:31; Nehemías 13:25; Esdras 10:5).
Cualquiera que hace un juramento debe considerar debidamente la gravedad de acto tan solemne, y en ello no afirmar sino lo que está plenamente persuadido de que es la verdad (Éxodo 20:7; Jeremías 4:2): ni puede hombre alguno obligarse por juramento a cosa alguna sino a lo que es bueno y justo, a lo que cree que es tal y a lo que es capaz y está resuelto a cumplir (Génesis 24:2-3, 5-6, 8-9). Sin embargo, es pecado rehusar un juramento tocante a algo que es bueno y justo, siendo impuesto por autoridad legítima (Números 5:19, 21; Nehemías 5:12; Éxodo 22:7-11).
Un juramento ha de tomarse en el sentido llano y común de las palabras, sin equívoco ni reserva mental (Salmo 24:4; Jeremías 4:2). No puede obligar al pecado; pero en cualquier cosa no pecaminosa, una vez tomado, obliga a su cumplimiento, aunque sea en daño propio del hombre (1 Samuel 25:22, 32-34; Salmo 15:4). Ni ha de ser violado, aunque se haya hecho a herejes o infieles (Ezequiel 17:16, 18-19; Josué 9:18-19; 2 Samuel 21:1).
Un voto es de la misma naturaleza que un juramento promisorio, y debe hacerse con el mismo cuidado religioso, y cumplirse con la misma fidelidad (Isaías 19:21; Eclesiastés 5:4-6; Salmo 61:8; Salmo 66:13-14).
No ha de hacerse a ninguna criatura, sino solo a Dios (Salmo 76:11; Jeremías 44:25-26): y, para que sea aceptado, ha de hacerse voluntariamente, por fe y conciencia del deber, por vía de gratitud por la misericordia recibida, o para la obtención de lo que necesitamos, por lo cual nos obligamos más estrictamente a los deberes necesarios: o a otras cosas, en la medida y por el tiempo en que puedan conducir apropiadamente a ello (Deuteronomio 23:21-23; Salmo 50:14; Génesis 28:20-22; 1 Samuel 1:11; Salmo 66:13-14; Salmo 132:2-5).
Ningún hombre puede hacer voto de hacer cosa alguna prohibida en la Palabra de Dios, o lo que estorbaría cualquier deber en ella mandado, o lo que no está en su propio poder, y para cuyo cumplimiento no tiene promesa alguna de capacidad de parte de Dios (Hechos 23:12, 14; Marcos 6:26; Números 30:5, 8, 12-13). En cuyos respectos, los votos monásticos papistas de perpetuo celibato, pobreza profesada y obediencia regular, están tan lejos de ser grados de mayor perfección, que son lazos supersticiosos y pecaminosos, en los cuales ningún cristiano puede enredarse (Mateo 19:11-12; 1 Corintios 7:2, 9; Efesios 4:28; 1 Pedro 4:2; 1 Corintios 7:23).
Dios, el supremo Señor y Rey de todo el mundo, ha ordenado magistrados civiles, para que sean, bajo él, sobre el pueblo, para la propia gloria de Dios y el bien público: y, para este fin, los ha armado con el poder de la espada, para la defensa y el estímulo de los buenos, y para el castigo de los que hacen el mal (Romanos 13:1-4; 1 Pedro 2:13-14).
Es lícito para los cristianos aceptar y ejercer el oficio de magistrado, cuando son llamados a ello (Proverbios 8:15-16; Romanos 13:1-2, 4): en cuyo ejercicio, así como deben especialmente mantener la piedad, la justicia y la paz, según las sanas leyes de cada nación (Salmo 2:10-12; 1 Timoteo 2:2; Salmo 82:3-4; 2 Samuel 23:3; 1 Pedro 2:13); así, para ese fin, pueden legítimamente, ahora bajo el Nuevo Testamento, hacer guerra, en ocasión justa y necesaria (Lucas 3:14; Romanos 13:4; Mateo 8:9-10; Hechos 10:1-2; Apocalipsis 17:14, 16).
Los magistrados civiles no pueden arrogarse la administración de la Palabra y de los sacramentos, ni el poder de las llaves del reino de los cielos (2 Crónicas 26:18; Mateo 18:17; Mateo 16:19; 1 Corintios 12:28-29; Efesios 4:11-12; 1 Corintios 4:1-2; Romanos 10:15; Hebreos 5:4): sin embargo, el magistrado tiene autoridad, y es su deber, disponer que la unidad y la paz sean preservadas en la iglesia, que la verdad de Dios sea guardada pura y entera, que todas las blasfemias y herejías sean suprimidas, que todas las corrupciones y abusos en el culto y la disciplina sean prevenidos o reformados y que todas las ordenanzas de Dios sean debidamente establecidas, administradas y observadas (Isaías 49:23; Salmo 122:9; Esdras 7:23, 25-28; Levítico 24:16; Deuteronomio 13:5-6, 12; 2 Reyes 18:4; 1 Crónicas 13:1-9; 2 Reyes 23:1-26; 2 Crónicas 34:33; 2 Crónicas 15:12-13). Para el mejor logro de lo cual, tiene poder para convocar sínodos, estar presente en ellos y proveer que todo lo que en ellos se trate sea conforme a la mente de Dios (2 Crónicas 19:8-11; 2 Crónicas 29-30; Mateo 2:4-5).
Es deber del pueblo orar por los magistrados (1 Timoteo 2:1-2), honrar sus personas (1 Pedro 2:17), pagarles tributo u otros derechos (Romanos 13:6-7), obedecer sus mandamientos legítimos y estar sujetos a su autoridad, por causa de la conciencia (Romanos 13:5; Tito 3:1). La infidelidad, o la diferencia en religión, no anula la justa y legal autoridad de los magistrados, ni libra al pueblo de su debida obediencia a ellos (1 Pedro 2:13-14, 16): de la cual las personas eclesiásticas no están exentas (Romanos 13:1; 1 Reyes 2:35; Hechos 25:9-11; 2 Pedro 2:1, 10-11; Judas 1:8-11), y mucho menos tiene el Papa poder ni jurisdicción alguna sobre ellos en sus dominios, o sobre cualquiera de su pueblo; y, menos que nada, para privarlos de sus dominios o de sus vidas, si él los juzgare herejes, o bajo cualquier otro pretexto (2 Tesalonicenses 2:4; Apocalipsis 13:15-17).
El matrimonio ha de ser entre un solo hombre y una sola mujer: ni es lícito para hombre alguno tener más de una esposa, ni para mujer alguna tener más de un esposo, al mismo tiempo (Génesis 2:24; Mateo 19:5-6; Proverbios 2:17).
El matrimonio fue ordenado para la ayuda mutua del esposo y de la esposa (Génesis 2:18), para el aumento del género humano con descendencia legítima, y de la iglesia con una simiente santa (Malaquías 2:15); y para la prevención de la impureza (1 Corintios 7:2, 9).
Es lícito casarse a toda clase de personas que sean capaces de dar su consentimiento con juicio (Hebreos 13:4; 1 Timoteo 4:3; 1 Corintios 7:36-38; Génesis 24:57-58). Sin embargo, es deber de los cristianos casarse solo en el Señor (1 Corintios 7:39). Y por tanto, aquellos que profesan la verdadera religión reformada no deben casarse con infieles, papistas u otros idólatras: ni deben los que son piadosos unirse en yugo desigual, casándose con aquellos que son notoriamente malvados en su vida, o que sostienen herejías condenables (Génesis 34:14; Éxodo 34:16; Deuteronomio 7:3-4; 1 Reyes 11:4; Nehemías 13:25-27; Malaquías 2:11-12; 2 Corintios 6:14).
El matrimonio no ha de ser dentro de los grados de consanguinidad o afinidad prohibidos por la Palabra (Levítico 18; 1 Corintios 5:1; Amós 2:7). Ni pueden tales matrimonios incestuosos hacerse lícitos jamás por ninguna ley de hombre o consentimiento de las partes, de modo que aquellas personas puedan vivir juntas como marido y mujer (Marcos 6:18; Levítico 18:24-28).
El adulterio o la fornicación cometidos después de un contrato, siendo descubiertos antes del matrimonio, dan justa ocasión a la parte inocente de disolver aquel contrato (Mateo 1:18-20). En el caso de adulterio después del matrimonio, es lícito para la parte inocente demandar un divorcio (Mateo 5:31-32): y, después del divorcio, casarse con otro, como si la parte ofensora hubiese muerto (Mateo 19:9; Romanos 7:2-3).
Aunque la corrupción del hombre es tal que es propensa a estudiar argumentos indebidamente para separar a aquellos que Dios ha unido en matrimonio; sin embargo, nada sino el adulterio, o tal deserción voluntaria que no pueda de modo alguno ser remediada por la iglesia o el magistrado civil, es causa suficiente para disolver el vínculo del matrimonio (Mateo 19:8-9; 1 Corintios 7:15; Mateo 19:6): en lo cual ha de observarse un curso de proceder público y ordenado; y las personas concernidas en ello no han de ser dejadas a sus propias voluntades y discreción, en su propio caso (Deuteronomio 24:1-4).
La iglesia católica o universal, que es invisible, consiste en el número total de los elegidos que han sido, son o serán reunidos en uno, bajo Cristo la Cabeza de ella; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo (Efesios 1:10, 22-23; Efesios 5:23, 27, 32; Colosenses 1:18).
La iglesia visible, que es también católica o universal bajo el evangelio (no confinada a una sola nación, como antes bajo la ley), consiste en todos aquellos, por todo el mundo, que profesan la verdadera religión (1 Corintios 1:2; 1 Corintios 12:12-13; Salmo 2:8; Apocalipsis 7:9; Romanos 15:9-12); y en sus hijos (Hechos 2:39; Ezequiel 16:20-21; Romanos 11:16; Génesis 3:15; Génesis 17:7): y es el reino del Señor Jesucristo (Mateo 13:47; Isaías 9:7), la casa y familia de Dios (Efesios 2:19; Efesios 3:15), fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación (Hechos 2:47).
A esta iglesia católica visible ha dado Cristo el ministerio, los oráculos y las ordenanzas de Dios, para la reunión y el perfeccionamiento de los santos, en esta vida, hasta el fin del mundo: y, por su propia presencia y Espíritu, según su promesa, los hace eficaces para ello (1 Corintios 12:28; Efesios 4:11-13; Mateo 28:19-20; Isaías 59:21).
Esta iglesia católica ha sido a veces más, a veces menos visible (Romanos 11:3-4; Apocalipsis 12:6, 14). Y las iglesias particulares, que son miembros de ella, son más o menos puras, según que la doctrina del evangelio sea enseñada y abrazada, las ordenanzas administradas y el culto público celebrado más o menos puramente en ellas (Apocalipsis 2-3; 1 Corintios 5:6-7).
Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas tanto a mezcla como a error (1 Corintios 13:12; Apocalipsis 2-3; Mateo 13:24-30, 47); y algunas han degenerado de tal manera, que han llegado a no ser iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás (Apocalipsis 18:2; Romanos 11:18-22). No obstante, siempre habrá una iglesia en la tierra para adorar a Dios según su voluntad (Mateo 16:18; Salmo 72:17; Salmo 102:28; Mateo 28:19-20).
No hay otra cabeza de la iglesia sino el Señor Jesucristo (Colosenses 1:18; Efesios 1:22). Ni puede el Papa de Roma, en ningún sentido, ser cabeza de ella; sino que es aquel Anticristo, aquel hombre de pecado e hijo de perdición, que se exalta a sí mismo, en la iglesia, contra Cristo y todo lo que se llama Dios (Mateo 23:8-10; 2 Tesalonicenses 2:3-4, 8-9; Apocalipsis 13:6).
Todos los santos, que están unidos a Jesucristo su Cabeza, por su Espíritu y por la fe, tienen comunión con él en sus gracias, sufrimientos, muerte, resurrección y gloria (1 Juan 1:3; Efesios 3:16-19; Juan 1:16; Efesios 2:5-6; Filipenses 3:10; Romanos 6:5-6; 2 Timoteo 2:12): y, estando unidos unos a otros en amor, tienen comunión en los dones y gracias de cada uno (Efesios 4:15-16; 1 Corintios 12:7; 1 Corintios 3:21-23; Colosenses 2:19), y están obligados al cumplimiento de tales deberes, públicos y privados, que conducen a su bien mutuo, tanto en el hombre interior como en el exterior (1 Tesalonicenses 5:11, 14; Romanos 1:11-12, 14; 1 Juan 3:16-18; Gálatas 6:10).
Los santos por profesión están obligados a mantener una santa hermandad y comunión en el culto de Dios, y en el cumplimiento de otros servicios espirituales que tiendan a su mutua edificación (Hebreos 10:24-25; Hechos 2:42, 46; Isaías 2:3; 1 Corintios 11:20); como también en socorrerse unos a otros en cosas exteriores, según sus varias capacidades y necesidades. Cuya comunión, conforme Dios ofrezca oportunidad, ha de extenderse a todos aquellos que, en todo lugar, invocan el nombre del Señor Jesús (Hechos 2:44-45; 1 Juan 3:17; 2 Corintios 8-9; Hechos 11:29-30).
Esta comunión que los santos tienen con Cristo no los hace en modo alguno partícipes de la sustancia de su Deidad, ni iguales a Cristo en respecto alguno: afirmar cualquiera de las dos cosas es impío y blasfemo (Colosenses 1:18-19; 1 Corintios 8:6; Isaías 42:8; 1 Timoteo 6:15-16; Salmo 45:7; Hebreos 1:8-9). Ni su comunión unos con otros, como santos, quita ni menoscaba el título o la propiedad que cada hombre tiene en sus bienes y posesiones (Éxodo 20:15; Efesios 4:28; Hechos 5:4).
Los sacramentos son signos y sellos santos del pacto de gracia (Romanos 4:11; Génesis 17:7, 10), instituidos inmediatamente por Dios (Mateo 28:19; 1 Corintios 11:23), para representar a Cristo y sus beneficios, y para confirmar nuestro interés en él (1 Corintios 10:16; 1 Corintios 11:25-26; Gálatas 3:27, 17): como también para poner una diferencia visible entre aquellos que pertenecen a la iglesia y el resto del mundo (Romanos 15:8; Éxodo 12:48; Génesis 34:14); y para comprometerlos solemnemente al servicio de Dios en Cristo, según su Palabra (Romanos 6:3-4; 1 Corintios 10:16, 21).
Hay, en todo sacramento, una relación espiritual, o unión sacramental, entre el signo y la cosa significada: de donde sucede que los nombres y efectos del uno se atribuyen al otro (Génesis 17:10; Mateo 26:27-28; Tito 3:5).
La gracia que se exhibe en o por los sacramentos rectamente usados no es conferida por ningún poder en ellos; ni depende la eficacia de un sacramento de la piedad o intención de aquel que lo administra (Romanos 2:28-29; 1 Pedro 3:21): sino de la obra del Espíritu (Mateo 3:11; 1 Corintios 12:13), y de la palabra de la institución, la cual contiene, junto con un precepto que autoriza su uso, una promesa de beneficio para los que dignamente reciben (Mateo 26:27-28; Mateo 28:19-20).
Hay solamente dos sacramentos ordenados por Cristo nuestro Señor en el evangelio; a saber, el Bautismo y la Cena del Señor: ninguno de los cuales puede ser administrado sino por un ministro de la Palabra legítimamente ordenado (Mateo 28:19; 1 Corintios 11:20, 23; 1 Corintios 4:1; Hebreos 5:4).
Los sacramentos del Antiguo Testamento, en cuanto a las cosas espirituales por ellos significadas y exhibidas, eran, en sustancia, los mismos que los del nuevo (1 Corintios 10:1-4).
El Bautismo es un sacramento del Nuevo Testamento, ordenado por Jesucristo (Mateo 28:19), no solo para la solemne admisión de la persona bautizada en la iglesia visible (1 Corintios 12:13); sino también para ser para ella un signo y sello del pacto de gracia (Romanos 4:11; Colosenses 2:11-12), de su injerto en Cristo (Gálatas 3:27; Romanos 6:5), de la regeneración (Tito 3:5), de la remisión de los pecados (Marcos 1:4), y de su entrega a Dios, por medio de Jesucristo, para andar en novedad de vida (Romanos 6:3-4). Cuyo sacramento ha de ser continuado en su iglesia, por la propia disposición de Cristo, hasta el fin del mundo (Mateo 28:19-20).
El elemento exterior que ha de usarse en este sacramento es el agua, con la cual la persona ha de ser bautizada, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, por un ministro del evangelio legítimamente llamado a ello (Mateo 3:11; Juan 1:33; Mateo 28:19-20).
La inmersión de la persona en el agua no es necesaria; sino que el bautismo es rectamente administrado derramando o rociando agua sobre la persona (Hebreos 9:10, 19-22; Hechos 2:41; Hechos 16:33; Marcos 7:4).
No solo aquellos que profesan realmente fe en Cristo y obediencia a él (Marcos 16:15-16; Hechos 8:37-38), sino también los niños de uno, o de ambos, padres creyentes, han de ser bautizados (Génesis 17:7, 9; Gálatas 3:9, 14; Colosenses 2:11-12; Hechos 2:38-39; Romanos 4:11-12; 1 Corintios 7:14; Mateo 28:19; Marcos 10:13-16; Lucas 18:15).
Aunque sea un gran pecado despreciar o descuidar esta ordenanza (Lucas 7:30; Éxodo 4:24-26); sin embargo, la gracia y la salvación no están tan inseparablemente unidas a ella, que ninguna persona pueda ser regenerada o salvada sin ella (Romanos 4:11; Hechos 10:2, 4, 22, 31, 45, 47): o que todos los que son bautizados sean indudablemente regenerados (Hechos 8:13, 23).
La eficacia del bautismo no está ligada a aquel momento de tiempo en que se administra (Juan 3:5, 8); sin embargo, no obstante, por el recto uso de esta ordenanza, la gracia prometida no solo es ofrecida, sino realmente exhibida y conferida, por el Espíritu Santo, a aquellos (ya sean adultos o niños) a quienes esa gracia pertenece, según el consejo de la propia voluntad de Dios, en su tiempo señalado (Gálatas 3:27; Tito 3:5; Efesios 5:25-26; Hechos 2:38, 41).
El sacramento del bautismo ha de administrarse una sola vez a cualquier persona (Tito 3:5).
Nuestro Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, instituyó el sacramento de su cuerpo y sangre, llamado la Cena del Señor, para ser observado en su iglesia, hasta el fin del mundo, para la perpetua memoria del sacrificio de sí mismo en su muerte; el sellar todos los beneficios del mismo a los verdaderos creyentes; su alimento espiritual y crecimiento en él; su mayor compromiso en y para todos los deberes que le deben; y para ser un vínculo y prenda de su comunión con él y unos con otros, como miembros de su cuerpo místico (1 Corintios 11:23-26; 1 Corintios 10:16-17, 21; 1 Corintios 12:13).
En este sacramento, Cristo no es ofrecido a su Padre; ni se hace en absoluto ningún sacrificio real, para la remisión de los pecados de los vivos o de los muertos (Hebreos 9:22, 25-26, 28); sino solo una conmemoración de aquel único ofrecimiento de sí mismo, por sí mismo, sobre la cruz, una vez para siempre: y una oblación espiritual de toda posible alabanza a Dios, por el mismo (1 Corintios 11:24-26; Mateo 26:26-27): de modo que el sacrificio papista de la misa (como ellos lo llaman) es sumamente abominable e injurioso al único y solo sacrificio de Cristo, la sola propiciación por todos los pecados de sus elegidos (Hebreos 7:23-24, 27; Hebreos 10:11-12, 14, 18).
El Señor Jesús ha señalado, en esta ordenanza, a sus ministros para declarar al pueblo su palabra de institución; para orar y bendecir los elementos del pan y del vino, y por ello apartarlos de un uso común a un uso santo; y para tomar y partir el pan, tomar la copa, y (comulgando también ellos mismos) dar ambos a los comulgantes (Mateo 26:26-28; Marcos 14:22-24; Lucas 22:19-20; 1 Corintios 11:23-26); pero a ninguno que no esté entonces presente en la congregación (Hechos 20:7; 1 Corintios 11:20).
Las misas privadas, o el recibir este sacramento por un sacerdote, o cualquier otro, a solas (1 Corintios 10:16); como asimismo, la negación de la copa al pueblo (Marcos 14:23; 1 Corintios 11:25-29), el adorar los elementos, el elevarlos o llevarlos en procesión, para la adoración, y el reservarlos para cualquier pretendido uso religioso; son todos contrarios a la naturaleza de este sacramento y a la institución de Cristo (Mateo 15:9).
Los elementos exteriores en este sacramento, debidamente apartados para los usos ordenados por Cristo, tienen tal relación con él crucificado, que, verdaderamente, aunque solo sacramentalmente, a veces son llamados por el nombre de las cosas que representan, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo (Mateo 26:26-28); si bien, en sustancia y naturaleza, todavía permanecen verdadera y solamente pan y vino, como eran antes (1 Corintios 11:26-28; Mateo 26:29).
Aquella doctrina que sostiene un cambio de la sustancia del pan y del vino, en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo (comúnmente llamada transubstanciación) por la consagración de un sacerdote, o por cualquier otra manera, es repugnante, no solo a la Escritura, sino aun al sentido común y a la razón; trastorna la naturaleza del sacramento, y ha sido, y es, la causa de múltiples supersticiones; más aún, de groseras idolatrías (Hechos 3:21; 1 Corintios 11:24-26; Lucas 24:6, 39).
Los dignos receptores, participando exteriormente de los elementos visibles en este sacramento (1 Corintios 11:28), también entonces, interiormente por la fe, real y verdaderamente, aunque no carnal ni corporalmente, sino espiritualmente, reciben y se alimentan de Cristo crucificado, y todos los beneficios de su muerte: estando entonces el cuerpo y la sangre de Cristo, no corporal ni carnalmente, en, con o bajo el pan y el vino; pero tan realmente, aunque espiritualmente, presentes a la fe de los creyentes en aquella ordenanza, como los elementos mismos lo están a sus sentidos exteriores (1 Corintios 10:16).
Aunque los hombres ignorantes y malvados reciban los elementos exteriores en este sacramento; sin embargo, no reciben la cosa significada por ellos; sino que, por su indigno acercamiento a ello, se hacen culpables del cuerpo y la sangre del Señor, para su propia condenación. Por lo cual, todas las personas ignorantes e impías, así como no son aptas para gozar de comunión con él, así son indignas de la mesa del Señor; y no pueden, sin gran pecado contra Cristo, mientras permanezcan tales, participar de estos santos misterios (1 Corintios 11:27-29; 2 Corintios 6:14-16), ni ser admitidas a ellos (1 Corintios 5:6-7, 13; 2 Tesalonicenses 3:6, 14-15; Mateo 7:6).
El Señor Jesús, como Rey y Cabeza de su iglesia, ha señalado en ella un gobierno, en la mano de oficiales de la iglesia, distinto del magistrado civil (Isaías 9:6-7; 1 Timoteo 5:17; 1 Tesalonicenses 5:12; Hechos 20:17, 28; Hebreos 13:7, 17, 24; 1 Corintios 12:28; Mateo 28:18-20).
A estos oficiales están confiadas las llaves del reino de los cielos; en virtud de lo cual, tienen poder, respectivamente, para retener y remitir pecados; para cerrar aquel reino contra los impenitentes, tanto por la Palabra como por las censuras; y para abrirlo a los pecadores penitentes, por el ministerio del evangelio; y por la absolución de las censuras, según la ocasión lo requiera (Mateo 16:19; Mateo 18:17-18; Juan 20:21-23; 2 Corintios 2:6-8).
Las censuras de la iglesia son necesarias, para la recuperación y ganancia de los hermanos que ofenden, para disuadir a otros de ofensas semejantes, para purgar aquella levadura que pudiera infectar toda la masa, para vindicar el honor de Cristo y la santa profesión del evangelio, y para prevenir la ira de Dios, que pudiera justamente caer sobre la iglesia, si ella permitiese que su pacto y los sellos del mismo fuesen profanados por ofensores notorios y obstinados (1 Corintios 5; 1 Timoteo 5:20; Mateo 7:6; 1 Timoteo 1:20; 1 Corintios 11:27-34; Judas 1:23).
Para el mejor logro de estos fines, los oficiales de la iglesia han de proceder por amonestación; suspensión del sacramento de la Cena del Señor por un tiempo; y por excomunión de la iglesia; según la naturaleza del delito y el demérito de la persona (1 Tesalonicenses 5:12; 2 Tesalonicenses 3:6, 14-15; 1 Corintios 5:4-5, 13; Mateo 18:17; Tito 3:10).
Para el mejor gobierno y la mayor edificación de la iglesia, debe haber tales asambleas como las que comúnmente se llaman sínodos o concilios (Hechos 15:2, 4, 6): y corresponde a los supervisores y otros gobernantes de las iglesias particulares, en virtud de su oficio y del poder que Cristo les ha dado para edificación y no para destrucción, convocar tales asambleas (Hechos 15); y reunirse juntos en ellas, cuantas veces lo juzguen conveniente para el bien de la iglesia (Hechos 15:22-23, 25).
Corresponde a los sínodos y concilios, determinar ministerialmente controversias de fe, y casos de conciencia; establecer reglas y directrices para el mejor ordenamiento del culto público de Dios, y del gobierno de su iglesia; recibir quejas en casos de mala administración, y determinarlas autoritativamente (Hechos 15:15, 19, 24, 27-31; Hechos 16:4; Mateo 18:17-20): cuyos decretos y determinaciones, si son conformes a la Palabra de Dios, han de recibirse con reverencia y sumisión; no solo por su concordancia con la Palabra, sino también por el poder por el cual son hechos, por ser una ordenanza de Dios señalada para ello en su Palabra (Hechos 15:31; Hechos 16:4).
Todos los sínodos o concilios, desde los tiempos de los Apóstoles, ya sean generales o particulares, pueden errar; y muchos han errado. Por tanto, no han de ser hechos la regla de fe o de práctica; sino que han de usarse como una ayuda en ambas (Efesios 2:20; Hechos 17:11; 1 Corintios 2:5; 2 Corintios 1:24).
Los sínodos y concilios no han de tratar ni concluir nada sino lo que es eclesiástico: y no han de entrometerse en asuntos civiles que conciernen a la república, salvo por vía de humilde petición en casos extraordinarios; o, por vía de consejo, para satisfacción de la conciencia, si a ello fueren requeridos por el magistrado civil (Lucas 12:13-14; Juan 18:36).
Los cuerpos de los hombres, después de la muerte, vuelven al polvo y ven corrupción (Génesis 3:19; Hechos 13:36): pero sus almas, que ni mueren ni duermen, teniendo una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente a Dios que las dio (Lucas 23:43; Eclesiastés 12:7): las almas de los justos, siendo entonces hechas perfectas en santidad (Hebreos 12:23), son recibidas en los cielos más altos, donde contemplan el rostro de Dios, en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos (2 Corintios 5:1, 6, 8; Filipenses 1:23; Hechos 3:21; Efesios 4:10). Y las almas de los malvados son arrojadas al infierno, donde permanecen en tormentos y en tinieblas absolutas, reservadas para el juicio del gran día (Lucas 16:23-24; Hechos 1:25; Judas 1:6-7; 1 Pedro 3:19). Además de estos dos lugares, para las almas separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ninguno.
En el último día, aquellos que se hallen vivos no morirán, sino que serán transformados (1 Tesalonicenses 4:17; 1 Corintios 15:51-52): y todos los muertos serán resucitados, con los mismos cuerpos, y no otros (aunque con diferentes cualidades), los cuales serán unidos de nuevo a sus almas para siempre (Job 19:26-27; 1 Corintios 15:42-44).
Los cuerpos de los injustos serán, por el poder de Cristo, resucitados para deshonra: los cuerpos de los justos, por su Espíritu, para honra; y serán hechos conformes a su propio cuerpo glorioso (Hechos 24:15; Juan 5:28-29; 1 Corintios 15:43; Filipenses 3:21).
Dios ha señalado un día, en el cual juzgará al mundo, en justicia, por Jesucristo (Hechos 17:31), a quien todo poder y juicio le es dado del Padre (Juan 5:22, 27). En cuyo día, no solo los ángeles apóstatas serán juzgados (1 Corintios 6:3; Judas 1:6; 2 Pedro 2:4), sino que asimismo todas las personas que han vivido sobre la tierra comparecerán ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y obras; y para recibir según lo que hayan hecho en el cuerpo, sea bueno o malo (2 Corintios 5:10; Eclesiastés 12:14; Romanos 2:16; Romanos 14:10, 12; Mateo 12:36-37).
El fin del señalamiento de este día por Dios es para la manifestación de la gloria de su misericordia, en la salvación eterna de los elegidos; y de su justicia, en la condenación de los réprobos, que son malvados y desobedientes. Porque entonces los justos irán a la vida eterna, y recibirán aquella plenitud de gozo y refrigerio, que vendrá de la presencia del Señor; pero los malvados, que no conocen a Dios y no obedecen al evangelio de Jesucristo, serán arrojados a tormentos eternos, y serán castigados con eterna destrucción, lejos de la presencia del Señor, y de la gloria de su poder (Mateo 25:31-46; Romanos 2:5-6; Romanos 9:22-23; Mateo 25:21; Hechos 3:19; 2 Tesalonicenses 1:7-10).
Así como Cristo quiere que estemos ciertamente persuadidos de que habrá un día de juicio, tanto para disuadir a todos los hombres del pecado, como para el mayor consuelo de los piadosos en su adversidad (2 Pedro 3:11, 14; 2 Corintios 5:10-11; 2 Tesalonicenses 1:5-7; Lucas 21:27-28; Romanos 8:23-25): así quiere que aquel día sea desconocido para los hombres, a fin de que se despojen de toda seguridad carnal, y estén siempre vigilantes, porque no saben a qué hora vendrá el Señor; y estén siempre preparados para decir: Ven, Señor Jesús, ven pronto, Amén (Mateo 24:36, 42-44; Marcos 13:35-37; Lucas 12:35-36; Apocalipsis 22:20).